Cartas de Fidel desde el presidio: NO QUEREMOS AMNISTÍA AL PRECIO DE LA DESHONRA

Por Dr. C. Eugenio Suárez Pérez y Ms. Acela Caner Román

En marzo de 1955, el tema de la amnistía a los presos políticos ocupaba la atención de la opinión pública. Desde presidio, Fidel Castro alertó sobre las maniobras del gobierno dictatorial y expuso claramente la actitud de los moncadistas ante el indulto que se anunciaba.
Así, el sábado 6 de marzo, Fidel envió un telegrama a unos jóvenes que, en favor de la amnistía, organizaban un radio mitin en la Onda Hispano-Cubana.
“[…] Nuestra profunda gratitud a usted y sus entusiastas compañeros que han hecho suya espontáneamente la causa de nuestra libertad. No es el propósito lo que más apreciamos en este caso ya que la prisión con la frente en alto se puede sufrir, sino el gesto de cívica adhesión con que ustedes nos alientan. Serenos y firmes, sin impaciencia ni miedo, sufrimos nuestro destino de hoy. Mañana, nuestro primer abrazo será para los que en esta hora dura se acordaron de nosotros. Fraternalmente […].”
Una semana más tarde, el domingo 13 de marzo, a las once de la noche, Fidel apartó el libro que leía y comenzó a escribirle algunas líneas a una de sus hermanas. Junto a la carta, le envía el texto del telegrama del día 6, pero con una necesaria aclaración:
“[…] Como ves, con toda la delicadeza necesaria como para que no parezca un desaire expuse que no era el propósito, es decir la amnistía, por el cual le expresaba mi gratitud, sino el hecho, el efecto de elevar sus pensamientos hacia los que aquí algunas veces hemos sido bastante olvidados. Comprendo que son varios aquellos que pudieran merecer palabras semejantes, pero yo también tengo mis gestos, y en este caso, con la espontaneidad que me caracteriza para unos muchachos que semanas tras semanas han estado hablando de nosotros y a quienes apenas conozco. ¡No me importa de qué grupo o tendencia puedan ser! ¡Estoy cansado de tanta intriga y mezquindad! […]”.
Y expone su opinión sobre la amnistía que se está gestando, cuando escribe:
“[…] Por lo demás no pido ni pediré jamás amnistía. Tengo suficiente dignidad para pasarme aquí veinte años o morirme antes de rabia. Ahora bien, permítaseme por lo menos ser cortés y hasta de vez en cuando mandar a freír tuza a medio mundo y al diablo a los criticones que andan siempre buscando un pretexto para reventarle a uno la paciencia[…]”.
El 19 de marzo, el líder revolucionario escribe un documento, que luego se publicaría en la revista Bohemia del 27 de marzo de 1955, con el título Carta sobre la amnistía en el que expone sus opiniones y las de todos los moncadistas acerca del indulto. Fidel inicia sus palabras declarando:
“Estar preso es estar condenado al silencio forzoso; a escuchar y leer cuanto se habla y escribe sin poder opinar; a soportar los ataques de los cobardes que se aprovechan de las circunstancias para combatir a quienes no pueden defenderse y hacen planteamientos que de no estar imposibilitados materialmente merecerían nuestra inmediata réplica.
”Todo esto sabemos que hay que sufrirlo con estoicismo, serenidad y valor como parte del sacrificio y la amargura que todo ideal exige. Pero hay veces en que es preciso vencer todos los obstáculos porque resulta imposible guardar silencio sin que la dignidad se sienta lastimada. No redacto estas líneas para buscar el aplauso que tantas veces se otorga con exceso al mérito aparente al gesto teatral y se niega a los que saben cumplir el deber sencilla y naturalmente. Lo hago por rectitud de conciencia, por la consideración, respeto y lealtad que al pueblo debo […]”.
Y a continuación escribe que quiere dirigirse al pueblo de Cuba para expresar su opinión sobre la amnistía política, cuestión que no debe reservarse por ninguna razón de conveniencia, pues atañe directamente a todos los moncadistas presos.
Ante las condiciones que el gobierno intenta imponerles a los combatientes revolucionarios con su declaración de que “habrá amnistía cuando haya paz, cuando los presos y exilados cejen en su actitud y cuando haya un compromiso tácito o expreso de acatamiento al gobierno”, Fidel hace una reflexión de cada uno de los condicionamientos y apunta:
“[…] Se pretende desmoralizarnos ante el pueblo o encontrar un pretexto para dejarnos en prisión.
”No me interesa en absoluto demostrarle al régimen que debe dictar esa amnistía, ello me tiene sin cuidado alguno; lo que me interesa es demostrar la falsedad de sus planteamientos, la insinceridad de sus palabras, la maniobra ruin y cobarde que se está llevando a cabo con los hombres que están en prisión por combatirlo.
”Han dicho que son generosos porque se sienten fuertes, y yo digo que son rencorosos porque se sienten débiles. Han dicho que no albergan odios, y yo aseguro que han ejercido sobre nosotros como no se ejerció contra un grupo de cubanos. […]
”Nuestra libertad personal es un derecho inalienable que nos corresponde como ciudadanos nacidos en una patria que no reconoce amos de ninguna clase; por la fuerza se nos puede privar de esos derechos y todos los demás, pero jamás logrará nadie que aceptemos disfrutarlo mediante un compromiso indigno. A cambio de nuestra libertad no daremos pues ni un átomo de nuestro honor.
”Quienes tienen que comprometerse a acatar y respetar las leyes de la República son ellos que la violaron ignominiosamente el 10 de marzo; quienes tienen que acatar la soberanía y la voluntad nacional son ellos que las burlaron escandalosamente el 1º de noviembre; quienes tienen que propiciar un clima de sosiego y convivencia pacífica en el país son ellos que desde hace tres años lo mantienen en la inquietud y la zozobra. Sobre ellos pesa la responsabilidad; sin el 10 de marzo no hubiera sido necesario el combate del 26 de Julio y ningún cubano estaría sufriendo la prisión política […]”.
Al argumentar la validez de los métodos que emplea para enfrentar a la dictadura batistiana, Fidel acude al pensamiento martiano cuando plantea:
“[…] Nosotros no somos perturbadores de oficio, ni ciegos partidarios de la violencia si la patria mejor que anhelamos se puede realizar con las armas de la razón y la inteligencia. Ningún pueblo seguiría al grupo de aventureros que pretendiese sumir al país en una contienda civil allí donde la injusticia no predominase y las vías pacíficas y legales le franqueasen el camino a todos los ciudadanos en la contienda cívica de las ideas. Pensamos como Martí que ‘es criminal quien promueve en un país la guerra que se le puede evitar; y quien deja de promover la guerra inevitable’. Guerra civil que se pueda evitar no nos verá nunca promoverla la nación cubana, como reitero que cuantas veces en Cuba se presenten las circunstancias ignominiosas que siguieron al golpe artero del 10 de marzo será un crimen dejar de promover la rebelión inevitable […]”.

Pues, como bien aclara en sus consideraciones, no se trata de llevar a cabo una rebelión por la rebelión:
“[…]Si nosotros considerásemos que un cambio de circunstancias y un clima de positivas garantías constitucionales exigiesen un cambio de táctica en la lucha, lo haríamos solo como acatamiento a los intereses y anhelos de la nación pero jamás en virtud de un compromiso, que sería cobarde y vergonzoso, con el gobierno. Y si ese compromiso se nos exige para concedernos la libertad decimos rotundamente que no […]”.
Y con mucha más fuerza reitera:
“[…] No, no estamos cansados. Después de veinte meses nos sentimos firmes y enteros como el primer día. No queremos amnistía al precio de la deshonra. No pasaremos bajo las horcas caudinas de opresores innobles. ¡Mil años de cárcel antes que la humillación! ¡Mil años de cárcel antes que el sacrificio del decoro! Lo proclamamos serenamente, sin temor ni odio.
”Si lo que hace falta en esta hora son cubanos que se sacrifiquen para salvar el pudor cívico de nuestro pueblo, nosotros nos ofrecemos gustosos. Somos jóvenes y no albergamos ambiciones bastardas. Nada teman pues de nosotros los politiqueros que ya por distintas vías más o menos disimuladas se encaminan al carnaval de las aspiraciones personales olvidados de las grandes injusticias que lastiman a la patria […]”.
En este histórico documento —firmado por todos los moncadistas que estaban en prisión en los días cercanos al 77 aniversario de la Protesta de Baraguá— Fidel, con su verbo y acción, reafirma la ejemplar conducta de los mambises que, encabezados por Antonio Maceo, se negaron a aceptar la paz sin libertad, cuando declara:
“[…] Y no ya la amnistía, ni siquiera pediremos que nos mejoren el sistema de prisión por donde el régimen ha demostrado todo su odio y su saña hacia nosotros. ‘De nuestros enemigos —como dijeron una vez Antonio Maceo— lo único que aceptaríamos gustoso sería el sangriento patíbulo que otros compañeros nuestros más afortunados que nosotros, han sabido ir a él con la frente erguida y la tranquilidad de conciencia del que se sacrifica por la justa y santa causa de la libertad’.
”Frente a la transigencia bochornosa de hoy a los 77 años de la protesta heroica, el Titán de Bronce tendrá en nosotros sus hijos espirituales […]”.
Al siguiente día en otra carta aclara que ese documento lo presentará al resto de los moncadistas presos:
“[…] En estos instantes mucha gente se está preparando para la politiquería y lo menos que desean es que nos desprestigiemos con un síntoma de debilidad. No admite la menor duda que después de casi dos años de prisión, aislamiento, etc., etc., yo tengo que estar dispuesto a soportar otra jornada igual y cuantas sean necesarias antes que permitir la menor base a los que desean rebajarnos moralmente. Se lo pasaré a los compañeros para que lo lean y lo firmen también como constancia moral de que interpretó sus pensamientos, pero debe aparecer solo calzada con mi firma porque esta vez me corresponde a mí la responsabilidad […]”.
El 28 de marzo, es decir, un día después de la publicación de este documento, el Consejo de Dirección del Reclusorio Nacional de Isla de Pinos se reunió con el fin de averiguar acerca del artículo publicado en Bohemia cuya firma correspondía a Fidel Castro Ruz, el sancionado No. 3859. En el acta se leen las siguientes palabras del líder de la Revolución:
“[…]Yo asumo plenamente la responsabilidad del escrito que expresa cabalmente mis pensamientos, pero que aseguro bajo palabra de honor que ningún funcionario de esta prisión ha incurrido en descuido, negligencia o ausencia de vigilancia en relación con este asunto, que no tengo más nada que declarar, firmando en señal de constancia[…]”.
A finales de marzo, la situación de los moncadistas en la prisión era insoportable. Fueron formuladas amenazas contra Fidel. En una carta suya escrita el 30 de marzo, expone:
“[…] Hay que denunciar inmediatamente lo ocurrido. La denuncia debe hacerse públicamente y legalmente. La pública debe hacerse por el mayor número de voceros y organismos de la oposición: Partido del Pueblo, F.E.U., Frente de Mujeres Martianas, etc. Yo pongo en esto la vida, que pongan otros un poco de buena voluntad.
”Callarse la boca es una cobardía y una deshonra. Denunciar las amenazas es prácticamente lo más adecuado para afrontar la situación, y moralmente lo más correcto. Debe desplegarse en ello la máxima energía. No puede hacerse a medias.
”La denuncia legal debe encomendarse a José Manuel y a Pelayo, pero hacerla inmediatamente contra Batista y contra Capote. Todo esto debe hacerse mucho antes del viernes para que la publicación de mi carta si Quevedo accede a ello, sea la confirmación pública por mi parte y remate de lo que hayan hecho ustedes. Si algo se suprimiera de dicha carta no debe ser nunca la parte relativa a las amenazas.
”La demanda principal que debe hacerse es exigir nuestro traslado para La Cabaña conforme lo establece expresamente la sentencia dictada por el tribunal de urgencia de Santiago de Cuba. La situación nuestra aquí es realmente intolerable. Es preciso que eso se comprenda en la calle. […] Aquí han cambiado a todos los policías que trataban con nosotros. No confían en nadie.
”Una de las cosas que me dijeron es que no se podía producir una sola declaración mía más. No estaré tranquilo hasta que no salga esta nueva carta porque considero que lo más cobarde y más humillante que puede hacerse es amenazar a un hombre en estas circunstancias. Quien tenga que sufrir esa afrenta tiene que estar dispuesto a morir sin la menor vacilación […]”.
Así terminaba marzo de 1955 para Fidel y los moncadistas. Faltaban 45 días para que salieran de prisión y reiniciaran la lucha hasta la victoria final el Primero de Enero de 1959.

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