Cartas desde el presidio “Más independiente seré, más útil, cuanto menos me aten las exigencias de la vida material”

por Dr. C. Eugenio Suárez Pérez y M. Sc. Acela Caner Román

Las cartas y los documentos que escribiera Fidel Castro en prisión —durante los veintidós meses
transcurridos después del ataque a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, el 26 de
julio de 1953—, fueron decisivos en el incontenible movimiento de lucha cívica pro amnistía de los
moncadistas confinados en el Presidio Modelo de Isla de Pinos.
Así, la redacción del manifiesto al pueblo de Cuba —publicado bajo el título “Para Cuba que sufre”—
y la reconstrucción de su alegato de defensa en el juicio por el asalto al Moncada (La historia me absolverá) publicado y distribuido clandestinamente, sirvieron para romper la censura de prensa y la conjura de silencio sobre los crímenes de la dictadura batistiana. Del mismo modo, a través de sus cartas
Fidel denunció las maniobras electoralistas articuladas por Batista y arremetió contra las promesas
de amnistía a cambio de cejar en la lucha. “No queremos amnistía al precio de la deshonra”, dijo Fidel
a riesgo de su propia vida, desde la prisión en Isla de Pinos.
Muchos de esos documentos y misivas —unas veces en fragmentos y otras de manera completa—
han sido publicados en la sección “Cartas desde el presidio” que concluye en la presente edición de
nuestro boletín.
El 2 mayo de 1955 —cediendo ante la fuerte presión generada durante los últimos meses por el
movimiento popular proamnistía—, la Cámara de Representante de la República de Cuba firmó la Ley
de Amnistía General que incluía la excarcelación de Fidel Castro y el resto de los moncadistas. Coincidentemente, ese día Fidel escribió una extensa carta a su hermana Lidia, cuyo texto refleja la sensibilidad humana y la filosofía de austeridad que han hecho invencible al máximo líder de la Revolución Cubana. La misiva, dice en una de sus partes:
«Isla de Pinos, 2 de mayo de 1955
»Mi querida hermana:
»Por puro deber te puse hoy el telegrama explicándote la conveniencia de que se alquilara el pequeño
apartamento de que te hablé en la visita.
Lo hice con el sentimiento de ver lo ilusionada que estabas con el que habías encontrado por $75.00 y
me remordía pensar que mi telegrama fuese a preocuparte más de la cuenta. Acepto no obstante con
gusto lo que tú hayas podido resolver definitivamente.
Era partidario de lo primero por una serie de razones. Tenía en mente que uno de los dos apartamentos
se convirtiese en una especie de bufete donde yo atendiera todos mis asuntos y dejar el otro exclusivamente como residencia de nosotros cuatro».
Su interés era que el trabajo como abogado en el bufete no invadiera la vida privada de la familia. Indiscutiblemente, Fidel se preocupaba por sus hermanas y no quería convertirles la casa en despacho
de trabajo. En su carta, íntima y fraterna, confiesa a Lidia el concepto que tiene de la vida, cuando le
expone las condiciones materiales en las cuales es capaz de subsistir.
«En cuanto a comodidades de orden material si no fuera imperativo vivir con un mínimo de decencia material —créeme que yo sería feliz viviendo en un solar y durmiendo en un catre con un cajón para guardar la ropa. De alimento con un plato de malangas o de papas y lo encuentro tan exquisito siempre como el maná de los israelitas.
Puedo vivir opíparamente con cuarenta centavos bien invertidos, a pesar de la cara que está la vida.
No exagero nada, habló con la mayor franqueza del mundo.
»Valdré menos cada vez que me vaya acostumbrando a necesitar más cosas para vivir, cuando olvide que es posible estar privado de todo sin sentirse infeliz. Así he aprendido a vivir y eso me hace tanto más temible como apasionado defensor de un ideal que se ha reafirmado y fortalecido en el sacrificio. Podré predicar con el ejemplo que es la mejor elocuencia. Más independiente seré, más útil, cuanto menos me aten las exigencias de la vida material».
Fidel intenta convencer a su hermana de lo innecesario que resulta que gasten dinero en su persona.
«¿Por qué hacer sacrificios para comprarme guayabera, pantalón y demás cosas? De aquí voy a salir con mi traje gris de lana, desgastado por el uso, aunque estemos en pleno verano. ¿No devolví acaso el otro traje que yo no pedí ni necesite nunca? No vayas a pensar que soy un excéntrico o que me haya vuelto tal, es que el hábito hace al monje, y yo soy pobre, no tengo nada, no he robado nunca un centavo, no le he mendigado a nadie, mi carrera la he entregado a una causa. ¿Por qué tengo que estar obligado a ponerme guayaberas de hilo como si fuera rico, o fuera un funcionario o fuera un malversador? Si nada gano en estos instantes, lo que tenga me lo tendrán que dar, y yo no puedo, ni debo, ni aceptaré el menor
gravamen de nadie. Mi mayor lucha ha sido desde que estoy aquí insistir y no cansarme nunca de insistir
que no necesito absolutamente nada; libros solo he necesitado y los libros los tengo considerados
como bienes espirituales. No puedo pues dejar de preocuparme con todos los gastos que se están haciendo en ocasión de nuestra salida, y aun aquellos que son estrictamente necesarios
me tienen muy preocupado porque todavía no se me ha ocurrido preguntarte cómo te las estás
arreglando. […]
»Ustedes no pueden estar tranquilas si no demuestran de algún modo la preocupación y el cariño
hacia nosotros, pero nosotros estamos fuertes como robles, insensibles ante las privaciones, menos
necesitados de que ustedes se sacrifiquen […]»
Sus hermanas tratan de satisfacer a Fidel y a Raúl después de tantos meses de encierro, sin embargo,
Fidel les aclara que no son las cuestiones materiales las que a ellos pueden proporcionarle alegría:
«¿Qué necesidad tenemos de que a cada instante se patentice el cariño del que no nos hacen falta pruebas? No con palabras más o menos. Son realidades de las que hay que percatarse. Mucho me conmueve el afán de brindarnos el mayor número de pequeñas alegrías. ¡Pero si eso se logra tan cumplidamente sin sacrificios materiales! ¿Quieren un ejemplo? El deseo de que mis libros estén arreglados y en orden para cuando yo llegue, me conforta, me alegra y me hace más feliz que todas las demás cosas, y no me entristece ni me apena, ni me apesadumbra. Yo no puedo tener debilidades, si las tuviera hoy, por pequeñas que fuesen, mañana no podría esperarse nada de mí».
Su preocupación en los últimos días de prisión son los libros, de los cuales lleva un control envidiable.
Fidel sabe dónde está cada uno de ellos, quién lo tiene, cuáles ha enviado hacia La Habana.
«Hay algunos libros que están algo maltratados; son los que han pasado por el mayor número de manos. Por mi parte los he tratado lo mejor posible. Del otro lado había más de cien que estaban con mis compañeros y que me enviaron cuando se nos indicó la recogida. Los dos tomos de la colección de Martí, son de la que yo poseía.
Los cuatro tomos nuevos de la otra colección están aquí en mi poder. También tengo la “Guía Política”,
“Instantáneas Psicológicas”, “Autobiografía” de Ramón y Cajal y seis o siete más de Ingenieros,
Anatole France y otros autores. Eché de menos algunos que se quedaron del otro lado como “Las
estrellas miran hacia abajo”, de Cronin; “El filo de la navaja”, “Problemas Psicológicos Actuales” y uno
de los tomos de Sherwood; de todos me acordaba perfectamente y noté su ausencia tan pronto pasé una rápida revista, pero es justo confesar que yo también embarque algunos que no eran míos de los cuales pienso hacerme propietario tan pronto transcurran los tres años que marca la Ley; mientras trataré de recuperar los míos para que no prescriban. Alcalde tiene mis dos tomos de la “Historia de las doctrinas políticas” y yo tengo suyo (y embarcado) un libro sobre la moneda. Se me ocurre que adivinando mis intenciones se quedó con aquellos en prenda, pero me propongo rescatarlos tan pronto lo agarré por La Habana.
»Los libros fueron en las cajas más o menos clasificados: los de historia, los de economía, de literatura, cuestiones sociales y política, etc. ¡Qué pobrecita es mi biblioteca! Pero de veras que le tengo un gran cariño, y el día que yo cobre algunos pesos me prometo pagar algunos que todavía debo.
»Pienso si ahora cuando salga, los cobradores, que por cierto son muy asiduos, se acordarán de
mí. ¡Cuántas historias les hice, cuántas promesas de pago!… Al enfrentarme de nuevo con todos los pequeños problemas cotidianos tal vez eché de menos a la tranquilidad de la prisión. Nunca está uno
conforme en ningún lado, pero aquí al menos no lo molestan a uno los cobradores. Quizás, Balzac, tan
acosado siempre por esta clase de personajes, se hubiera sentido muy bien en tales circunstancias.
¡Ojalá no se cumpla mi premonición de que en la calle añoraré algo la cárcel!»
Trece días después de redactada esta carta, el 15 de mayo de 1955, las puertas del Presidio Modelo
se abrieron para dejar salir a Fidel Castro y los asaltantes del Moncada que allí sufrieron injusta
sanción.

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