Cartas desde presidio: Si dependiera de nuestra intención, ningún gran sueño quedará sin realizar

Por Dr. C. Eugenio Suárez Pérez

De las cartas escritas por el compañero Fidel en la prisión de Isla de Pinos que se conservan en nuestra Oficina, muy pocas corresponden a noviembre de 1954. De estas hemos extraído fragmentos que evidencian su pensamiento y cómo desarrollaba la vida en tan adversas circunstancias, su pasión por la lectura y la preocupación constante por los familiares de sus compañeros caídos en la lucha.
El 10 de noviembre de 1954, con una extensa carta , Fidel responde la misiva de un amigo a quien le agradece el envío —semanas atrás— de las publicaciones de la Universidad; y le confiesa que se alegra de que esté trabajando como profesor en “una floreciente y prometedora Universidad”. Tras referirse a recuerdos de su época de estudiantes, Fidel le escribe:
« […] No dejo de recordar mucho, como tú, los años de la Universidad tan llenos de acontecimientos. Yo le digo siempre a Raúl que agradezco la experiencia que me dieron aquellos años porque me ayudarán enormemente a evitar errores y tropiezos que sin aquella experiencia serían prácticamente inevitables. Entonces nuestra mente virgen, sin más armas apenas que las buenas intenciones chocó con las realidades de la vida pública. Es muy bueno recibir a los 20 años las enseñanzas que otros reciben a los 40. Realmente en esto nuestra generación es incomparablemente afortunada porque hacia donde quiera que movemos los ojos encontramos formidables experiencias.
»Querrás saber cómo es mi vida en ésta. Puedo decirte que estoy absolutamente acostumbrado a la prisión; vivo tan tranquilo como si toda la vida hubiera vivido en ella. He leído una gran profusión de libros. Al principio como es natural algo desordenadamente, y después con más método y disciplina, derivando de la nueva lectura al estudio, constantemente preocupado por adquirir conocimientos prácticos y útiles. No ha sido por cierto casualidad recibir carta tuya en estos días, más bien la atraje con el pensamiento, porque en ocasión de estar leyendo (por segunda o tercera vez) la “Guía Política” de B. Shaw, me acordé muchísimo de ti, cuando andabas con un libraco grande bajo el brazo que resultó ser la Guía Política. Comprendo lo mucho que te ayudaría a orientar en aquel tiempo esa obra».
Más adelante Fidel muestra su interés por obtener sólidos conocimientos sobre la Economía Política:
«Como sería interminable este tópico de los libros que tanto me interesa, lo dejaré para otra carta. Sin embargo, por una vez, y con un poco de pena por tu “economía en precario”, te tomo el ofrecimiento de mandar alguno. Tengo interés hace tiempo en documentarme sobre la cuestión monetaria porque es uno de los problemas de la Economía Política que más intrigado me tiene y sobre el cual quisiera tener los más sólidos conocimientos posibles. No será difícil para ti informarte de algunas obras sobre este asunto (monografías o tratados) de acreditado prestigio. Quizás no tengas facilidades de adquirir cualquier libro de ese tipo ahí, pero no importa, lo que me interesa más que nada es la referencia, yo tengo modo de conseguirlo en La Habana. Sin duda en la Universidad habrá profesores que te puedan orientar en este aspecto. En numerosos catálogos de libros que tengo, la bibliografía económica es escandalosamente pobre».
Antes de concluir esta carta que recoge temas familiares muy sensibles para ambos, Fidel le confiesa a su entrañable amigo:
«Tengo muy en cuenta las demás cosas que me dices en tu carta, y las tengo en cuenta muy seriamente. Supondrás que por necesidad tengo que meditar mucho en infinidad de cosas, religiosamente entregado como estoy a un solo pensamiento. Las circunstancias me vedan de ser todo lo expresivo que deseo, pero no es necesario. […]
»Si dependiera de nuestra intención, desinterés, disposición al sacrificio y ausencia de egoísmo ningún gran sueño quedará sin realizar por pueriles errores o torpes desvíos».
Leyendo esta carta recuerdo las palabras del compañero Fidel en una de las respuestas que le da a Katiuska Blanco Castiñeira en su libro Fidel Castro Ruz Guerrillero del tiempo. Conversaciones con el líder histórico de la Revolución Cubana, en la página 305 del segundo tomo:
«El aliado más importante que uno tiene en la prisión es la lectura. Subrayar frases y hacer alguna que otra anotación ha sido siempre costumbre mía. Así destaco ideas esenciales, sobre todo cuando es más intenso el interés por lo narrado o expuesto en el libro; soy más metódico, más sistemático. Mientras leo voy subrayando ideas; a veces un párrafo entero si me parece interesante por algún motivo.
»Si inicio un libro sobre asuntos conocidos, lo leo rápido, depende del tipo de obra; a veces cuando se trata de literatura científica, subrayo algunos puntos. En otras ocasiones hago una primera lectura con la intención de volver a leer —siempre que tengo tiempo—, porque ya en la segunda lectura capto mucho mejor el contenido y voy anotando. Primero exploro el contenido, el valor de lo que se dice, y cuando se trata de algo más complejo, algo técnico por ejemplo, lo retomó y hago como un resumen.
»Si uno realmente quiere sacar de un libro una mayor esencia, tiene que volver sobre él. Pero, claro, no siempre se dispone de tiempo. Todas las noches antes de dormir leo una o dos horas, en dependencia del cansancio que tenga. […]
»Siempre tengo varios libros en espera de que pueda leerlos y ahora, más que nunca, me doy cuenta de la importancia de las horas dedicadas a la lectura en la cárcel».
El 25 de noviembre de 1954, preocupado por los problemas económicos de la viuda de uno de los compañeros caídos el 26 de julio de 1953, Fidel le escribe a otro gran amigo:
«Si no fuera imposible, en vez de estas líneas, estaría yo ahí como tantas otras veces que iba a solicitar algo de usted o tener simplemente el muy grato placer de saludarlo.
»La señora que las lleva es la esposa de un compañero muerto el 26 de Julio. Desde entonces ha sufrido muchas angustias y penalidades que ella le explicará mejor que yo. Sólo desea un trabajo donde pueda ganarse decorosamente el sustento. Acudió a mí en esperanzada carta, y yo acudo a usted. ¿Qué puedo yo hacer desde aquí, Guido, sino acudir a usted que no necesita razones cuando se trata de una buena acción? Yo, que no conozco a nadie más bondadoso que usted, a usted sólo tengo para pedirle un favor de esta clase.
»Sé muy bien cuán difícil es hoy día lograr un empleo para nadie, pero de su noble e inagotable persuasión y de la honorabilidad de los cubanos es lícito esperar en este caso la ayuda merecida a una esposa cubana que perdió a su compañero en aras de la felicidad y el bienestar de todos.
»Es un deber elemental de solidaridad para con ella y todas los que estén como ella en ese caso, que debe practicarse generosamente si queremos alentar en esta tierra el hábito, casi perdido, de la virtud y el sacrificio».
Para concluir, Fidel escribe:
«Yo desde aquí no puedo moverme, no puedo expresarme, no puedo hacer nada, soy impotente, pero, a usted, cuya voz es una llamada incesante a las puertas de las conciencias, encomiendo este caso. Ninguna palabra mejor que la suya para tocar el corazón humano.
»Le escucha y lo lee, lo admira y lo quiere, su amigo Fidel.»

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