Desde presidio: Abril: se precipitan los acontecimientos

En el mes de abril de 1955, toda Cuba pide la ley de amnistía; todo el país, se hace voz para clamar ardientemente por una legislación que devuelva al seno del hogar a los cubanos, acusados de un ideal redentor. La presión popular es tal que los gubernamentales están de acuerdo en que hasta sus parciales son partidarios de la amnistía política total.
El 27 de marzo la revista Bohemia publicó las siguientes declaraciones de José Antonio Echeverría: “La amnistía general constituye un clamor de toda la ciudadanía, al que los estudiantes hemos brindado todo nuestro apoyo. No podemos permanecer indiferentes ante tantos compañeros que sufren en la actualidad los rigores del presidio político […] ¡Que no quede en la cárcel uno solo de los dignos luchadores contra la dictadura¡ […] Todo intento de excluir a los combatientes del Moncada de la amnistía se encontraría con el más amplio repudio de la opinión pública. […] Que no quede preso ni un combatiente contra la dictadura!”
A continuación exponemos algunos fragmentos del libro La prisión fecunda, del Dr. Mario Mencía (pág. 227-231), publicado por la Editora Política en 1980, pues no posemos ninguna de las cartas escritas por Fidel en el presidio de Isla de Pinos, en abril de 1955.
En su edición del 5 de abril, Diario Nacional denunciaba que el primer viernes de ese mes se había impedido a las hermanas de Fidel visitarlo, debido a su viril emplazamiento al Gobierno; así trascendía la nueva incomunicación a que había sido sancionado. “Todos los hogares de todos los barrios de todo los pueblos de todas las provincias de Cuba toda —se expresaba en la nota—, hablan de la amnistía y por ende de Fidel Castro, pero este, primera figura de ese comentario nacional, no puede decir su criterio al respecto. Para los mandantes ser preso político es ser una cosa, sin derecho a opinar.
“¿Es justo que se incomunique, que se pretenda convertir en unidad sellada a quien se ha limitado a manifestar que no quiere para él la amnistía si es a cambio de la honra?”, preguntaba el comentarista [Luis Conte Agüero] antes de agregar: “La situación de Fidel luce insostenible en el Presidio Modelo. Todo recomienda un inmediato traslado de él y de los combatientes del Moncada a la prisión de La Cabaña. La tragedia ronda la celda y es prudente evitarla. Además, el traslado a La Cabaña sería cumplir la sentencia del Tribunal de Urgencia de Santiago de Cuba, que señaló para la extinción de la pena esa prisión militar.”
El 10 de abril la sección En Cuba de la revista Bohemia comentaba en forma condenatoria la nueva incomunicación que se había impuesto a Fidel: “Mientras la conciencia nacional reclama categóricamente la amnistía política y los cuerpos legisladores discuten los términos de esa legislación reparadora, que no es una limosna sino un deber público, las autoridades responden a dicho llamado incomunicando a Fidel Castro, dejándolo, según denuncian sus familiares, sin radio, sin correspondencia, sin periódicos, sin revistas, sin sol.”
En su nota, Enrique de la Osa calificaba el escrito de Fidel, que la propia revista había publicado, como un “monumento de entereza y admiración personal” y aprovechaba la coyuntura para descaracterizar al régimen: “Es un gesto pequeño del Gobierno. Vencido, prisionero, sancionado por los tribunales, el recio combatiente del Moncada es una figura que sus enemigos podrán discutir, pero que tienen que respetar. Echar sobre el la sombra del más absoluto aislamiento significa ensañarse con esta vertical figura de la oposición. Choca, al propio tiempo, que lo haga un régimen cuyos representantes no se cansan de proclamar el odio, el rencor, la revancha no se albergan en su pecho. Así, paradójicamente, sus propios actos otorgan un valor de símbolo al solitario prisionero de Isla de Pinos.” […]
Abril sería portador de una increíble muestra de lacayismo. El régimen facilitaba a la Electric Bond and Share diez millones de pesos “para su expansión industrial”, según rezaba el dossier de entrega del dinero que un país subdesarrollado hacía a la empresa que lo explotaba y que, dicho sea de paso, más altas tarifas eléctricas cobraba en toda América Latina. William S. Stafford, representante del bimillonario consorcio, recibía satisfecho el cheque que a nombre de la Financiera Nacional de Cuba, organismo estatal supuestamente creado para el desarrollo del país, le entregaba al recién estrenado premier batistiano Oscar “Yoyo” García Montes.
Pero los acontecimientos se precipitaban. Durante ese mismo mes la presión de las masas en favor de la amnistía iba a elevarse vertiginosamente hasta grados en verdad ya muy riesgosos para el régimen.
A este clima en extremo caluroso, no obstante que comenzaba la primavera, iba a contribuir en no escasa medida la circulación de un nuevo diario que muy pronto alcanzaría tiradas hasta de 50 mil ejemplares, cifra no muy común en esa época: el periódico La Calle de Luis Orlando Rodríguez. Clausurado desde el mismo día en que editó el primer número que fue secuestrado por la policía, el 16 de agosto de 1952, primer aniversario de la muerte de Eduardo Chibás, Luis Orlando puede comenzar a editarlo esta vez desde el jueves, 10 de abril de 1955, erigiéndose desde ese día en principal vocero de la campaña por la amnistía.
Dentro de esa creciente popular, algunos sucesos más del mes de abril, mientras se conocía públicamente la incomunicación a que había sido sometido nuevamente Fidel, iban a perfilar con mayor nitidez la polarización de fuerzas, que con una perspectiva estratégica, se estaba desarrollando en el país.
El día 14 otro arsenal priísta caía en manos de la policía; unas decenas de fusiles M-1, varios Garand, 1500 granadas y 20 000 balas eran capturadas en Rabí 327, barriada de la Víbora, en La Habana.
En Camagüey, los cuerpos represivos asesinaban al joven trabajador ferroviario, Mario Aróstegui, militante de la Juventud Ortodoxa. Su cadáver aparecía tirado junto a un puente en las afueras de la ciudad. Para asistir a sus funerales, durante la celebración de los cuales arengaría a la multitud presente, viajaba urgentemente desde Santiago de Cuba hasta Camagüey un joven dirigente de la FEU de Oriente: Pepito Tey.
Bochornante contraste surgía a la palestra pública en medio del fervor de la recogida de firmas en respaldo a la amnistía, otro proto-partido más, con la mirada evidentemente puesta sobre el rumor de las elecciones que se decía habría a fines del siguiente año. Integrado por el insumergible ex abecedario y ex ortodoxo Jorge Mañach, por el emergible ex ortodoxo y ex montrealista José Pardo Llada, por los economistas ex auténticos Justo Carrillo y Rufo López Fresquet, el dirigente amarillo de los trabajadores telefónico Vicente Rubiera, el obeso presidente de la Asociación de Reporters Jorge Quintana y otros figurones de menor prosapia, se proclamaba en efecto la constitución del Movimiento de la Nación. El meneíto, como habría de denominársele de inmediato en concordancia con la ambigua y cambiante posición política de su rectores, se evaporaría sin penas ni glorias tras subdividirse en numerosas facciones, antes del cumplir su primer aniversario. En aquel desatinado instante, sin embargo, surgía con gran algarabía de promesas al pueblo.
Preciso, con el aval de varios choques directos en las calles contra la policía, el encabezamiento de las protestas populares contra la elecciones del año anterior y frente al proyecto del Canal “Rompe-Cuba” [Canal Vía Cuba], más la experiencia de su viaje a Centroamérica para luchar con las armas al lado del pueblo costarricense ante la agresión filibustera somocista, el presidente de la FEU, José Antonio Echeverría, salía al paso a las maniobras politiqueras tan a destiempo en aquel momento, y el 17 de abril reiteraba por la revista Bohemia:
Hemos sostenido y seguimos sosteniendo que ante la problemática nacional sólo pueden caber dos actitudes, sólo pueden existir dos partidos: los que están con Cuba y contra Batista, y los que se hayan al lado de Batista y contra Cuba.
Por otra parte, agregaba José Antonio:
El régimen del 10 de marzo en todos sus actos ha demostrado hasta la saciedad su afán de mantenerse aferrado al Poder indefinidamente, por medio de la fuerza, contra la voluntad soberana de nuestro pueblo. No creemos, por tanto, que a corta distancia de una violentación tan flagrante del sentimiento nacional, como fueron las “elecciones” del 1º de noviembre, en las que Batista se autoprorrogó en el Poder, pueden surgir movimientos de oposición inspirados en la ingenua pretensión de arrebatarle el Poder al actual régimen por medio de las urnas. Sólo la acción nacional enérgica, tendiente a plasmar los postulados de la Revolución cubana, en cuyo camino ya se encuentra actualmente nuestra Patria, logrará liquidar esta triste etapa cuartelaría de nuestra historia republicana.
Las fuerzas, a no dudarlo, continuaba polarizándose, y el camino conducente a plasmarlos postulados de la Revolución Cubana, a que aludía José Antonio, pasaba en esos momentos por una celda del pabellón-hospital del presidio de Isla de Pinos.
En ese camino presionaba el pueblo ya en una ola espectacular, indetenible. No quedaba al Gobierno más que una alternativa.

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