Siete días con Fidel en la Sierra Maestra

Dr. C. Eugenio Suárez Pérez

Vamos a renovar nuestras energías en el Pico Turquino, para el segundo año de la Revolución
En horas de la noche del primer día del nuevo año 1960, las Brigadas Universitarias de Milicias, como lo había prometido Fidel, marcharían a la Sierra Maestra para recibir instrucción militar. Fidel los acompañaba.
«Pocos minutos después de las nueve de la noche del día primero de enero salió hacia Oriente el tren que conduce las primeras brigadas estudiantiles que van a la Sierra, arma y mochila al hombro, a entrenar sus músculos y a fortalecer su entusiasmo revolucionario entre los mismos riscos donde nació hace un año nuestra nueva Cuba.
»Estudiantes de ambos sexos vistiendo el uniforme de sus milicias ocupan los amplios vagones del tren, mientras una apretada multitud, familiares y amigos, se aglomeraron en los andenes para dar un adiós emocionado a los jóvenes que parten. Seis u ocho cómodos vagones forman el largo del convoy, ahora llenos del natural ajetreo para acomodarse y colocar sus mochilas, para cuidar con atención esmerada y meticulosa el arma que la república ha puesto en sus manos.
»La llegada de Fidel nos es avisado por el enorme griterío y la clamorosa ovación que le acoge a su entrada en la terminal. Se abre paso con dificultad y sube sonriente al coche, donde hará su viaje acompañando a los estudiantes. Minutos antes de partir y mientras nuestro fotógrafo Tirso saca relámpagos ininterrumpidos a su cámara, le pedimos al doctor Fidel Castro que nos diga algo para Revolución. “Escribe —nos dice— vamos a renovar nuestras energías en el Pico Turquino, para el segundo año de la revolución”».
A las nueve y diez minutos, Fidel y seis miembros de su escolta habían llegado al el andén número 2, destinado al tren especial que llevaría las milicias universitarias hasta Yara. Acompañaban a Fidel, Celia Sánchez; los comandantes Pedro Miret nivel y Luis Crespo, viejos combatientes de la Sierra; los capitanes Núñez Jiménez, del INRA, Pupo, jefe de la escolta; y Fernández, director de la Academia de Managua. Al día siguiente llegarían a Yara, por avión, el comandante Raúl Chibás y Conchita Fernández, secretaria de Fidel.
Luego de recorrer todos los coches donde estaban acomodados los 390 miembros de las brigadas, Fidel se quedó en el último vagón, brindándose para una especie de programa Ante la Prensa, donde el interrogatorio estaba a cargo de las muchachas universitarias. Fidel contestó toda clase de preguntas con la mejor disposición. El diputado y periodista venezolano Fabricio Ojeda —invitado al recorrido— contemplaba la singular escena y advirtiendo la alegría del premier en compartir con los estudiantes, le preguntó si se sentía bien.

Si a Nasim le abren el corazón, encuentran a Fidel

El día 2 llegan a Yara, y desde aquí continúan en camiones hasta la zona de El Caney, donde se está levantando una gran ciudad escolar con capacidad para 20 mil niños, y que llevará en nombre glorioso de Camilo Cienfuegos.
Mientras Fidel explica a los estudiantes detalles de la construcción, se sitúan en formación más de cien alumnos de las escuelas que ya funcionan en el lugar.
«[…] Fidel habla con cada uno de los chiquillos y los presenta con orgullo a los universitarios: “A ver, —grita a los muchachos—- que cada uno diga de donde ha venido a estudiar”. El coro de voces infantiles repite los nombres de los caseríos de la Sierra, algunos ya famosos en la historia. “Yo vengo de Las Vegas… yo, de Jibacoa… yo, de La Plata… yo, del Frío… yo, de Cieneguilla… yo, de Bombón… yo, de Ramón de Guaninao… yo, del Jigüe… yo, de Las Mercedes… yo, de Guayabal de Nagua… yo, del Dátil…”
»Fidel no oculta su satisfacción: “De esto sí me siento satisfecho… aquí se está trabajando muy bien…”».
«[…] Del Caney sale el grupo. En diez minutos más, al llegar a la loma de Las Mercedes, abandonan el transporte para seguir a pie. Fidel se adelanta para explicar cómo se desarrolló el combate de Las Mercedes, una de las grandes batallas de la Sierra.
«Algunos guajiros, viejos amigos de los días duros de la Sierra, se acercan al premier. Entre otros, identificamos al moro Nasim, amigo de Fidel desde hace 15 años. Con su acento libanés, encomia su identificación con Fidel: “Si a Nasim le abren el corazón, encuentran a Fidel; si abren el corazón a Fidel, encuentran a Nasim”.
»Antes de cargar con su enorme mochila —setenta libras de peso— más las cananas llenas de balas, Fidel prueba en Las Mercedes el nuevo fusil automático Fal de fabricación belga. Luego de tiros aislados a una piedra, sin precisar, pues ya anochece, descarga una ráfaga con el arma a nivel de la cintura.
»Al grupo se ha unido el comandante Santamaría, director de la escuela de reclutas de Minas del Frío. Cuando dejamos los camiones en Las Mercedes, ya todos los muchachos de la brigada Echeverría van en formación de campaña. De uno en unos, en grupos de cincuenta, los tres batallones. Fidel ha querido marchar atrás para dar ánimo a las muchachas, que con más de 40 libras de peso —entre el fusil y la mochila— se disponen al difícil ascenso. […]
»En la primera media hora sobra el ánimo para bromas, cantos, himnos y marchas. Ya de noche, con cielo estrellado y luna en cuarto creciente, la caravana marcha por las montañas entonando el Himno del 26. Un grupo de muchachas que pasaba junto a Celia, le dedica este “chieers”:
¿Qué cosa es Trujillo?
Trujillo es un pillo.
¿Qué quiere Fidel?
Batirse con él.
¿Qué quiere Cubela?
Prenderle una vela.
¿Qué quiere Guevara?
Partirle la cara…
»En medio del camino polvoriento que conduce a Las Vegas, a ratos llegaba el eco de otro grito universitario:
¿Quién viveee?
¡Caribe!
¿Quién vaaa?
¡Universidad!
»A las diez de la noche, la vanguardia de la brigada José A. Echeverría con sus uniformes ya mojados en sudor cansados tras la primera prueba en plena Sierra Maestra, avistaban la Tienda del Pueblo, a la entrada de Las Vegas de Jibacoa. […]
»En el secadero de café donde Fidel y el Che entregaron a Cantillo los quinientos “casquitos” prisioneros durante la ofensiva, durmieron la noche del 2 de enero de 1960 los trescientos noventa miembros de la brigada universitaria José A. Echeverría».

Cuando esté caminando 24 horas me habré graduado otra vez

El domingo 3, a las seis de la mañana, comienzan a subir la loma de La Vela. A las doce y diez minutos, la vanguardia pasa por la primera posta de la Escuela de Reclutas en Minas del Frío.
«Fidel cuelga su hamaca a la intemperie, junto a la zapatería que montó el Che a su paso por las Minas. Las muchachas se instalan en los catres de las barracas, cedidas por los reclutas. Se reportan nuevas bajas, luxaciones, fracturas, ampollas, muchos a quienes “les falta el aire”.
»Por la tarde, Fidel pide la ametralladora calibre 30. Ordena la colocación de unas botellas a cincuenta metros, en un montículo y sin apoyar el trípode, alzando el arma hasta el hombro, como si se tratara de un fusil, barre las botellas de una ráfaga. Los muchachos aplauden y comenta Fidel, satisfecho: — ¡Eh!… ¿Fue buena la concentración del fuego? Luego, dispara a un blanco a cien metros. Otra vez, de una ráfaga, rompe el triángulo de botellas. —Hoy vengo claro —sonrió el Comandante.
»Los muchachos de las brigadas hacen ejercicios militares en el polígono. Han bautizado sus batallones con nombres pintorescos: “Los Autómatas”, “Fantasía”, “Realidades”, “Los Siniestros”.
»Fidel los invita a subir hasta la loma donde está la enfermería, corriendo “al pasodoble”, él al frente. Llegan fatigados y sudorosos y allí el premier les hace olvidar las penalidades de la marcha, relatándoles historias de la guerra en las montañas. A las ocho de la noche todos duermen. La jornada del día siguiente, hasta La Plata, será de las más duras». […]
«En Minas del Frío, el doctor Castro confesó con sinceridad que se había sofocado algo, debido a la falta de práctica. “Cuando esté caminando 24 horas me habré graduado otra vez”, agregó. Fidel sostuvo frecuentes cambios de impresiones con los estudiantes a quienes felicitó por el esfuerzo realizado».

No, porque puedo perder la costumbre

A las seis de la mañana, del 4 de enero, Fidel junto con la Brigada Universitaria sale de Minas del Frío. El frío es tan grande, que Fidel se coloca encima del jacket un suéter de lana carmelita.
«[…] De Minas del Frío a La Plata cruzamos por el Jigüe, Mompié y Corea. Cada vez que nos acercamos a un bohío la alegría se apoderaba de los jóvenes universitarios sobreponiéndose al cansancio que sentían. A cada momento se escuchaba la pregunta infalible: ¿Cuándo llegamos?, con su consiguiente respuesta: “esta al cantío de un gallo”. […]
»Fidel durante todo el recorrido iba dando ánimo a los estudiantes. Varios campesinos se acercaron durante el trayecto para llevarle la mochilas pero él se negaba diciendo: “No, porque puedo perder la costumbre”.
»Entre los excursionistas que hacía el recorrido con más entusiasmo se encontraba el líder revolucionario venezolano Fabricio Ojeda. Fidel iba explicando los lugares donde hubo combates y la forma en que se desarrollaron, mientras los estudiantes lo escuchaban con entusiasmo y los campesinos lo aplaudían y vitoreaban. Pardo Llada a última hora dijo que no iba a subir al Turquino. […]
«[…] En La Plata, sede de la Comandancia General del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra, se acampó el día cuatro. Hasta La Plata, partiendo de Minas del Frío, la jornada duró diez horas. Al llegar a La Plata, dijo el doctor Castro: “De nuevo en mi casita, ¡qué bueno!” En este lugar los estudiantes se cocinaron bistecs para sí mismos, al igual que se prepararon chocolate caliente».

De La Plata hasta La Lima

La mañana del 5 de enero el grupo se dirige de La Plata hacia la Aguada de Lima, al pie de la ladera norte del Turquino, desfilando por la montaña de Palma Mocha, donde Fidel continuó narrando a los estudiantes los pormenores de la campaña de la Sierra Maestra.
«[…] A las cuatro horas de marcha desde La Plata ascendieron al firme de Palma Mocha, el punto donde se une el firme o divisoria de las aguas de Palma Mocha con el de la Sierra Maestra, en medio de la vegetación de helechos arborescentes, pinos gigantescos, el enmarañado tibisí y los musgos. A las siete de la noche, después de nueve horas de marcha continua llegamos a La Lima, punto situado en la base Norte del Turquino, a 922 metros de altitud».
«[…] En ese sitio acampamos a la intemperie con nuestras hamacas. Fue donde comenzamos a sentir el primer frío de la campiña. Porque aunque en Minas del Frío, como su nombre lo indica, la temperatura era más baja, pasamos la noche bajo techo y mejor alimentados, pues allí existe un gran campamento de entrenamiento del Ejército Rebelde».

Qué bien se siente uno aquí

El 6, temprano en la mañana, la expedición universitaria al mando del compañero Fidel parte rumbo al Pico Turquino. Al salir de la Aguada de Lima hacia los picos Joaquín y Turquino muchos excursionistas como desayuno chuparon cañas.
«[…] A partir de ese momento comenzaron los trechos más difíciles. Había gran humedad, la temperatura era más baja. Las lomas resultaron muy empinadas. La excursión atravesó grandes maniguas, haciéndose la vegetación más exuberante por momentos. Tuvimos la ocasión de ver muy hermosos helechos y begonias entre musgos y otras plantas, que crecen con amplitud debido a la humedad. En este trayecto eran mayores los resbalones y caídas. Fabricio Ojeda cayó y bajó acostado boca arriba casi tres metros, y dijo: “fue suave; lo hice con mis muelles”.
»El doctor Castro advirtió en la Aguada de Lima que se restablecieran de agua porque el precioso líquido habría de faltar en la travesía. En el Turquino el agua más cercana se hallaba a dos leguas (8 kilómetros), viéndose precisado uno a atravesar muy escabrosos sitios.
»A cada momento el doctor Castro preguntaba a los muchachos cómo se sentían al tiempo que les advertía que caminaran con prudencia sin desespero, fijándose bien donde ponían cada pie. El doctor Castro que conoce a la perfección cada trillo de la Sierra Maestra, anunciaba sitios que fueron escenarios de combates, escondites, emboscadas, etc.
»En el firme de Palma Mocha descansamos por espacio de varios minutos. El doctor Castro se tiró sobre las frescas hojas, diciendo: “Qué bien se siente uno aquí. Me recuerda mucho los tiempos de la guerra en la Sierra”. En ese momento también citaba anécdotas y expresaba: “Crespo, ¿te acuerdas de esto: fulano tú recuerdas tal cosa?”
»Asimismo, en el firme de Palma Mocha comimos alguna yuca hervida. La consideramos un plato riquísimo y de primera.
Muchos sonrieron elogiosamente con el doctor Castro cuando este expresó: “Si llega una expedición en este momento, con este solo personal, la barremos. Mandamos un grupo por allí, con otro grupo la cortamos por acá. La acabamos enseguida”.
»Después de Palma Mocha, pasamos a la loma de La Jeringa para seguir al Joaquín y al Turquino. Además del singular cansancio que comportaba la travesía, teníamos que cuidarnos de plantas espinosas y otras cuyo roce nos cortaba o quemaba y producía gran escozor como la Linda Moza y el Tibisí. La hoja de esta planta corta como hojita de afectar. Varios excursionistas fueron víctimas de estas marcas. Los ruiseñores estimulaban a los caminantes con sus melodiosos cantos, que eran contrastados con los cánticos de la Carta Cuba, la Guacaica y el Tocororo.
»Durante las acampabas, los excursionistas cantaban, hacían cuentos, contaban las horas de camino, etc. El doctor Castro compartía con ellos en todo. Reflejaba intensa satisfacción; se interesaba por todas sus cosas. A través de la microonda conocía del rumbo de la excursión, que en la retaguardia era comandada por Cubela.
»En ocasiones durante los descansos largos, el doctor Castro cantaba, acompañado de los estudiantes, uno de los cuales tocaba una filarmónica. Las cualidades del doctor Castro como cantante no podrán nunca llegarse a comparar con las de guerrero y estadista, pero hacía su mejor propósito a entonar una canción. En esos momentos los estudiantes mostraban una felicidad y satisfacción que no tenía límites».
«[…]El día de Reyes comenzamos la ascensión del Turquino escalando previamente los picos de Joaquín, Regino y Loma Redonda, entre enormes precipicios, poniendo nuestros pies en el Pico Real del Turquino, elevado a 1925 metros sobre el nivel del mar, a las 2 y 45 de la tarde de ese mismo día. Para saludar el triunfo de escalamiento y avisar a la columna de las brigadas que venían detrás de nosotros al mando del comandante Cubela, Fidel formó a la tropa y con su ametralladora belga Max, hizo una descarga seguida de otra de nuestra fusilería, dándose un espectáculo de extraordinario entusiasmo, donde los miembros del Ejército Rebelde y del estudiantado confundían sus gritos de “Viva Cuba”, “Viva la Revolución”, y “Viva la Reforma Agraria. […]
»Al llegar al Turquino, por la tarde, la temperatura era de catorce y medio grados centígrados, pero a medida que la noche avanzaba el frío era más intenso, hasta que a las seis de la mañana fue de siete grados centígrados».
«[…] El periodista venezolano Fabricio Ojeda cuando llegó al Turquino, el doctor Castro le levantó la mano y lo elogió. Luego recordó Fabricio, hablando con el corresponsal de Revolución, que en actividades reporteriles había subido las montañas Chuapa y Peñas Blancas, en Venezuela, las cuales son más altas que el Turquino».
«[…] El doctor Castro miraba el bello e impresionante panorama con entera satisfacción. Respiraba profundamente y sonreía, al tiempo que expresaba: “Estamos en el mismo pico. Aquí esperaremos la mañana. Vamos a conocerlo bien: sus alrededores, la temperatura, etc.”
»Los primeros estudiantes que llegaron al Turquino fueron Concepción Deya, Edith Escandón, Carmen Luisa Mayans, Mirtha Donate, Bertha Santos, César R. Alonso, Jorge Delgado, Alberto López y Andrés Jiménez. Aunque agotados estos muchachos no podían ocultar su alegría, emoción y satisfacción. Se abrazaban, saludaban a Fidel, daban vivas a Cuba, a la Revolución. “¡Al fin hemos llegado!” Manifestaban casi todos.
»Con el doctor Fidel Castro y los estudiantes, llegaban también al Turquino los comandantes Pedro Miret, ministro de Agricultora; Luis Crespo, Manuel Fajardo, jefe de las obras que se realizan en la Sierra Maestra; el director del INRA, capitán Antonio Núñez Jiménez; Celia Sánchez, los capitanes Juan Méndez, José R. Fernández, director de la Escuela de Reclutas de Managua y Pupo, jefe de la escolta del doctor Castro; el congresista y periodista venezolano Fabricio Ojeda y otras personas.
»Preguntado por el corresponsal de Revolución, manifestó Fabricio Ojeda: “Ha sido una de mis mejores experiencias en mi vida política y periodística la subida a este gran pico. Así se comprueba lo duro que fue la lucha por la liberación de Cuba”. […]
»El doctor Castro, por la noche, conversó ampliamente con un grupo de estudiantes haciendo un recuento de la labor de la Revolución, anunciando proyectos, etc. El Primer Ministro del Gobierno Revolucionario se acostó en su hamaca a las doce de la noche.
»La noche en el Turquino fue pródiga en chistes, cuentos, etc. En este extremo fue a la cabeza Fabricio Ojeda, el primer venezolano que visita el pico, que hizo reír mucho a los excursionistas que durmieron cerca de él. A cada momento Ojeda gritaba: “Damas y caballeros, ¡qué frío! Luego anunciaba la hora y seguidamente expresaba con énfasis: “¡Sereno!” »

Lo pasé muy bien, porque este lugar me encanta
En la cumbre del Turquino, Fidel y los jóvenes que lo acompañan, después de pasar la noche en ese lugar, se disponen al descenso.
« […] Poco después de incorporarse en la mañana del día 7 expresó a preguntas de un estudiante: “A la verdad que apenas pude dormir. El frío me tenía loco. Varias veces me levanté, daba una vuelta, cogía un poco de calor en la fogata y luego me acostaba. Pero lo pasé muy bien, porque este lugar me encanta. Aquí me siento muy feliz. Miren para allá y para acá, muchachos. ¡Cuántas cosas lindas!”
»Por la mañana muy pocos tenías agua en sus respectivas cantimploras. Igualmente sucedía con la alimentación. La mayoría no había previsto la larga jornada y no habían sabido ahorrar sus latas de comestible. La sed y el hambre comenzaron a imperar en ese momento. El que tenía mayor provisión de agua, ésta no llegada a una pulgada de su cantimplora».
« […] Si dura resultó la subida al Turquino, más dura y fatigante fue la bajada del mismo. Los excursionistas se hallaban casi en su totalidad sin agua ni alimentos. Puede calificarse de odisea la travesía. La fatiga venció a muchos. La estudiante Carmen Julia Fajardo sufrió un ataque apendicular, siendo preciso llevarla en camilla hasta la playa de Ocujal, donde finalmente acampamos para tomar la fragata José Martí, en viaje hacia Santiago de Cuba.
»La jornada de regreso fue de ocho horas más o menos. El camino lució esta vez más escabroso y llenó de peligros. En el camino se cruzaron barrancos donde el más ligero fallo de un pie lo lanzaba a uno montaña abajo decenas de metros. Muchos estudiantes experimentaron en estos cruces, quizás los más difíciles momentos de su vida. “Uno lo cuenta en La Habana y no se lo van a creer”, decía uno de ellos.
»Había muchos estudiantes que llevaban hasta veinte horas sin tomar agua. Varios de ellos al cruzar un charquero o pantano se lanzaban de cabeza hacia los mismos. Algunos aprovechaban los curujeyes para obtener alguna agua. Otros chupaban el agua que el rocío y la humedad habían dejado en los helechos. El hambre y la sed eran generales […]».

Ese día 7 se encontraron en la playa de Ocujal el compañero Fidel y su hermano Raúl, ministro de las Fuerzas Armadas, quien había subido el Pico Turquino en unión de varios estudiantes orientales el día 5.
La excursión acampó en esa playa, de regreso del Turquino en una noche que se calificó de maravillosa y estupenda por lo plácido y fresco del sueño.Desde allí se trasladaron hasta Santiago de Cuba en la fragata José Martí, de la Marina de Guerra Revolucionaria.

Identificación con el pueblo y sus jóvenes

A bordo de la fragata José Martí llegaron a la ciudad de Santiago de Cuba, en las últimas horas de la tarde del viernes 8 de enero, el primer ministro del Gobierno Revolucionario, doctor Fidel Castro y 235 estudiantes miembros de las milicias universitarias.
Como estaba previsto, el sábado 9, Fidel inició las obras de demolición del cuartel Moncada en la ciudad de Santiago de Cuba, donde será levantado un moderno centro escolar. La ceremonia de demolición la inició el compañero Fidel conduciendo, personalmente, un buldócer con el que derribó la posta 2, por donde entraron él y sus heroicos compañeros, el 26 de julio de 1953.

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