Hace 60 años: EN UNA CELDITA SOLITARIA…

Por: Dr. Eugenio Suárez Pérez y Mc. Acela Caner Román

Después del juicio a los asaltantes a los cuarteles Moncada y Carlos M. de Céspedes, estos fueron confinados al Presidio Modelo de la Isla de Pinos. Tras casi cinco meses de prisión, el 12 de febrero de 1954 “malograron” la visita del dictador Fulgencio Batista al cantarle la Marcha del 26 de Julio. La represalia contra los moncadistas no se hizo esperar, Agustín Cartaya, compositor de la marcha, fue apaleado; y los otros prisioneros fueron incomunicados en celdas de castigo. Aislado, Fidel Castro iba narrando en sus cartas lo sucedido. Estos fragmentos tomados de su correspondencia, permiten apreciar cómo trascurrió su vida durante ese injusto castigo.

Así, en su carta del primero de marzo de 1954, Fidel escribe:

Ahora estoy morando en una celdita solitaria desde hace más de 15 días. La tranquilidad es absoluta, pero desde las seis y media de la tarde tengo que dedicarme a pensar porque a esa hora se acaba la luz del día y no dispongo de otra que la sustituya. A veces me fabrico una lucecita a base de aceite y fósforos con buenos resultados, pero consume mucho combustible, y todo me lo embarra. Siento no poder escribir de noche, porque es la hora en que uno se inspira más. […]

Fidel no cesa de leer, aprovecha el tiempo al máximo. Tal como cuenta al destinatario de esa carta:

Incontables obras han pasado por mis manos estos días. Les he dedicado cierta preferencia a las novelas de Dostoiewsky. […]

Víctor Hugo me entusiasmó lo indecible con Los miserables; sin embargo a medida que pasa el tiempo me voy cansando un poco de su romanticismo excesivo, su ampulosidad y de la carga, a veces tediosa y exagerada, de erudición. Sobre el mismo tema de Napoleón III Carlos Marx escribió un trabajo formidable titulado El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Poniendo estas obras, una al lado de la otra, es como puede apreciarse la enorme diferencia entre una concepción científica, realista de la historia y una interpretación puramente romántica. Donde uno ve más que un aventurero con suerte Marx ve el resultado inevitable de las contradicciones sociales y la pugna de intereses prevalecientes en aquel instante. Para uno la Historia es el azar, para otro un proceso regido por leyes. […]

Tengo que hablarte también de Freud: ya poseo cuatro tomos de sus obras completas y espero pronto el resto: son 18 en total. Los he estado leyendo y encierran un mundo de interesantes teorías. Quiero persuadirme por mí mismo de su valor; con ellos pienso ir relacionando algunos personajes de F. Dostoiewsky que precediera en el arte la gran labor científica de aquel penetrando los arcanos del subconsciente.

De la historia, como siempre, se esmera para aprenderse de ella:

La atención central sin embargo la estoy dirigiendo en otro sentido. Con la manga al codo he cometido el estudio de la Historia Universal y de las doctrinas políticas. Aunque de todo lo expuesto pueda parecerte la tarea excesiva y algo desordenada, puedo asegurarte que me estoy ciñendo a riguroso método. Comencé por la Antigüedad, y no contentándome con la simple exposición histórica, para lo cual cuento con una obra formidable, me estoy remitiendo a las fuentes originales dentro de mis posibilidades bibliográficas, por desgracia bastante limitadas.

Ese mismo día, también narra el estado en que se encuentra la celda en solitario:

Sigo sin luz, con hoy ya diecisiete días. Las velas no las dejaron pasar. Pero anoche no fue solamente la oscuridad y la soledad, sino también la lluvia. Apenas oscureció comenzó a tronar con insistencia; después un relampaguear incesante cortaba cada segundo la negrura de la noche, iluminando la celda por los altos ventanales y dibujando sobre los rincones la sombra de los barrotes. Al poco rato se inició un furioso aguacero. El agua, arrastrada por el viento, penetraba los ventanales sin más protección que las rejas, mojándolo todo impunemente. Hice cuanto pude por proteger los libros dentro de las maletas colocándoles una frazada por arriba. La cama, entre tanto, se empapó, el piso se llenó de agua y un aire frío cargado de una lluvia fina lo invadía todo. En un rincón, calados los huesos de humedad y frío, esperé con infinita paciencia el fin del vendaval. ¡Y era domingo por la noche! […]

Día tras día, Fidel cuenta de su aislamiento en las cartas que redacta y habla de cómo emplea el tiempo. El 18 de marzo, escribe:

Me había dormido acabando de leer la Estética trascendental del espacio y del tiempo. Por supuesto que espacio y tiempo desaparecieron un buen rato de mi mente: Kant me hizo recordar a Einstein, su teoría de la relatividad del ­espacio y del tiempo y su fórmula famosa de la energía: E = MC2 (masa por el cuadrado de la velocidad de la luz); la relación que pudiera haber entre los conceptos de uno y otro quizás en oposición; la convicción de aquel de haber encontrado criterios definitivos que salvaban a la filosofía del derrumbe vapuleada por las ciencias experimentales y los imponentes resultados de los descubrimientos de este. ¿Le habría ocurrido a Kant lo mismo que a Descartes cuya filosofía no pudo resistir la prueba de los hechos, porque contradecía las leyes probadas de Copérnico y Galileo? Pero Kant no trata de explicar la naturaleza de las cosas sino los conocimientos mediante los cuales llegábamos a ella; si es posible conocer o no conocer y según ello cuándo son aquellos acertados o erróneos; una filosofía del conocimiento, no de los objetos del conocimiento. Según esto no debe haber contradicción entre él y Einstein. Sin embargo, ahí están sus conceptos de ­espacio y tiempo, puntos básicos para elaborar su sistema filosófico. ¿Cabría la contradicción? Claro que no será difícil cerciorarse, pero mientras me hacía esta pregunta igual que otras muchas que continuamente nos asedian, pensaba en lo limitado de nuestros conocimientos y en la vastedad inmensa del campo que el hombre ha labrado con su inteligencia y su esfuerzo a través de los siglos. Y aun la misma relatividad de esos conocimientos entristece. ¡Cuántas teorías, y doctrinas, y creencias, superadas ya, que antaño fueron como biblias de la ciencia! ¡Qué caro ha tenido que pagar la energía del hombre el progreso de la humanidad! Y en medio de todo esto, no dejaba de pensar si valdría la pena invertir mi tiempo estudiando muchas de esas cosas y su posible utilidad con vista a resolver los males presentes. Lo invade a uno, de todos modos, una profunda veneración por aquellos hombres que dedicaron, enteras, sus vidas a pensar e investigar para dejar al género humano la herencia fantástica de sus ideas. Más bien me preocupa encauzar acertadamente mis esfuerzos.

Cuando, le devuelven la luz eléctrica, Fidel hace una reflexión de los días que tuvo que soportar la oscuridad, y la anota el 22 de marzo:

Ya tengo luz; estuve cuarenta días sin ella y aprendí a conocer su valor. No lo olvidaré nunca, como no olvidaré la hiriente humillación de las sombras; contra ellas luché logrando arrebatarles casi doscientas horas con una lucecita de aceite pálido y tembloroso, los ojos ardientes, el corazón sangrando de indignación. De todas las barbaridades humanas, la que menos concibo es el absurdo. ¡Cuántas veces he tenido que aferrarme al pensamiento del Apóstol, recordar sus grillos, sus heridas y su grandeza de alma, para ahogar en mi pecho la semilla del odio y poder decidir como él al final: “Ni os odiaré ni os maldeciré… dejadme que os desprecie”.

Seis días después, el 28 de marzo, describe como transcurre un día en su celda:

A las 7, aproximadamente, enciendo la luz. Entonces comienza el combate con los mosquitos. Si estoy escribiendo, los espanto con mucho humo de tabaco. Luego se me cuelan dentro del mosquitero en cualquier descuido al entrar o salir y tengo que cazarlos uno a uno. Pero no es solo eso; cuando voy a empezar a leer, siempre me pasa algo: se me queda el lápiz de colores, salgo, lo recojo; abro el libro y resulta que cogí un tomo en vez de otro: ¡a salir otra vez…; luego es el diccionario, si no los espejuelos, ¡qué lío! Por eso, para mayor comodidad, tengo al lado derecho de la cama un montoncito y arriba de la cama otro montón. Eso sí, los cuido mucho. Leo después hasta que me rindo. Suelo aprovechar 10, 12 o 14 horas diarias. Hay también hormigas que comen de todo: queso, aceite, pan…, sin embargo, cosa curiosa, no tocan la leche condensada. Entre los animalitos una batalla continua. Las moscas pelean con los mosquitos, las arañas cazan a las moscas, y las hormiguitas, como pequeños buitres, cargan los despojos. La prisión tan estrecha para mí es un mundo inmenso para ellos. Un tomeguín se asoma de cuando en cuando por las altas ventanas; al verlo alegre y libre comprendí mejor que nunca el crimen de enjaularlos y recuerdo La historia de San Michele. Al atardecer, caen desde lo alto algunos rayos oblicuos de sol que arrojan en el fondo de la celda la sombra de las rejas durante varios minutos, después no vuelvo a verlos hasta el otro día a la misma hora. […]

Lee, estudia, analiza, reflexiona, cuánta experiencia acopia en sus lecturas:

Los últimos libros son todos formidables. De un tirón me leí sin parar el Napoleoncito. Así pasé seis o siete horas exquisitas. […] El enfoque de su autor me gustó muchísimo. Las proclamas y las arengas de Napoleón son verdaderas obras de arte. ¡Qué bien conocía a los franceses! En cada frase va tocándoles una por una las fibras más sensibles; juega con ellas. El librito es todo un tratado de alta política, gobierno y cuestiones Estado. Todo además conmovedor. ¡Qué grande era Napoleón con sus enemigos! Yo he leído bastante sobre él y nunca me canso. Es muy cierto, como dice nuestro autor desconocido, que era Alejandro sin sus desórdenes, César sin sus vergonzosos vicios personales, Carlos Magno sin sus matanzas de pueblos y Federico II con buenas entrañas y corazón sensible a la amistad. Yo siempre lo consideré superior.

Así transcurrió el mes de marzo de 1954 en la vida en solitario de Fidel.

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