Primera reunión oficial de la dirigencia revolucionaria

(Tomado del libro de Eugenio Suárez Pérez y Acela Caner: Fidel: en el Año de la Liberación, t. 1, enero-marzo de 1959, Editorial Verde Olivo, La Habana, 2008).

El 19 de febrero de 1959, por vez primera se reunieron en dos sesiones de trabajo, de manera formal y con carácter deliberativo los principales dirigentes sobre quienes descansa la responsabilidad del proceso revolucionario.

La significativa reunión, convocada por Fidel Castro, cuenta con la presencia del Consejo de Ministros del Gobierno Revolucionario en pleno y de los más importantes jefes militares: comandantes Raúl Castro Ruz, Efigenio Ameijeiras y Pedro Luis Díaz Lanz y el capitán de corbeta Juan M. Castiñeiras, jefes del ejército, la policía, la aviación y la marina, respectivamente. También asisten los jefes militares de cada una de las provincias, comandantes Camilo Cienfuegos (La Habana), Belarmino Castilla (Oriente), Ramiro Valdés (Las Villas), Calixto García (Matanzas), Huber Matos (Camagüey) y Dermidio Escalona (Pinar del Río), así como Universo Sánchez. A la segunda sesión de esta reunión se incorporó el comandante Ernesto Che Guevara.

Por el Movimiento 26 de Julio están presentes Marcelo Fernández, su coordinador nacional, y tres coordinadores provinciales: Alberto Hernández (Pinar del Río), Ángel Fernández Vila (La Habana) y Quintín Pino Machado (Las Villas).

Se encuentran, igualmente, los comisionados provinciales de Matanzas (Ricardo González), Las Villas (Cuco Rodríguez de la Vega), Camagüey (Agustín Tomé) y Oriente (Carlos Chaín), así como el comisionado municipal de La Habana (Arnol Rodríguez).

También asisten David Salvador y José Pellón, por la CTC-Revolucionaria, y Carlos Franqui, responsable nacional de Propaganda del 26 de Julio; el anfitrión es el doctor Julio Duarte, presidente del Tribunal de Cuentas, lugar donde se efectúa el histórico encuentro.

La reunión se convocó para estudiar, de manera coordinada, el modo de afrontar los problemas vitales de la hora presente, así como para impulsar, con mayor dinamismo, las urgentes tareas de la organización estatal, provincial y municipal.[1]

[…] a puertas cerradas, el salón del pleno del Tribunal de ­Cuentas bullía de figuras del régimen naciente. Lo que muchos hombres de la Revolución ansiaban desde hacía tiempo, ocurría ahora: sus jefes más influyentes, y en primer término Fidel Castro, acometían el primer ensayo de autocrítica desde el primero de enero.

Todos los responsabilizados en el poder: ministros, dirigentes obreros, regentes del Ejército Revolucionario y del Movimiento 26 de Julio, tomaban asiento para enjuiciar libremente, sobre la ­marcha, las fallas iniciales del régimen popular. […][2]

Estos son los principales problemas que plantea Fidel en su intervención.

–Aquí hay una evidente falta de coordinación, pronunció resueltamente desde la mesa principal. Atestada de papeles, proyectos y carteras.

Un círculo ansioso de miradas convergía en su maciza figura. Pausadamente, sin alterar el tono de voz, con el aplomo del guía, ­prosiguió:

–Necesitamos que la maquinaria estatal funcione sistemáticamente si queremos hacer avanzar el programa revolucionario. Cada uno está haciendo lo que le viene en gana, sin ajustarse a una línea que coincida con la de los demás. Compañeros, esta es la única Revolución en el mundo que cuenta con el noventa y cinco por ciento del pueblo. Tenemos un apoyo casi total. Y en la medida en que logremos mantener ese respaldo, será posible viabilizar la gran tarea que nos encargamos de desarrollar.

–Debemos trabajar concertadamente, para evitar que tengamos que utilizar la presión o la fuerza cuando tratemos de aplicar medidas de positivo beneficio popular. A veces resulta inevitable ir ­contra determinados intereses, y aun chocar con ellos; pero siempre es preferible evitar la violencia innecesaria o superflua.

–Hay un hecho innegable: el gobierno luce como amarrado, como atrasado en la realización del programa revolucionario. Ustedes saben que eso fue lo que determinó mi presencia en el Consejo de Ministros. Yo hubiera preferido mantenerme de reserva, pero ese poder de que hablaba la gente, yo por un lado y el Consejo por otro, dificultaba tremendamente las tareas a seguir. El aparato estatal tiene que avanzar, tiene que normalizar sus funciones. De ahí que estudiemos los planes de coordinación. No pueden andar cada uno por su lado el ejército, los ministros y el movimiento obrero. Todos los factores deben actuar de consuno para que el pueblo vea pronto los frutos de la Revolución…

Empezó a citar ejemplos:

–El caso de los municipios es elocuente. Tenemos que suprimir el sistema de los tres comisionados, porque se diluye la responsabilidad. Y ha habido graves errores. No diré robos o desfalcos, que esos no los puede haber en esta Revolución, pero sí aplicaciones de créditos a necesidades ajenas a lo dispuesto en ellos.

Sugirió que los coordinadores provinciales del M-26-7 escogieran a uno de los tres comisionados para dirigir la administración municipal; y si ninguno tenía respaldo, que buscaran alguien que disfrutara de apoyo popular y supiera manejar el municipio.

–Hay casos de nepotismo. Me informan de algunos en Hacienda. Yo sé que Rufo es ajeno a eso, pero lo cierto es que se le están colando parientes, sobrinos y primos […] Compañeros, debemos vivir con la preocupación constante de que la Revolución no puede crearse enemigos de más. Ya tendremos bastantes, sin necesidad de buscarlos…

–La Revolución, insistió, no debe ganarse adversarios con la práctica del nepotismo y las cesantías en masa. Yo sé que ­cualquier medida justa y revolucionaria que se dicte tiene que perjudicar intereses; pero por lo mismo hay que afectar a la menor cantidad ­posible.Les advirtió que “tenían que cuidarse mucho, porque dentro de 20 días podía desatarse una contrarrevolución”.

–A veces la contrarrevolución adopta formas abiertas, pero en otras se hace sutil. Hay la maniobra del cintillo del periódico, que solo atiende a cuestiones injustas. Se levanta la protesta de los familiares de los militares presos, pero no se destaca la de los parientes de sus víctimas. La Ley 11, que es revolucionaria, a pesar de sus efectos, es combatida por los que quieren obstaculizar la obra de la Revolución. Se aprovecha la conducta de cualquier revolucionario, cuando lesiona intereses espurios, para atacar injustamente a la Revolución. Incluso diciendo que se la defiende.[3]

Fidel aborda el tema de la reforma agraria y la necesidad de canalizarla sobre bases seguras, que impulsen su inmediata realización.

El primer ministro hizo énfasis en condenar los repartos de ­tierra arbitrarios y factuales y las apropiaciones compulsivas y violentas, que al margen de la legislación que ha de regir la misma y de los métodos que han de propiciarla, en algunos lugares de la república se han venido realizando. Fidel señaló que las mismas eran conductas contrarrevolucionarias, realizadas por elementos perturbadores, interesados en frustrar nuestra revolución agropecuaria.

Si el estado actual de cosas se dirige a rescatar la tierra de manos de los grandes geófagos, expresó el jefe de la Revolución Cubana, combatiremos con la misma energía la acción inconsulta y perjudicial de estos nuevos pequeños geófagos.

La reforma agraria se realizará. Dirigida e impulsada por el Gobierno Revolucionario, único capacitado para reestructurar, sobre bases legales y permanentes, la necesaria redistribución de la tierra y la creación de cooperativas de producción y consumo sobre las que se asiente la rehabilitación económica del sufrido campesino cubano.

También se hizo hincapié en la iniciativa del Gobierno Revolucionario de acelerar el proceso de industrialización del país, haciéndose mención de la postura sensata y plausible de los industriales cubanos, plenamente dispuestos a colaborar con la implantación de la reforma agraria, paso indispensable del incremento industrial, ya que solo la incorporación total del agro cubano al mercado de ­bienes de consumo de manufactura cubana, justifica y hace posible la existencia de una próspera industria nacional.

Se revisó lo relativo a la política obrera, indicándose que se está plasmando en realidad la democracia sindical, convocando en el menor plazo posible a las elecciones en todos los centros de trabajo del país, para que los trabajadores, libre y responsablemente, elijan las directivas definitivas de sus federaciones y sindicatos. Siendo tan sólida la posición del 26 de Julio en las masas obreras cubanas, estas apoyan decididamente a los dirigentes obreros de la ­Revolución.

Se habló de una política de elevados salarios y de pleno respaldo a los factores honestos capaces de propender el auge económico de la nación, asimilando las directrices del actual proceso revolucionario.

En cuanto al tema militar es propósito deliberado del Gobierno Revolucionario y del Movimiento 26 de Julio, apoyarse en las ­fuerzas populares y no en las de las armas que tanto combatimos y repudiamos. Los institutos armados de la nueva república, reestructurados, adoctrinados y revolucionariamente educados, servirán de sostén y salvaguarda de la Revolución, pero jamás volverán sus armas ­contra el pueblo, ni se pondrán al servicio de ningún interés que atente contra los principios fundamentales de aquella. Contando con el respaldo mayoritario del pueblo, las Fuerzas Armadas Revolucionarias, que forman parte principalísima de aquel, serán parte del mismo, y, como tal, no volverán a abrirse abismos insondables ­entre los hombres de uniforme y los ciudadanos civiles de la patria redimida.

La urgencia de la hora, la necesidad de que el primer ministro cumpliera con el compromiso de participar en el programa Ante la Prensa, pusieron punto suspensivo a cónclave tan importante.[4]

[1]Revolución: 1 y 15, La Habana, 20 de febrero de 1959.

[2]“Sección en Cuba”, Bohemia,(10): 86, La Habana, 8 de marzo de 1959, Cuba.

[3]“Sección en Cuba”, Revista Bohemia,(10): 86, La Habana, 8 de marzo de 1959, Cuba.

 [4]Revolución: 1 y 15,La Habana, 20 de febrero de 1959.

 

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