55 Aniversario del sabotaje a La Coubre: Ejemplo de solidaridad y unidad del pueblo y sus dirigentes

Por el coronel (r) Tomás Gutiérrez González, investigador del Centro de Investigaciones Históricas de la Seguridad del Estado

Apenas faltaban unos quince minutos para que, en la oficina del antiguo muelle de la Pan American Docks del distrito Arsenal, el reloj eléctrico marcara las tres de la tarde. En esos momentos un grupo de curtidos estibadores concluía la extracción de casi un millar de cajas de municiones trazadoras y perforantes para el fusil belga FAL, que se encontraban en la última bodega de popa del buque francés La Coubre. Seguidamente se aprestaron a preparar las condiciones para continuar sus labores en los dos compartimentos superiores de esta bodega, próximos a la cubierta, desde donde brotaba un aire gélido. En su interior se hallaban 25,000 cajas de granadas antitanques y antipersonales para lanzar con el mismo fusil, destinadas al Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.
Poco después, al reiniciarse la descarga, se alzó sostenida por las propias grúas del navío, la primera lingada conteniendo unas diez cajas que fueron depositadas suavemente sobre el muelle donde las esperaban los braceros. Luego se repitió la operación con la siguiente y cuando se preparaba la tercera, una explosión hizo que los presentes sintieran como si el tiempo se hubiera detenido. Los cuerpos de los estibadores que se hallaban en el interior de esa bodega fueron destrozados al instante. Los que laboraban en la bodega próxima y sobre esa parte de la cubierta quedaron mortalmente heridos, mutilados en su mayoría. Muchos de los que se encontraban a bordo del navío y sobre el muelle no lograron escuchar su ruido atronador; sus cuerpos fueron lacerados por fragmentos metálicos de todo tipo. El lugar quedó invadido por un humo intenso de penetrante olor indefinible. A mayor distancia, muchos también sufrieron los efectos de la explosión. La ciudad entera escuchó el tronante estallido.
Eran las tres y diez minutos de la tarde del 4 de marzo de 1960. Se había producido el primer gran acto terrorista realizado contra la naciente Revolución Cubana. No era el primer hecho de terror pero si el más devastador y sangriento hasta entonces. Catorce meses antes el Gobierno Revolucionario, con la acción del Ejército Rebelde acompañado por el pueblo, había llegado al poder pese a la oposición del Gobierno de Estados Unidos. A partir de ahí comenzó la hostilidad, que fue tomando forma de agresiones permanentes para impedir el desarrollo del proceso revolucionario y frustrar el cumplimiento del proyecto de independencia, soberanía y justicia para todos los cubanos.

El acontecimiento fue precedido de amenazas de reducir la cuota azucarera que Cuba poseía en el mercado norteamericano, lanzamientos de sustancias incendiarias y explosivas contra poblados, ciudades, campos de caña y centrales para intentar frustrar la zafra azucarera, sabotajes, fomento de alzamientos en las montañas, conspiraciones para asesinar a los principales dirigentes revolucionarios y la creación de organizaciones contrarrevolucionarias dentro y fuera de Cuba. Ya habían creado dentro de la Agencia Central de Inteligencia el órgano encargado de cumplir esa misión. Trabajaban en interés de alcanzar esos objetivos los oficiales que lograron mediante similares procedimientos liquidar al gobierno progresista de Guatemala en 1954. Estaba en marcha la decisión de derrotar a la Revolución mediante el empleo de las armas y la subversión.
Luego de la primera explosión el escenario sobre el buque, muelle y sus alrededores era aterrador. Solo se veían hierros retorcidos y humeantes junto a cuerpos humanos mutilados y rostros que reflejaban la muerte. Se escuchaban gritos y quejidos de dolor de los que aún sobrevivían. El fuego se desataba con toda intensidad.
Los primeros auxilios a las víctimas se brindaron entre ellos mismos. Algunos sangrando, necesitados de recibir atención médica y soportando los dolores que sufrían se dispusieron a socorrer a sus compañeros. Paralelamente, de manera espontánea se observó una enérgica reacción popular. De diferentes partes corrieron presurosos a socorrerlos, obreros, soldados, policías, vecinos, pueblo todo. Eran trabajadores de otros muelles y centros laborales cercanos, bomberos, miembros de la Cruz Roja, vecinos de los alrededores junto a combatientes de la Policía Nacional Revolucionaria y de las FAR que se volcaban sobre el mismo sitio.
En breve tiempo aquella multitud de personas penetró al muelle, subió al buque y comenzó a socorrer a las víctimas a riesgo de sus propias vidas. Al producirse una segunda explosión muchos resultaron muertos. Uno de ellos, que asistió entre los primeros, Lucilo Peñalver Pedroso, joven negro extremadamente humilde, residente en las faldas de la loma de Atarés y cargador en el Mercado Único. Otros resultaron gravemente heridos como el capitán de la PNR, Juan Luis Rodríguez Infante (Bayamés) quien perdió una de sus piernas.
Los principales dirigentes de la Revolución Cubana, los jefes responsabilizados con frentes relacionados o no con este hecho de los diferentes escalones de dirección y mando acudieron a la mayor brevedad a la zona afectada para contribuir al enfrentamiento de la compleja situación creada. No hubo necesidad de dar órdenes o de aplicar planes de aviso preconcebidos para que todas las fuerzas se movilizaran al instante.

En el actual edificio que hoy ocupa el Minfar en la Plaza de la Revolución, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz junto Raúl Castro, entonces comandante, y otros dirigentes, se encontraba laborando en sus altas responsabilidades. Muchos años después Fidel recordaría: “Desde las oficinas del INRA escuché, el 4 de marzo de 1960, la estremecedora explosión de La Coubre y observé la oscura columna de humo que emergía del puerto de La Habana. Vino rápido a mi mente la idea del barco cargado de granadas antitanques y antipersonales que podían ser lanzadas por los fusiles FAL adquiridos en Bélgica, país nada sospechoso de comunismo. De inmediato bajé para dirigirme al lugar…”
Raúl Castro, que lo acompañó al sitio siniestrado, lo rememoraba así: “Hace tres años, el 4 de marzo de 1960, en horas del mediodía, una poderosa explosión estremeció nuestra capital. Nos encontrábamos trabajando con Fidel en su despacho, y nuestro máximo dirigente, en voz alta, nos dijo: ‘Algo muy grave tiene que haber ocurrido’, y con rapidez salimos a la calle. No tardamos mucho en cruzarnos con las primeras ambulancias, donde se conducían cadáveres carbonizados de compañeros trabajadores o soldados, o heridos. Llegamos aquí, ya el propio pueblo, los propios trabajadores, ayudando a los compañeros del Orden Público, se habían encargado de establecer el orden. Era verdaderamente admirable ver cómo compañeros obreros, soldados y policías y pueblo en general que acudía de todas partes, se metían entre los amasijos humeantes de un barco que aún en llamas, momentos antes acababa de hacer explosión.”
El comandante Ernesto Che Guevara conducía su auto por una vía no muy distante. Viajaban con él su compañera y secretaria personal, Aleida March y el inseparable compañero desde los días de la lucha contra la tiranía batistiana en llanos y montañas, el primer teniente Hermes Peña Torres. Al escuchar la detonación el Che torció el rumbo y enfiló el auto hacia los elevados de los ferrocarriles, hasta detenerse en la calle lateral del cuartel de San Ambrosio; desde allí se dirigió a pie hasta el muelle. En el Estado Mayor General el comandante Juan Almeida Bosque intercambiaba impresiones con tres de sus oficiales cuando se estremeció el edificio y estallaron los cristales de las ventanas. Comenzaba a extenderse sobre la bahía una nube de humo negro. Sin intercambiar palabras Almeida, seguido por el comandante Evelio Saborit y el capitán Jorge García Cartaya, bajó a toda prisa las escaleras y abordó el primer vehículo al alcance. Ambos oficiales resultaron heridos cuando auxiliaban a las víctimas sobre el buque, el primero de menor gravedad y García Cartaya grave con la pérdida de un riñón.
El presidente Osvaldo Dorticós Torrado había concluido el almuerzo y se encontraba acompañado del secretario de la Presidencia, Luis M. Buch. Ambos escucharon también el descomunal estallido. En breve tiempo les llegó la información de una explosión en la bahía, al parecer de un barco o en un almacén, por lo que salieron de inmediato. Detuvieron el auto muy cerca de la calle Egido, próximo al Archivo Nacional de Cuba, y a pie se proponían llegar a la nave humeante. Algo cambió la intención que traían, recordaría Buch: “En el instante en que nos dirigíamos hacia los muelles, huía en un camión un grupo de marinos franceses que advertían no continuar avanzando y avisaban que habría una segunda explosión. Nos detuvimos en seco y nos dirigimos al vehículo estacionado junto a la muralla. A las tres y cuarentaicinco, a media hora de la primera explosión e instantes después de nuestra llegada, ocurrió la segunda explosión…”
Con igual premura se movilizaron dirigentes de todos los niveles y frentes de trabajo tanto civiles como militares. Debe destacarse, a riesgo de omitir algunos, la presencia de los comandantes Ramiro Valdés Menéndez, jefe del G-2 Militar, Efigenio Amejeiras Delgado y Samuel Rodiles Planas, jefe y 2do. jefe de la Policía Nacional Revolucionaria, Julio Camacho Aguilera, ministro de Transporte, Guillermo García Frías, jefe de las Fuerzas Tácticas de Combate de Occidente, el capitán Omar Fernández Cañizares, director de la Aduana Revolucionaria y el comisionado de la ciudad de La Habana, José Llanusa Gobel; entre muchos de los funcionarios que más relación con este acontecimiento tenían, por las funciones que se derivaban de los cargos que ocupaban.
Luego de unos treinta minutos de la primera, una segunda explosión incrementó la cifra de muertos y heridos. Los presentes no se amilanaron, se protegieron y continuaron sus labores de auxilio. En las primeras horas de la noche se logró controlar el incendio y restablecer paulatinamente la situación. Al final del día el Consejo de Ministros fue convocado a una reunión urgente, de donde se emitió un mensaje al pueblo que rendía homenaje a los participantes en el socorro a las víctimas, a la vez que expresaba el dolor e indignación por la tragedia, calificada como un criminal atentado.
En esa sesión el Consejo de Ministros aprobó la Ley no. 756/60 que concedía crédito de un millón de pesos para dar asistencia inmediata a las víctimas y sus familiares. Ello se materializó con ayuda económica, pensiones, entrega de viviendas amuebladas a todos los necesitados, becas de estudio a los menores de edad y otros beneficios. Los hijos, viudas y demás familiares que dependían económicamente de los obreros y soldados muertos, no quedaron desprotegidos; tampoco los heridos graves e incapacitados. La ley incluía a las familias cubanas y también a las francesas. El artículo quinto, referido a estos últimos decía textualmente: “Se establece un auxilio económico, por una sola vez, por la suma de diez mil pesos, para los familiares que estaban al abrigo y protección de los tripulantes extranjeros del barco siniestrado”. En breve tiempo una delegación de la Central de Trabajadores de Cuba hizo entrega de efectivo en la sede de la Central General de Trabajadores Franceses a cada una de las familias de los seis marinos franceses fallecidos como consecuencia de este sabotaje.
Al siguiente día, 5 de marzo, en la intersección de las calles 23 y 12, en el Vedado, durante las honras fúnebres de las primeras víctimas, que fueron acompañadas por medio millón de habaneros, nuestro Comandante en Jefe expuso de manera fundamentada el resultado preliminar de las investigaciones realizadas. Las explosiones no fueron ocasionadas por un accidente, se trató de un sabotaje; aunque se produjo en Cuba fue preparado en el exterior; y entre los interesados en que Cuba no recibiera armas para defenderse había que encontrar a los culpables. Ante la disyuntiva que se planteaba de renunciar al proceso revolucionario o luchar hasta la última gota de sangre, Fidel pronunció nuestra inmortal consigna: ¡Patria o Muerte!
Algo más de un año después, a solo tres días de iniciarse la invasión mercenaria por Playa Girón, Fidel Castro Ruz afirmaba: “…a todos nosotros, a nuestro pueblo, le quedó la profunda convicción de que la mano que había preparado aquel hecho bárbaro y criminal, era la mano de los agentes secretos del gobierno de Estados Unidos.” La continuidad de los sabotajes y actos de terror de todo tipo lanzados contra Cuba por sus agencias de espionaje y subversión y las posteriores investigaciones históricas realizadas han ratificado esas primeras conclusiones.
Simultáneamente con la explosión que causó la muerte y el dolor a las familias cubanas y francesas se había producido otra más intensa y poderosa: la explosión de la solidaridad y de la consolidación de la unidad de nuestro pueblo junto a sus dirigentes.

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