Cartas de Fidel desde presidio

En octubre de 1954, pocos días antes de cumplir un año de su llegada al Pabellón 1 de la cárcel de Isla de Pinos, Fidel Castro Ruz — guía y organizador de los ataques a las cuarteles Guillermo Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, en Santiago de Cuba y Bayamo, respectivamente—, escribe una carta dirigida a todos los miembros del 26 de Julio.
La carta —redactada el 3 de octubre de 1954 y avalada por la firma de todos los moncadistas prisioneros en Isla de Pinos— refleja la decisión de Fidel de continuar la lucha aún en las peores circunstancias. Su espíritu rebelde no se amilana ante el dolor y la impotencia que siente por la desidia, la falta de disciplina y de acción de los miembros del movimiento que, estando libres, han incumplido las orientaciones impartidas por la jefatura que se encuentra en prisión.
Por la connotación de este histórico documento lo transcribimos íntegramente, a continuación:
“DE F.C. Y DEMÁS COMPAÑEROS PRESOS A TODOS LOS MIEMBROS DEL 26 DE JULIO
Durante dos semanas he meditado larga y profundamente sobre nuestro Movimiento, su posición y posibilidades ante la situación actual de Cuba. Realidades innegables superiores a mis fuerzas en sobrehumana tensión desde hace meses y un sentido elemental del decoro, del deber y la responsabilidad, me obligan a tomar resueltas determinaciones que serán efectivas desde el mismo instante que cuente con el respaldo y el consentimiento, previa lectura y discusión de este escrito, del resto de los compañeros presos en cuyas manos ha descansado hasta hoy en principio, la máxima dirección ideológica y táctica de nuestra lucha.
“La responsabilidad que por derecho y por moral revolucionaria nos corresponde en el Movimiento a los que estamos presos, es inoperante por completo en estos momentos. La aceptación por razones históricas de que la máxima dirección estaba aquí carece actualmente en absoluto de vigencia real. Las causas que han conllevado a ello son diversas. En parte principalísima se debe a las drásticas medidas carcelarias y de casi total incomunicación a que estamos sometidos, y en parte al rol tan pobre que han desempeñado nuestros militantes en la calle, lo que en cierto modo se debe también a circunstancias de fuerza mayor, pero que no excluye en ningún modo un tanto bastante grande de responsabilidades personales.
“En lo que a mí toca, con paciencia infinita y por encima de tan enormes obstáculos he tratado de conducir el Movimiento hacia el lugar decoroso que debe ocupar en los destinos de Cuba, con la vista puesta en un mañana más o menos lejano y con fé ciega en el éxito. Sin embargo, a los brillantes triunfos morales de aquellos difíciles días posteriores al 26 de Julio, durante todo el proceso judicial, ha seguido una larga etapa de inercia, esterilidad y postración. No hemos estado, en absoluto, a la altura de los inmensos obstáculos que frente a nosotros ponían todas las cobardías y mezquindades del ambiente y la represión feroz de nuestros enemigos. De nada han valido nuestros consejos, orientaciones e iniciativas. En balde he llenado cuartillas tras cuartillas de papel indicando lo que debía hacerse. El ambiente, la atmósfera viciada del país ha podido más. No se puede aspirar a ser los renovadores de una sociedad y guías de un pueblo cuando no se es suficientemente grande para sobreponerse a todas las estupideces de la época. Para mí es atrozmente desconsolador ver a nuestros hombres atascados en la misma rutina y por los mismos trillos que ya debíamos haber dejado atrás hace mucho tiempo. Están lamentablemente asfixiados con el aire pútrido que se respira en los marasmos del aventurerismo sin principio y sin ideología.
“En estos instantes resulta totalmente imposible trazar una línea en la seguridad de que a ella se ceñirán todos los compañeros. Estamos indiscutiblemente en presencia de una grave crisis semejante a aquellas que con las tantas veces anunciadas revoluciones minaban nuestras filas antes del 26 de Julio e hicieron desertar muchas células. Nuestros compañeros en el exilio, pasando hambre, trabajo y penalidades de todas clases, no pueden responder sino a los dictados de la desesperación. La ayuda económica que les prestan los que cuentan con abundantes recursos, necesariamente mediatiza sus actitudes. Sé que si nosotros estuviéramos con ellos en México vendrían con nosotros, y todos juntos tengo la seguridad de que vendríamos aunque fuera a nado, posiblemente sin anunciarlo tanto; pero nosotros estamos aquí presos y ellos vendrán con cualquiera, impelidos hacia la patria, aunque sea a morir con quien les impongan de jefe, no porque tenga más ideales sino porque tenga más recursos económicos. Me preocupa la suerte de ellos, porque son buenos y Cuba los necesita. En los planes revolucionarios que se fraguan el 26 de Julio está totalmente preterido. De esta situación culpo principalmente a todos los dirigentes que están en Cuba. Han estado ciegos hasta el suicidio. Es increíble que no vieran que contra el 26 se alzaba la temible conjura de todos los intereses creados, porque era un hecho que se salía de todos los cauces tradicionales, un esfuerzo sin precedentes en la vida republicana, una proeza de fé y valor por un puñado de jóvenes sin bagaje político ni recursos de ninguna clase; que no robaron, ni asaltaron, ni secuestraron a nadie para recaudar fondos; que burlaron de modo maestro toda la vigilancia de la Dictadura; que se lanzaron con ímpetu desconocido contra bastiones tan poderosos y fuerzas numéricamente tan superiores, como no se vio caso igual ni en las guerras emancipadoras, que llevaban además un plan cabal de lucha y un programa revolucionario completo. Ante tal despertar de una nueva generación revolucionaria, era lógico que todos los privilegios sociales y todas las jerarquías políticas se sintieran mortalmente amenazados. Jamás se vio una reacción tan cerrada por parte de los intereses políticos existentes, para aplastar en el olvido y el silencio tan singular episodio de heroísmo, ideal, sacrificio y amor patriótico. Hasta en ocasión de hacerse el panegírico de la fecha, bajo un elogio aparente se ha querido negar la esencia más valiosa de aquel hecho. “Se ha dicho mucho que el asalto al Cuartel Moncada fue irreflexivo y alocado, que no respondía a un plan coherente. Y en este reproche que se le hace radica su mayor fuerza. No fueron a tomar el poder. Fueron a morir”. (Aracelio Azcuí, discurso en el Ateneo Español). Es decir, que no se niega lo que muchos dicen, sino que se acepta y en ello se pretende ver un mérito; se nos niega así el verdadero mérito: haber ido a morir por un gran objetivo; se nos priva de las ideas, se nos niega el objetivo revolucionario, que equivale a negarlo todo. El deber nuestro no era hacernos cómplices con la inercia de esa conjura de silencio y mixtificación que rebajaba y envilecía nuestro sacrificio y nuestra lucha, sino luchar contra ella con todos los medios de la inteligencia, la habilidad y el tesón. Ese debió ser el primer y principal objetivo de ustedes en la calle, que han estado muy lejos de cumplir, que no lo han intentado siquiera. ¿En que han invertido tantas energías y tantos meses? A los esbirros les interesaba silenciar los crímenes, pintarnos como una gavilla de malvados; a los intereses creados de la política, silenciar nuestros méritos verdaderos. ¿Qué han hecho nuestros compañeros para impedir esos propósitos? No sé si ignoran que todo cuanto en la calle se ha hecho en ese sentido es producto de esfuerzos laboriosos realizados por nosotros desde aquí. Confiábamos en que ustedes estarían preparando el camino mientras nosotros fraguábamos aquí revoluciones ejemplares, con tesoneros planes de estudio y educación política. Confiábamos en balde.
“Por eso, todos los pseudorrevolucionarios no tienen más que una aspiración: dividir al Movimiento, y repartirse sus despojos, como auras tiñosas; vulgares politiqueros, incapaces de buscar y preparar hombres. Por eso no se dignaron tomar en consideración al Movimiento y aspiran sólo a utilizar sus hombres como carne de cañón. ¡Qué distinto sería si nosotros estuviéramos en libertad! Ellos lo saben. O la revolución se hacía, seria y compacta, con el 26 de Julio a la vanguardia; o el 26 de Julio se lanzaba sólo a la revolución. Pero a nadie le interesa que nosotros estemos libres. Si los crímenes de Santiago de Cuba se hubieran denunciado debidamente, si el pueblo de Cuba conociera en toda su grandeza nuestro gesto, el gobierno habría tenido que abrir para nosotros las puertas de las prisiones, como la tuvo que abrir para Pincho Gutiérrez y la abrirá muy pronto para los presos del Country Club. Ellos han tenido compañeros que se han dedicado a luchar con tesón e inteligencia por su libertad. Y mientras nosotros nos podrimos en las cárceles, y los auténticos y ortodoxos insurreccionales (igual que los auténticos de Grau) han callado intencionada y mezquinamente esos crímenes, nuestros compañeros del Moncada, con olvido de los muertos y sus ideales, se disponen a servirles de comparsa y carne de cañón. ¡No! Hay que tener dignidad; hay que saber hacerse respetar.
Si realmente se desea derrocar la Dictadura ¿por qué no se ha luchado por todos los medios para sacar de las prisiones a hombres que podrían significar un aporte decisivo en esa lucha? No puede disimularse que se persiguen fines inconfesables de ambiciones de restauración y de poder, y que nosotros somos un estorbo para esas ambiciones.
Ustedes no han comprendido todavía cuánto me duele que nuestros compañeros yazcan olvidados sin que sean siquiera banderas de ataque y denuncia contra el tirano que los asesino. Los que así actúan olvidan que con su cobardía y mediocridad, están cavando la sepultura de muchos revolucionarios futuros. Si en Santiago de Cuba se asesinaron setenta , insólita masacre, y de ello no se ha dicho todavía una sola palabra pública, la próxima vez los verdugos envalentonados asesinarán quinientos, asesinarán quizás otros muchos compañeros nuestros hoy desorientados.
“Yo no puedo desde aquí poner fin a la desorientación y el caos que reina hoy en el Movimiento. Es tarea imposible estando como estoy, virtualmente incomunicado. Sé además que se ha llegado a discutir por algunos el derecho a la dirección máxima que tiene dentro del Movimiento la asamblea de los que estamos aquí presos, pretendiéndose modos de organización que invaliden tal derecho a este núcleo que es nervio y alma del Movimiento. Mis instrucciones, dadas siempre con el consentimiento total de ellos, no se cumplen, o se cumplen mal, o se desconocen totalmente. En tales circunstancias es imposible que podamos seguir dirigiendo el Movimiento desde aquí. Entiendan que desde este momento asumen ustedes totalmente esa responsabilidad. No es necesario discutir más sobre este punto. Yo por mi parte desde este mismo instante, me despojo totalmente de ella. No pierdan el tiempo intentando persuadirme de otra cosa. Ni ocupó cargos decorativos, ni hablo por gusto. En manos de ustedes quedan las vidas de todos nuestros compañeros y la responsabilidad ante la historia. Esa responsabilidad no la podemos asumir nosotros sin ninguna clase de información y desconociendo por completo el estado real de la calle. Ojalá lo conduzcan dignamente; sólo les ruego que tengan siempre presente a los que cayeron y no hagan nada que los deshonre. Nos volveremos a reunir algún día y todos juntos discutiremos y exigiremos responsabilidades. Si por este el Movimiento se disuelve, si muchos desertan y abandonan la hermosa bandera que nos llevó a morir por verdaderos ideales, volveremos a empezar de nuevo con los que aquí quedamos.
“Sé que algunos me han criticado que hablara de movimiento cívico-revolucionario en vez de pregonar planes insurreccionales a los cuatro vientos. ¡Oh, maestros de revoluciones, no olviden que unos días antes del 26 de Julio yo estaba sembrando arroz en Pinar del Río! ¿O es que lo que estamos aquí presos hemos dejado de ser combatientes porque ha nacido una nueva especie más radicales que nosotros?
“Muy amarga queja tengo de la forma en que se ha procedido con relación al discurso [se refiere a La historia me absolverá, su discurso de autodefensa devenido Programa de la Revolución]. Por supuesto que no volveré a decir una palabra más sobre esto. ¿De qué valieron los sacrificios que hice y lo mucho que me maté trabajando? No lo hice por gusto. Cinco meses no han sido suficientes para hacerlo llegar al pueblo. La indiferencia que se ha patentizado en esto demuestra que ignoran de modo lamentable la influencia decisiva que tienen las ideas en los acontecimientos de la Historia. Es muy triste ver cómo los obreros piden la libertad de los presos del Country Club, sin mencionar siquiera los del Moncada, porque ignoran que allí murieron ochenta jóvenes cubanos, obreros humildes casi todos, llevando como objetivo, al par que la libertad, el más generoso y valiente programa social por el cual se haya derramado sangre cubana. Me informó el compañero José Suárez, que según se le dijo en el Príncipe [la prisión habanera Castillo del Príncipe], estaba retenido (el discurso) porque algunos compañeros estimaban que no convenía que saliera ahora. Después que durante 14 meses, todo el mundo ha silenciado los crímenes, ¿no les da vergüenza contribuir con tal actitud a esa infamia? ¿Después para qué? ¡Después habrá que denunciar otros crímenes! Sáquenlo cuanto antes a la calle, se lo pido esta vez como un ruego, aunque sea para impedir que muy pronto vuelvan a repetirse aquellos horribles asesinatos de prisioneros. Retenerlo es un crimen y una traición. Si toman represalias, será contra mí, que bastante he sufrido y sigo sufriendo, si a alguien asesinan en la celda al primer brote revolucionario, ese soy, y yo quiero, sin embargo, que los saquen sin perder ni un minuto. ¡No me hagan tragar más sangre en mi impotencia! Son ustedes más crueles que los que me tienen aquí preso.
“Quiero dejar constancia en este escrito que me siento satisfecho de haber contado en todo momento con la fidelidad plena y ejemplar de las compañeras Melba Hernández y Haydée Santamaría.
“Nada más tengo que añadir.
“Este escrito llevará la firma de todos los demás compañeros presos en Isla de Pinos, de contar con su total aprobación, a cuyo efecto lo haré llegar inmediatamente a sus manos.
“Isla de Pinos, octubre 3 de 1954”.

firmaAS

 

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