Desde una celda en solitario: NUESTROS PRINCIPIOS SERÁN LA BANDERA DE LA VERDADERA Y POSIBLE REVOLUCIÓN

Por Dr. Eugenio Suárez Pérez y Lic. Acela Caner Román

Los días de mayo de 1954 han estado lluviosos en Isla de Pinos, y en el presidio casi nunca sale el Sol. Fidel que se encuentra todavía en solitario, raras veces sale al patio porque, según escribe, resulta más aburrido que estar en la celda.
Sus orientaciones a los integrantes del Movimiento no cesan. El 12 de mayo cumple 90 días en solitario, y escribe una carta estrictamente confidencial a la compañera Melba Hernández, donde le alerta actuar con inteligencia y grandeza cada paso que se dé en la organización de la lucha revolucionaria. Y sobre todo que actúen siempre con los principios con los que han actuado siempre, sobre todo en las relaciones con otras organizaciones.
La carta comienza caracterizando al grupo que firmó el Pacto de Montreal antes del 26 de julio de 1953. Este pacto, llamado de los montrealistas estuvo firmado por los Auténticos en la persona de Carlos PríoSocarrás, y por la Ortodoxia, representado por Emilio Millo Ochoa, con el objetivo común de derrocar a la dictadura batistiana. Como parte de los acuerdos Prío se comprometía a entregar el dinero necesario para financiar la lucha antibatistiana, con lo que compraron importantes cantidades de armas.
La actitud de esa alianza muy pronto se sabría, precisamente en la carta que Fidel le escribe a Melba dice:
Tengo una tremenda desconfianza y un concepto bastante malo de los montrealistas. La conducta de este grupo para conmigo y el Movimiento ha sido la siguiente: antes del 26 de Julio: desconocernos, excluirnos, sabotearnos y quitarnos a gente, restregándole por la cabeza sus bolas, mentiras, pronósticos, y alardeando de las ventajas que les daban sus millones robados; durante el 26 y los días siguientes: envidiarnos, criticarnos, calumniarnos y llegar a decir inclusive que habíamos dado el golpe de acuerdo con Batista; después del proceso: callarse la boca y dejarnos solos en la lucha contra la calumnia, el crimen y la miseria. No han sido ni inteligentes siquiera, porque por miedo a engrandecer el heroísmo de nuestra causa dejaron sin denunciar los crímenes de Batista. Hemos tenido que pelear solos antes del 26, el 26 y después del 26. Ahora representamos un ideal limpio de máculas y tenemos derecho a ser los abanderados del mañana. No podemos vender nuestra primogenitura por un plato de lentejas.
Esa era la conducta de los montrealistas antes, durante y después de los acontecimientos del 26 de julio de 1953; sin embargo, Fidel actualiza a Melba dándole a conocer la situación actual de los auténtico-ortodoxos:
¿Cuál es ahora la posición de esos señores? Siguen igual, todo lo más una frasecita de elogio para engatusarnos y hacernos luego igual o peor que lo que le hicieron a la Ortodoxia, es decir, llevarla a una encerrona, desprestigiarla y después botarla como se bota una mala concubina.
Fidel evalúa que siempre en un grupo humano existen los desesperados, y no son estos precisamente los que a la hora del deber dan el paso al frente, y escribe:
Yo sé que es difícil mantener un punto de vista firme cuando todo el mundo está diciendo que llega la hora cero; yo sé de sobra que la gente se desespera por tener un arma y ese ha sido el único recurso de los montrealistas para conquistar adeptos a base de ofrecerlas; pero ya estoy harto de desesperados; son los que más exigen e impacientan antes de la lucha y son los que menos pelean cuando llega la hora.
En breves palabras Fidel califica el significado que ha alcanzado el movimiento revolucionario que él ha creado y el valor que tiene para sus filas la Revolución:
Para ellos la Revolución no es más que una bella aventura. Es necesario comprender bien que hoy más que una fuerza real, somos una idea, un símbolo, una gran fuerza en potencia. Será para bien de Cuba si sabemos seguir una línea. Estamos dispuesto a dar por la libertad hasta la última gota de sangre; pero si la lucha a de ser para tener que sufrir las arrogancias, las humillaciones y las ínfulas de los que dirigen por el solo hecho de haber robado millones, augurando desde ahora lo que van a ser después, no vale la pena derramar una sola gota.

Una gran diferencia existe entre el movimiento revolucionario y los montrealistas, así Fidel lo expone:
El único propósito de ellos es el poder; el nuestro, la verdadera Revolución. Hoy dirigen la lucha con el pretexto de que tienen millones; mañana robarán millones con el pretexto de que sirvan para lucha. No puede hacerse ningún acuerdo sin la aceptación previa de nuestro programa, no porque sea nuestro, sino porque él significa la única Revolución posible, sin excluir, por supuesto, la confiscación de bienes a todos los malversadores de todos los gobiernos, cosa que, desde luego, les llega bien cerca.
Melba Hernández está al partir para México en funciones del Movimiento, y Fidel le encarga transmitir este mensaje y estar dispuesto a continuar la lucha con pocos pero bajo los principios de la organización:
Esto es lo que pienso de corazón; quiero que se lo expreses a la gente de México; yo sé que tienen que pesar sobre ellos iguales razones. Te reitero que lo que al fin decidan ustedes lo aceptaremos nosotros, por cuanto estarán en posesión de mejores elementos del juicio; solo les pido que midan con inteligencia y grandeza cada paso. No importa que las filas se queden vacías, el camino es largo; si sabemos mantener el alto nuestros principios, serán algún día la bandera de la verdadera y posible revolución.

 

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