Primera Declaración de La Habana, otra batalla por la soberanía

Por Dr.C. Rolando Dávila Rodríguez
La Declaración de San José de Costa Rica, aprobada en la Séptima Conferencia de Cancilleres de la Organización de Estados Americanos (OEA), el 22 al 28 de agosto de 1960 en el país centroamericano, condenaba al pueblo cubano por el solo hecho de no haberse plegado a la voluntad de la Casa Blanca y defender con dignidad su soberanía e independencia. La firme y valiente respuesta cubana a esa maniobra imperialista fue la Primera Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba, efectuada el 2 de septiembre del mismo año, que concentró en la histórica Plaza de la Revolución a más de un millón de revolucionarios. Ese día el Comandante en Jefe Fidel Castro dio a conocer el documento que ha entrado en la historia con el nombre de Primera Declaración de La Habana.
La Declaración de La Habana se distingue, desde sus inicios, por su carácter antiimperialista. La primera condena es para el imperialismo estadounidense y su nueva agresión contra la soberanía y autodeterminación de Cuba y de los países de América Latina, contenida en la Declaración de San José de Costa Rica. Por ello expresa que la Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba: “Condena en todos sus términos la denominada ‘Declaración de San José de Costa Rica’, documento dictado por el imperialismo norteamericano y atentatorio a la autodeterminación nacional, la soberanía y la dignidad de los pueblos hermanos del Continente”.
Posteriormente se denuncia la política intervencionista que durante más de un siglo Estados Unidos ha seguido contra los pueblos al sur del río Bravo y sus marcadas intenciones de mantener vigente la llamada Doctrina Monroe, cuya esencia no es más que América para los estadounidenses.
Pero la Declaración de La Habana no se limita a condenar la política imperial del vecino norteño, sino que declara resueltamente “[…] el derecho de los Estados a la nacionalización de los monopolios imperialistas […], causa verdadera del subdesarrollo en que viven millones de hombres en distintas latitudes del mundo. Asimismo, el documento proclama el derecho de los campesinos a la tierra, del obrero al fruto de su trabajo, de niños y jóvenes a la educación, de los enfermos a la asistencia médica y hospitalaria, el derecho al trabajo, el derecho a la no discriminación del negro, del indio y de la mujer. En resumen, la Declaración de La Habana reafirma el derecho que tienen los hombres a vivir como verdaderos seres humanos.
El documento pone de manifiesto, en el más elevado sentido, la ayuda solidaria propuesta por la antigua Unión Soviética a Cuba al señalar: “La Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba declara, que la ayuda espontáneamente ofrecida por la Unión Soviética a Cuba en caso de que nuestro país fuera atacado por fuerzas militares imperialistas, no podrá ser considerado jamás como un acto de intromisión, sino que constituye un evidente acto de solidaridad, y que esa ayuda brindada a Cuba ante un inminente ataque del Pentágono yanqui, honra tanto al gobierno de la Unión Soviética que la ofrece, como deshonra al gobierno de los Estados Unidos, sus cobardes y criminales agresiones contra Cuba”.
Hay dos factores, entre otros, que explican el porqué de esta aceptación y agradecimiento de la ayuda soviética. El primero de ellos es que el pueblo cubano se fue dando cuenta, gracias a la dialéctica del mecanismo de la lucha de clases, dónde estaban sus enemigos y cuáles eran sus amigos. Ante cada agresión del gobierno estadounidense llegaba el oportuno apoyo soviético. Ello demostraba objetivamente que las largas campañas contra el otrora país de los soviets, tenían un fin determinado: desacreditarlo ante la opinión pública mundial.
En segundo lugar —y no por ello el menos importante—, no se puede olvidar que la dirección de la Revolución Cubana, al frente de la cual se encontraba Fidel Castro, estaba formada por hombres que habían abrazado la teoría revolucionaria del proletariado y se esforzaban por aplicarla creadoramente a las condiciones concretas de la isla caribeña. Esto les hizo comprender que para resistir y vencer en la lucha contra sus enemigos internos y externos, era necesario no solo apoyarse en las masas populares —en primer lugar en la clase obrera—, que se iban despojando de los prejuicios anticomunistas, sino también era decisivo tener en cuenta la ayuda de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y de los países del entonces campo socialista. Sin estos dos aspectos, era utópico pensar en resistir y vencer las agresiones de la contrarrevolución y llevar a cabo exitosamente una profunda revolución social.
La Declaración de La Habana señala el compromiso de los obreros, de los campesinos, de los intelectuales, del negro, del indio, y de todos los oprimidos a la lucha por sus reivindicaciones económicas, sociales y políticas. Asimismo, se destaca: “[…] el deber de cada pueblo a la solidaridad con todos los pueblos oprimidos, colonizados, explotados o agredidos, sea cual fuere el lugar del mundo en que estos se encuentren y la distancia geográfica que los separe. ¡Todos los pueblos del mundo son hermanos!”.
Con esa formulación, la Declaración de La Habana rompía con la política aislacionista impuesta por el imperialismo estadounidense y la OEA a los países de este continente, la cual los hacía más débiles y fáciles de dominar. Desde entonces, ese sagrado principio ha guiado siempre la política exterior de la Revolución Cubana y ha encontrado exponentes en cualquier parte del mundo.
Hay un aspecto que llama la atención a todo el que analice detenidamente este trascendental documento, es aquel que expresa: “La Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba condena, en fin, la explotación del hombre por el hombre (…)”.
De hecho, la Declaración de La Habana, al desaprobar la explotación del hombre por el hombre, condenó al sistema capitalista y lo descartó como posible vía de desarrollo del país. Este hecho convirtió al escrito en el presagio de las grandes nacionalizaciones de octubre de 1960, las que franquearon el paso a la Revolución Cubana para su tránsito hacia el socialismo.
Al referirse a este aspecto, Fidel Castro señaló: “El Programa del Moncada se ha cumplido. Entramos en una nueva etapa; los métodos son distintos. Nuestros principios están hoy sintetizados en la Declaración de La Habana, y la tarea que tenemos por delante es la tarea que ocupan nuestro tiempo y nuestra energía; la nuestra y la de los que vengan detrás de nosotros […]”.
La Primera Declaración de La Habana se encuentra entre los documentos cuya vigencia no pasa, sino todo lo contrario, su actualidad se reafirma con el decurso del tiempo. Su lectura estimula y ayuda al revolucionario, su contenido es arma y guía en la lucha por un mundo mejor.

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