Hace 60 años Reflexiones y orientaciones desde una celda solitaria

Por Dr. Eugenio Suárez Pérez y Ms. Acela Caner Román

En abril de 1954, al igual que el resto de los moncadistas, en una celda en solitaria, Fidel Castro sufre el castigo impuesto tras la visita de Fulgencio Batista al mal llamado Presidio Modelo de Isla de Pinos. Sin embargo, Fidel no está incomunicado a pesar del enclaustramiento. Sus cartas revelan cómo en esa soledad nunca dejó de estudiar, de reflexionar sobre lo que acontecía en el país, y de orientar la lucha revolucionaria en el exterior del presidio. Sus cartas nos permiten conocer el pensamiento que lo animaba.

El 2 de abril, Fidel escribe una carta en la que cuenta de su vida en solitario y hace un análisis de la politiquería de los partidos de la época:

Los domingos son aquí absolutamente iguales que todos los demás días; sólo los diferencia un leve murmullo de voces provenientes del campo de pelota donde los presos presencian algún desafío de su team, y ahora, poco antes del mediodía, el monótono acento de un discurso político con algunos énfasis finales seguido del aplauso misericordioso de los concurrentes, que por supuesto, desde rato antes, viene pidiendo a gritos el que habla. Pero el público es amable y nunca deja que un orador se ahogue por falta de unos aplausos. Es muy curioso, pues no se percibe una sola palabra y, sin embargo, sé perfectamente de que están tratando por el tono. Cuando lo siento desgañitarse al final de un periodo adivino si están adulando a alguien, si están haciendo una promesa, sí es un derroche de heroísmo o está el orador en el paroxismo de la exaltación patriótica. ¡Qué tomadura de pelo tan grande es la política! Tal como yo la he conocido aun tratándose de los mejores hombres y de los mejores partidos, no se puede sufrir. Ahora que recuerdo tanto mitin y tanto público asistiendo incansablemente con fanática constancia y verdadera idolatría a todos los actos y pasarse horas y más horas sentado, escuchando una veintena de oradores en furiosa competencia literaria, diciendo cada uno lo mismo ese día y cada uno además lo mismo de todos los días, pienso que este es un pueblo de paciencia y bondad infinitas. Meditando en esta celda solitaria no comprendo cómo aplaudían en vez de agarrar las sillas y tirárselas por la cabeza a los charlatanes. Ninguno lleva otro propósito que el de un actor de teatro, es decir, hacer un papel, ganarse los aplausos del auditorio, ¡maldito si piensan en otra cosa que no sea el día de las elecciones como una idea fija! Yo fui uno de ellos y solo me lo explico por la inexperiencia, el medio ambiente y la impotencia de hacer otra cosa cuando a uno le bullen en la mente un millón de propósitos. Yo fui actor de ese circo, buscando en él como Arquímedes un puntico de apoyo donde mover mi mundo. Siempre sentí en el fondo de mi alma una gran repelencia por todo aquello; creía ver hipócritas y mediocres por dondequiera y el tiempo me ha demostrado que mi instinto no me engañaba.

La carta no solo fue una crítica a aquellos partidos. En ella acuñó cómo él haría y debían ser los actos revolucionarios o partidistas:

Si algún día pudiera hacer algo, lo primero sería convertirlos mítines de partido en un verdadero medio de propaganda, indoctrinación, disciplinamiento, agitación y generador de energías de masas; desterrar por completo la payasería y el alarde de elocuencia que es lo que hasta ahora se ve donde quiera. No deben hablar en un acto más de cuatro o cinco oradores. Si menos, mejor todavía. ¿Cómo tú concibes que en un mitin de un partido hablen veinte personas y cada una diga lo que mejor le parezca? Tienen que envenenar y saturar de estupideces a la gente que después no tendrá el menor argumento para discutir en la calle. Yo milité en un partido cuyo mayor timbre de gloria era ser distinto que los demás y en todas sus cosas resultó ser tan parecido con una gota de agua a otra. Lo más triste era la ausencia total de contenido ideológico en sus consignas, y la falta absoluta de carácter en sus líderes y disciplina en sus militantes. Si esta son mis conclusiones pensando en los tiempos buenos, ya podrán imaginar con que ánimos agresivos pensaba en el autor del discurso que estaba escuchando hace un rato por el distante radio.

Dos días después, el 4 de abril, en otra carta cuenta cómo había pasado uno de aquellos días:

Son las once de la noche. Desde las seis de la tarde he estado leyendo seguido una obra de Lenin, El Estado y la Revolución después de terminar El 18 Brumario de Luis Bonaparte y Las guerras Civiles en Francia ambos de Marx, muy relacionados entre sí los tres trabajos y de un incalculable valor […] arreglé mi celda el viernes. Baldié el piso de granito con agua y jabón primero, polvo de mármol después, luego con lavasol y por último agua con creolina. Arregle mis cosas y reina aquí el más absoluto orden. Las habitaciones del Hotel Nacional no están tan limpias… Me estoy dando ya dos baños al día “obligado” por el calor. ¡Qué bien me siento cuando acabo! Cojo mi libro y soy feliz en ciertos instantes.

Y esos instantes de felicidad los comenta más adelante, cuando escribe:

Me ha servido de mucho mis viajes por el campo de la Filosofía. Después de haberme roto un buen poco la cabeza con Kant, el mismo Marx me parece más fácil que el Padre Nuestro. Tanto él como Lenin poseían un terrible espíritu polémico y yo aquí me divierto, me río y gozo leyéndolos. Eran implacables y temibles con el enemigo. Dos verdaderos prototipos de revolucionarios.

En la carta del 11 de abril, Fidel cuenta como se siente en soledad:

Tú no sabes cómo consume energías esta soledad. A veces estoy agotado. En esos instantes en que uno se cansa de todo, no hay refugio contra el hastío. La sensibilidad se embota y los días pasan como en un letargo. Es verdad que siempre estoy haciendo algo e inventando mundos, pensando y pensando, pero precisamente por eso es que me agoto a veces. ¡Cómo me han reducido! Días atrás me llevaron al juzgado. Hacía mucho tiempo que no veía campos ni horizontes abiertos. Aquí el paisaje es muy hermoso, lleno de luz y radiante sol. Allí estuve un rato conversando con los empleados del Juzgado de Instrucción, personas muy amables, sobre asuntos nacionales. Cuando volví otra vez a la celda me sentía extraño,  molesto. Meditaba sobre las opiniones que había dado, rápidas, precisas, pero me di cuenta que había hablado maquinalmente. Sentí la sensación de que a la luz, el paisaje, el horizonte, todo, me afectaba como un mundo extraño, lejano, olvidado.

Son sólo ocho meses y medio, pero ¡cuánto he tenido que sufrir en todos los aspectos! De este tiempo he pasado sólo la mayor parte, en cierto sentido este ha sido mi sino. […] es cierto que resisto y sufro con firmeza, pero esta vida que llevó no es natural, y en todos los aspectos, lo más contrario a mi temperamento que pueda imaginarse. Es como un cuerpo que tiene su forma propia presionado en un molde distinto.

El hastío, el embotamiento de su sensibilidad y el agotamiento no lacera su personalidad y su sentido de la vida:

Lo curioso es que no tengo ambiciones personales; todos mis resortes son morales, un sentido del honor, de la dignidad, del deber. Por lo que otros estiman la vida es para mi completamente indiferente. La mayor contradicción de mi situación radica en eso: un hombre que es en absoluto  indiferente al castigo físico, material, a la existencia biológica, que pudiera burlarse de todo eso con una sonrisa en los labios y cuya única prisión, cadena, fuerza ante la cual se inclina es el deber. Como hombre físico me siento poderoso y considero que ninguna fuerza física del mundo me haría mella, sencillamente porque no le temo, sin embargo el hombre moral que hay en mí obliga a someterse al hombre físico. El innato rebelde siempre luchando contra la razón serena y fría, al servicio está de un fuerte sentimiento moral. ¿No crees que un hombre así se consume como una vela en la llama de su propio fuego?

A pesar de las condiciones en que se encuentra no deja de pensar en las revoluciones, en Latinoamérica y en la Revolución cubana. Muestra de ello está en una carta del 15 de abril de 1954:

A mi me apasiona el espectáculo grandioso que brindan las grandes revoluciones de la Historia, porque, siempre han significado el triunfo de  propósitos que encarnaban el bienestar y la felicidad de una inmensa mayoría frente a un grupito reducido de intereses. ¿Sabes un episodio que me conmueve?: la revolución de los esclavos negros de Haití. En los momentos en que Napoleón imitaba a César y Francia semejaba a Roma, el alma de Espartaco reencarnaba en Toussaint Louvertture. ¡Qué poca importancia se le da al hecho de que esclavos africanos sublevados hayan constituido una República libre derrotando a los mejores generales de Bonaparte! Es cierto que Haití no ha progresado mucho desde entonces, ¿pero, ha sido mejor la suerte de otras repúblicas latinoamericanas?

Tampoco deja de pensar en su Cuba, y qué haría por ella, conociendo cuántos obstáculos tendrá que enfrentarse y el costo que le ocasionaría:

Siempre ando pensando en estas cosas, porque, sinceramente, ¡con cuánto gusto revolucionaría a este país de punta a cabo! Estoy seguro que pudiera hacerse la felicidad de todos sus habitantes. Estaría dispuesto a ganarme el odio y la mala voluntad de unos cuantos miles, entre ellos algunos parientes, la mitad de mis conocidos, las dos terceras partes de mis compañeros de profesión y las cuatro quintas partes de mis ex-compañeros de colegio.

¿Has visto cuantos lazos invisibles debe romper el hombre que se proponga cumplir cabalmente con sus ideas? Y si en esta vida no se apasiona uno con algo, sea bueno o malo, entonces, ¿para qué la quiere? Lo que más me hace sufrir es pensar que si todos los hombres buenos que hay en esta tierra se unieran al conjuro un solo grito, todos los charlatanes, vividores, mediocres y egoístas de toda calaña serían barridos de un soplo.

Su constante preocupación por Cuba está presente en todas sus cartas. El 17 de abril lo reitera:

Quizás ahora, más adelante, cuando termine los últimos libros, estudie sobre Cuba. Quiero conocer al dedillo su existencia en todos los órdenes, el paraíso que se podría hacer de ella. Sobre estas cuestiones es lo que más medito, pienso y tomó algunas notas. Siento el placer de la realidad y de lo posible. Estoy más enamorado que nunca de ella como un pretendiente que sigue ciegamente a una mujer sin importarle todos los tropiezos.

Las orientaciones de Fidel son precisas. Está encerrado físicamente, pero sus ideas y conceptos son libres. Llama a las fuerzas revolucionarias para que no cejen en la lucha. Así, precisamente ese 17 de abril, en otra de sus cartas expone detalladamente cómo desplegar la lucha en aquellos momentos.

Quiero poner en consideración de ustedes algunas cosas que considero importantes.

1° No se puede abandonar un minuto la propaganda porque es el alma de toda lucha. La nuestra debe tener su estilo propio y ajustarse a las circunstancias. Hay que seguir denunciando sin cesar los asesinatos. Myrta te hablará de un folleto de importancia decisiva por su contenido ideológico y sus tremendas acusaciones al que quiero le prestes el mayor interés [se refiere a La historia me absolverá]. Es preciso que se conmemore además dignamente el 26 de Julio. Hay que lograr de todas maneras que se dé un acto en la escalinata universitaria, será esto un golpe terrible al gobierno que es necesario preparar desde ahora mismo con mucha inteligencia; así como también actos en los Institutos, en Santiago de Cuba y en el extranjero: Comité Ortodoxo de Nueva York, México y Costa Rica. Gustavo Arcos debe hablar con los dirigentes de la FEU para el acto de la escalinata.

2° Hay que coordinar el trabajo entre la gente nuestra de aquí y la del extranjero. Prepara a este fin cuanto antes un viaje a México para que te reúnas allí con Raúl Martínez y Lester Rodríguez y después de estudiar cuidadosamente la situación decidan sobre la línea a seguir. Hay que considerar con extremo cuidado cualquier propósito de coordinación con otros factores no sea que se pretenda utilizar simplemente nuestro nombre […] No admitir ningún género de subestimación; no llegar a ningún acuerdo sino sobre bases firmes, claras de éxito probable y beneficioso positivo para Cuba. De lo contrario es preferible marchar solos y mantener ustedes la bandera en alto hasta que salgan estos muchachos formidables que están presos y que se preparan con el mayor esmero para la lucha. “Saber esperar —dijo Martí— es el gran secreto del éxito”.

3° Mucha mano izquierda y sonrisa con todo el mundo. Seguir la misma táctica que se siguió en el juicio: defender nuestros puntos de vista sin levantar ronchas. Habrá después tiempo de sobra para aplastar a todas las cucarachas juntas. No desanimarse por nada ni por nadie como hicimos en los más difíciles momentos. Un último consejo: cuídense de la envidia; cuando se tiene la gloria y el prestigio de ustedes los mediocres encuentran fácilmente motivos o pretextos para susceptibilidades. Acepten todo el que quiera ayudarles, pero recuerden, no confíen en nadie.

No todo estaba acabado, pese a la muerte de 61 asaltantes a los cuarteles Moncada y Carlos M. de Céspedes  y de encontrarse en prisión  los principales miembros de la dirección que organizó las acciones del 26 de julio de 1953. Desde una solitaria celda en la Isla de Pinos, Fidel Castro preparaba un documento programático y daba las orientaciones precisas para impulsar la lucha revolucionaria.

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