Desde una celda en solitario: Sin propaganda no hay movimiento de masas, y sin movimiento de masas no hay revolución posible

Por Dr. C. Eugenio Suárez Pérez y MSc. Acela Caner Román

Es junio de 1954 y Fidel Castro, encarcelado, escribe documentos y redacta cartas desde el Reclusorio Nacional para Hombres de Isla de Pinos. Han transcurrido casi ocho meses desde que arribara al Pabellón Uno del llamado “Presidio Modelo”; de ellos, poco más de la mitad los ha pasado recluido en una solitaria celda de castigo.
El 12 de junio –en carta dirigida a Luis Conte Agüero–, Fidel cuenta de esos difíciles momentos en que se encuentra separado de los moncadistas que cumplen presidio junto a él:
Hace varios meses no puedo ver a mi hermano que está a cincuenta metros de mi celda, ni escribirle siquiera unas líneas desde el día que entonamos un himno patriótico cuando la visita del tirano a la prisión, […]
De mí puedo decirte que sólo tengo compañía cuando en la pequeña funeraria que está delante de mi celda tienden algún preso muerto que en ocasiones son ahorcados misteriosos, asesinatos extraños en hombres cuya salud fue aniquilada a fuerza de golpes y torturas. Pero no puedo verlos porque hay perennemente una mampara de seis pies de alto frente a la única entrada de mi celda para que no pueda ver ningún ser humano, ni vivo ni muerto. ¡Sería demasiada magnanimidad permitirme la compañía de un cadáver!
Días después, el 19 de junio, en una nueva carta a Conte Agüero, dice:
Hace hoy cuatro meses y una semana que me tienen encerrado en esta celda solitaria. Habían dicho al principio que eran por cuatro meses, pero en realidad tienen intenciones de dejarme así definitivamente. […] Esta situación, en realidad, no puede ser más dura, no sé si tanto por la tortura mental y lo antinatural que resulta, como por pensar que estas cosas se puedan estar haciendo en Cuba, con absoluta impunidad y en medio de una indiferencia que espanta por parte de los órganos de opinión pública.

Fidel cuenta detalles de cómo pasa los días en solitario y de cuánto le afecta el injusto encerramiento:
[…] aquí me pasó el día leyendo y dominándome. Por cierto que me siento mucho mejor cuando no leo los periódicos; la politiquería y sumisión que veo por doquier me produce accesos de rabia. Si alguna paciencia se ha puesto a prueba es la mía; hay veces que me paso horas enteras luchando contra el deseo de estallar, declararme en huelga de hambre y no probar un bocado hasta que me saquen de esta celda o me maten, que no sería lo menos probable. Estoy convencido de que lo que ellos persiguen a toda costa es provocarme, e ignoro las intenciones. De otro modo: ¿por qué, después de transcurrir los cuatro meses me mantienen aislado? Sin embargo, no sé hasta cuándo tendré energías para vencerme a mí mismo.
Fidel considera que es el momento más favorable para iniciar una campaña contra quienes han violado los derechos de los moncadistas prisioneros y orienta:
[…] estimo que hay que organizar cuanto antes una campaña firme, sistemática y creciente de protesta contra esta insólita situación mía. […] Este es el momento psicológico más favorable por una serie de circunstancias. […] El hecho en sí tiene un aspecto humano de la mayor trascendencia. El aislamiento solitario de los soldados americanos en Corea durante meses, se consideró como una de las torturas más crueles a que fueron sometidos; muchos enfermaron y la prensa mundial habló de ello extensamente. Por otro lado es completamente ilegal y motivo suficiente para iniciar un proceso criminal contra los responsables. Además los hechos en este caso responden a la actitud arbitraria de un Jefe de prisión que pasa por encima de todos los organismos que rigen las prisiones. […] Sería bueno emplazar públicamente y exigirle una explicación al Consejo Superior de Defensa Social.
Se me ocurre también que sería formidable si en la Cadena Oriental pudiera anunciarse diariamente el tiempo que llevo incomunicado: tantos meses, diez días, tantos meses, once días… así sucesivamente. (Recuerda a Catón que siempre terminaba sus discursos pidiendo la destrucción de Cartago).
Ciertamente que este caso es el contrasentido más grande que pudiera plantearse al gobierno, en plena campaña electoral, después de las pseudoamnistías que decretaron, y un medio formidable de poner en evidencia a los politiqueros en plena zafra electoral.
El 18 de junio, Fidel había enviado una carta a Haydée Santamaría y a Melba Hernández. En el texto a las moncadistas les aclara que había retardado su envío porque cada vez es más cuidadoso con las comunicaciones. Asimismo, retoma su crítica a las posiciones de los miembros del Partido Auténtico:
Sigo sin ninguna fe en los auténticos y convencido de que no han hecho más que chapucear y perder el tiempo. Los últimos acontecimientos me han venido a dar la razón. ¿A quién se le ocurre llevar en una maleta la lista de todos los comprometidos? Ahora los veo en franco proceso de desintegración; carecen de ideales y de moral; están corrompidos hasta la médula de los huesos; en vez de beneficiar desprestigian la causa de la Revolución. ¿Qué les parece la copia fotostática de la carta que trajo M. [Melba] de M. [México]? ¿No es acaso lo mismo que yo le decía a M. [Melba] antes del viaje en una carta? Quiero que la guarden cuidadosamente. Yo sé que ustedes tienen de esa gente el mismo concepto que yo. Hay que estar loco para pactar con ellos, siguiendo el camino que ha servido de ruina a tantos líderes ortodoxos. Más que nunca estoy convencido de que debemos mantener independiente el movimiento como lo hicimos en los momentos más difíciles cuando nadie quería prestarnos la menor atención.
Y Fidel las anima cuando les dice:
Sé cuán dura tiene que ser la lucha de ustedes, pero no se desesperen. Tengan presente siempre lo que les he dicho en cada una de mis cartas. Recuerden que no podrá intentarse nada hasta que nosotros salgamos y que siempre es necesario saber esperar el momento oportuno. La misión de ustedes es ir preparando el camino, mantener firmes los elementos de valer que nunca son muchos e ir captando todo el que pueda ser útil. Cuba está llena de hombres valerosos pero hay que encontrarlos.
Asimismo, encomienda cuatro importantísimas tareas a Melba y Haydée. La primera corresponde a la impresión y distribución de La historia me absolverá [es lo que Fidel aquí llama: “el discurso”]; la segunda referida al estricto cuidado y control de las finanzas; la tercera encaminada a la campaña contra la incomunicación y la cuarta a la propaganda.
Fidel les recomienda que presten la mayor atención a:
El discurso. Hay que distribuir por lo menos cien mil en un plazo de cuatro meses. Hay que hacerlo de acuerdo con un plan perfectamente organizado para toda la Isla. Por correo debe llegar a todos los periodistas, a todos los bufetes, despachos médicos y colegios de maestros y profesionales.
Sus orientaciones son tan precisas que van al detalle:
Deben tomarse todas las medidas de precaución para que no descubran ningún depósito ni detenga nadie, actuando con el mismo cuidado y discreción que si se tratase de armas. Hay que sacarlos por lo menos en dos imprentas y escoger para ello las más económicas. Ningún lote de diez mil debe costar más de $300.00. Myrta y ustedes tienen que trabajar en esto de completo acuerdo.
La importancia del mismo es decisiva; ahí está contenido el programa y la ideología nuestra sin lo cual no es posible pensar en nada grande; además la denuncia completa de los crímenes que aún no se han divulgado suficientemente y es el primer deber que tenemos para con los que murieron. Expresa también el papel que desempeñaron ustedes dos y que debe saberse para que ello facilite el trabajo que tienen que realizar. Hecha esta labor indispensable vienen después otra serie de trabajos de organización y proselitismo que estoy estudiando.
Sobre la segunda tarea, relacionada con las finanzas, les aclara:
Es uno de los puntos en que tienen que trabajar con más cuidado, orden y coordinación, como lo hicimos nosotros. Darle ahora preferencia a los gastos del discurso para lo cual estoy seguro que muchos les ayudarán porque es el documento más terrible que pueda publicarse contra el gobierno.
En tercer lugar les orienta organizar una campaña contra su incomunicación. Por último, instruye como cuarta tarea:
Organizar actos en la Segunda Enseñanza con Temístocle para el 26 de julio. En la Universidad va a ser difícil organizar un acto grande, pero es más posible uno pequeño en el salón de los mártires; hablen con los estudiantes y visiten al Rector. Trataré por otro lado de que en Bohemia y por radio se hable de la fecha. No olviden de escribir a México en relación a los actos del 26 y visitar a Conchita Fernández para que solicite lo mismo del Comité Ortodoxo de Nueva York.

Fidel deja bien claro cuál debe ser el contenido de estos actos, cuando escribe:
Estimo que no debe realizarse ningún acto de violencia. Hay que guardar las energías para el momento oportuno. Considero que en estos momentos la propaganda es vital; sin propaganda no hay movimiento de masas, y sin movimiento de masas no hay revolución posible. Tengan presente que sin la prédica que realizó Chibás nosotros no hubiéramos podido reunir dos mil hombres que de haber tenido armas para todos habríamos triunfado. Cuando volvamos a la lucha tenemos que ir con medios y fuerzas 100 veces mayores y eso hay que prepararlo desde ahora. Sobre ustedes que tienen la dirección del movimiento en la calle pesa una parte importante de ese trabajo.
En medio de las orientaciones, tres líneas de esa carta del 18 de junio bastan para demostrar la preocupación de Fidel por la salud de sus compañeros: “Cuídense mucho; me dicen que Yeyé gasta el dinero de las medicinas en asuntos revolucionarios, cuando en realidad debe gastarlo en ella para que la revolución no pierda”.
El 19 de junio de 1954 escribe una extensa carta a Melba y Haydée en la cual les aclara que:
La inclinación de pactar con los auténticos constituye una grave desviación ideológica. Si no lo hicimos antes cuando a ellos le sobraban los millones y nosotros andábamos mendigando centavos y pasando mil penurias para comprar armas por considerarlos sin capacidad, sin moral y sin ideología para dirigir la revolución, ¿cómo vamos a hacerlo ahora pasando por encima de los cadáveres y de la sangre de los que dieron su vida por sus limpias ideas? Si no nos dejamos llevar antes por todos los cuentos, fantasías y alardes, ¿cómo vamos a creerlos ahora cuando ya han demostrado todo lo que podían dar a pesar de sus millones robados? Si lo que hicieron antes fue entorpecernos, sabotearnos, debilitar nuestras filas y diezmar nuestras células con engaños y cantos de sirenas; y después no tuvieron ni siquiera el civismo de denunciar los crímenes, ¿en virtud de qué principios, de qué idea, de que es razón vamos a plegar ahora ante ellos nuestras limpias banderas? ¿Qué hizo Prío en Estados Unidos donde pudo divulgar ampliamente la bárbara masacre de Santiago de Cuba? Callarse miserablemente. ¿Qué ideales, qué historia, qué principios nos pueden unir a ellos? Ninguno en absoluto. ¿No es suficiente prueba la carta de Prío a Aureliano donde dice que en Cuba ya no hay nada que hacer y que lo importante ahora es manchar a todo el mundo, es decir, tanto como lo están ellos? ¿Y en los dos años y medio casi, que han transcurrido, no tenían tiempo de sobra, como de sobra tenían dinero, para hacer veinte veces la revolución que 100 veces anunciaron? […] como grupo político muy poco puede ofrecer al futuro de Cuba por la incapacidad, la inmoralidad, el desprestigio y la falta de ideología en sus dirigentes principales.
A propósito de la organización auténtica, Fidel insiste:
Tengo que advertirles varias cosas para que no se dejen impresionar y esto es muy importante. Aureliano no tiene en estos momentos la más remota posibilidad de producir una insurrección; ni Aureliano ni otro alguno. Quien lo afirme está mintiendo descaradamente, y a cualquiera puede engañar menos a nosotros. Por tanto el Movimiento no puede comprometerse con nadie ni prestar atención a ninguna comedia insurreccional y cualquier acuerdo en ese sentido debe ser previamente aceptado por nosotros aquí. ¡Mucho cuidado, además, con los intrigantes, los politiqueros y los jugadores a la Revolución! Ríanse tranquilamente de todas las historietas.
Fidel esclarece cuales son las exigencias del mando del Movimiento Revolucionario en las condiciones actuales, en las que todos sus integrantes no pueden reunirse porque una parte de la dirección está encarcelada y otra en la calle. Y escribe:
No es posible pedir que todos los criterios coincidan siempre con rigurosa exactitud. No siempre pensábamos exactamente igual los ocho compañeros que organizamos el 26 de Julio, pero teníamos entonces la oportunidad de reunirnos y discutir todos los puntos hasta estar de completo acuerdo. […]
Las circunstancias distintas de hoy no nos permiten la oportunidad de discutir como entonces todos los puntos pero tenemos una línea trazada a la que debemos ceñirnos. En Santiago de Cuba les dije que ustedes habían ganado un lugar en la dirección del movimiento; así lo hice constar tan pronto me reuní con el resto de mis compañeros presos y tomamos oficialmente ese acuerdo. Consideramos además en esa oportunidad que la dirección del movimiento estaría aquí en Isla de Pinos, donde se encontraba la mayoría de los que habían dirigido la lucha y los abnegados compañeros que voluntariamente escogieron el camino de la prisión. Por tanto cualquier acuerdo sobre puntos esenciales debían tomarse aquí. Ustedes como miembros de esa máxima dirección y responsables del movimiento en la calle deben cumplir estrictamente los acuerdos que aquí se tomen y han de hacerlo con el celo, la disciplina que les impone el deber y la responsabilidad de los cargos que ocupan.
Y reitera las tareas inmediatas del momento:
Nuestra misión ahora, quiero que se convenzan completamente, no es organizar células revolucionarias para poder disponer de más o menos hombres; eso sería un error funesto. La tarea nuestra ahora de inmediato es movilizar a nuestro favor la opinión pública. Divulgar nuestras ideas y ganarnos el respaldo de las masas del pueblo. Nuestro programa revolucionario es el más completo, nuestra línea la más clara, nuestra historia la más sacrificada: tenemos derecho a ganarnos la fe del pueblo, sin la cual, lo repito mil veces, no hay revolución posible. Antes éramos pioneros anónimos de esas ideas, ahora estamos obligados a pelear por ellas a cara descubierta, la táctica debe ser completamente nueva. No ha de importarnos diez hombres más o menos cuando tenemos que crear las condiciones para poder movilizar en su día decenas de miles de hombres. Tengo razón de saber lo que se requiere para ello porque sobre mí pesó la inmensa tarea de buscarlos y organizarlos luchando contra un millón de intrigas y contra las intrigas y los mediocres sólo pueden vencer las ideas firmes y es lo que tenemos que sembrar para que los hombres no cambien de postura como cambian de camisa.
Si en nuestras filas hay ahora hombres que no quieren más que tirar tiros y están dispuestos a pactar hasta con el diablo para conseguir un arma, deben ser expulsados sin consideración alguna. […] No queremos gánster ni aventureros sino hombres conscientes de un destino histórico que sepan esperar y sepan laborar pacientemente el porvenir de la patria.
Esta ha sido nuestra preocupación principal y en ese sentido hemos orientado nuestros pasos y para eso estamos preparando a los jefes mediante el estudio constante y el cultivo de la disciplina y el carácter. ¿Qué nos puede importar tiempo más o menos de prisión cuando sabemos que en el momento oportuno cumpliremos nuestra misión? Yo les aseguro que nunca antes en Cuba se ha estado gestando nada más formidable.
Si esta línea no ha sido la correcta, ¿por qué crece día a día las simpatías del pueblo hacia nosotros mientras sectores antes poderosos se van aniquilando?
Quiero que sepan que cuido y pienso muy cuidadosamente cuanto paso doy.
Fidel insiste en cuál es la tarea más inmediata:
Nuestras esperanzas no se fundan en grupitos de conspiradores trasnochados o de estudiantes descarriados, sino en el pueblo. ¡Lancemos cuanto antes a la calle nuestro programa que es el único verdaderamente revolucionario, y nuestras ideas para organizar después el gran movimiento revolucionario que debe coronar los ideales de los que cayeron!
Ahí está la tarea a la cual deben dedicarse las energías de ustedes y de los compañeros que comprendan esta verdad y se lo comunico como una orden del movimiento. Les he dado tareas inmediatas para las próximas semanas que deben realizar sin falta, abandonando cualquier otro propósito que se salga de esta línea trazada, sobre todo de cualquier plan inmediato de violencia.
En este momento histórico, aún carece de nombre el Movimiento Revolucionario creado por Fidel. En sus cartas, cuando lo menciona, simplemente lo llama el Movimiento, por eso, les dice a Melba y a Haydée: “En cuanto al nombre del movimiento no está decidido. Fírmese por ahora cualquier declaración con el de “Combatientes del Moncada”.
Y finaliza la carta a estas combatientes con varias observaciones:
La confianza depositada por nosotros en ustedes se debe a la lealtad probada, al valor, al mérito y al amor inmenso a la causa, no precisamente a la experiencia, y por eso mismo deben depositar toda su fe en quien no vive más que para cumplir una misión sagrada y sabe lo que está haciendo.
Deben darle ahora prioridad absoluta al discurso […]
Luego vendrán otras actividades. Muy encarecidamente les pido que se cuiden la salud porque la lucha será larga y dura. No hay que matarse, sino hacer las cosas con método. […]
A quien les diga que viene la revolución tal día o tal mes, mándenlo al diablo.
Espero que sepan justificar plenamente la confianza y la fe que hemos puesto en ustedes. No olviden que seré duro y que cualquier crítica la haré como cuando nos reuníamos en la calle 25. Los nuevos dirigentes deben saber ocupar cabalmente el puesto de los que cayeron.

 

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