MEMORIAS DE LIBORIO: La fuga de un asesino: Julio Stelio Laurent Rodríguez

(Tomado de Las memorias de Liborio. La república de los años 50, del Instituto de Historia de Cuba, Editora Política, pp. 44-47, La Habana, 2005).

El día 9 de enero de 1959, el gobierno de la República de Cuba se dirigió a las autoridades norteamericanas correspondientes -conforme al artículo cuarto del Tratado de Extradición de 1904, vigente entre ambos países- solicitándoles la detención provisional, a los efectos de extradición, del prófugo Julio S. Laurent Rodríguez, el cual se encontraba en la ciudad de Miami.

En esta nota, Laurent era acusado como autor en las siguientes causas criminales, registradas en su expediente militar:

  • No.880 de 1955 del juzgado de instrucción de la sección cuarta de La Habana, por homicidio;
  • No.67 de 1956 del Tribunal de Urgencia de Santiago de Cuba que en aquellos momentos conocía el juez de instrucción de la ciudad de Manzanillo, en la provincia de Oriente, por asesinatos;
  • No. 47 de 1957 de la Radicación del Estado Mayor General de la Marina de Guerra, también por asesinatos;
  • No. 202 de 1959 del juzgado de instrucción Sección Cuarta de La Habana por asesinato;
  • No. 264 de 1958 del juzgado de Instrucción del municipio de Marianao por privación de libertad y maltrato;
  • No. 1 de 1959 de la Radicación del Estado Mayor General de la Marina de Guerra por delitos de asesinatos, torturas y lesiones graves.

Este texto, aseguraba, además, que se remitirían todos los documentos probatorios de la culpabilidad del reclamado, dentro del plazo fijado en el Tratado de Extradición.

Hacia exactamente 9 días que Julio Laurent se encontraba en los Estados Unidos, en compañía de otros criminales que huyeron precipitadamente del país, a las dos de la mañana del 1ro de enero de 1959. La embarcación escogida fue el Martha III, ostentoso palacio flotante del sanguinario Fulgencio Batista, asegurado en medio millón de pesos.

 

En esta nave, junto al capitán Laurent y su más despiadado secuaz, el sargento Venero, navegaban los uniformados oficiales: contralmirante José Rodríguez Hernández, jefe de dirección del Estado Mayor de la Marina; contralmirante Arturo Carbonell Sell, jefe de administración; comandante Rogelio López, jefe de artillería y el comandante Jesús Blanco, jefe del puesto naval de La Chorrera.

Cuenta la tripulación del Martha III – cautiva de tan temibles pasajeros – que al arribar al puerto norteamericano, con increíble sarcasmo, mientras esperaban que el Departamento de Inmigración les revisara los documentos, estos matones se jugaban sus “ahorritos”, a la moderna suerte de la baraja, acumulados – según ellos – con el honesto sudor de sus pistolas durante los últimos días de la tiranía.

Así, el comandante Arturo Carbonell se jugaba $81 000.00; el capitán Julio Laurent $12 000.00; el comandante Jesús Blanco $ 4 000.00; el comandante Rogelio López $500.00 y el comandante José Rodríguez $1 500.00.

Pero, ¿quién era Julio Laurent? ¿Por qué el pueblo cubano pedía su retorno al país?

En el desfile de asesinos del régimen de Batista, la Marina de Guerra tuvo en este oficial del Servicio de Inteligencia Naval su más alto representante.

Enviado a operaciones a las tierras de Oriente, ultimó a prisioneros indefensos y sembró el terror y la muerte.

En los primeros días de diciembre de 1959, en el Blanquizal de Ojo del Toro, en las alturas de la Sierra Maestra, vivía Baldomero Cedeño Tamayo, testigo del monstruoso asesinato por Laurent y sus hombres, de ocho jóvenes expedicionarios del yate Granma, que habían desembarcado en este lugar con la firme voluntad de derrocar el corrompido régimen establecido en el poder. Según Tamayo, los cadáveres de estos hombres indefensos, sangrantes y semidesnudos, quedaron abandonados bajo la raquítica sombra de unos uveros.

Más impresionante que estas declaraciones resulta el testimonio que Julio Dámaso Vázquez hiciera a la revista Bohemia, en febrero de 1959, acerca del asesinato de el Curita por Laurent y otros esbirros en 1957.

En los últimos momentos de la tiranía, Laurent ubicó su centro de operaciones en el Castillo de La Chorrera, lugar adonde llevaba a sus víctimas. Allí, junto con el comandante Blanco hizo un temible binomio que rindió tristes dividendos de sangre al pueblo cubano.

El Martha III fue la gran salvación para Julio Laurent y sus cómplices. Constelación de terroristas que, aunque nunca fueron extraditados, siempre estarán condenados por la historia y los pueblos amantes de la justicia. De este tribunal ellos no podrán escapar.

 

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