HACE 60 AÑOS: Un canto de guerra contra Fulgencio Batista

(Tomado del libro de Mario Mencía, La prisión fecunda, Editora Política, La Habana, 1980).

El dictador Fulgencio Batista visita el presidio Modelo, donde se encontraban, cumpliendo prisión los revolucionarios que habían atacado dos cuarteles el 26 de julio de 1953. Era el 12 de febrero de 1954.

Tras los dos últimos pabellones del presidio de Isla de Pinos con tres naves divididas en tres secciones cada una; un almacén de materiales y  los talleres de zapatería, sastrería, herrería, mecánica, reparaciones, carpintería, mosaicos e imprenta; en la del centro, separada por el ancho de la calle de circunvalación del penal, la planta eléctrica, a menos de 20 metros del salón donde se hallaban encarcelados los moncadistas.

El cabo Ramos, a quien apodaban Pistolita por sus bufonescas poses provocativas, llegó muy temprano para anunciarles que esa mañana no les estaría permitido salir al patio, que debían permanecer en la galera dormitorio todo el tiempo.

Las desusuales medidas de seguridad y los ruidos que comenzaron a percibir desde el exterior le llamaron la atención. Uno de ellos, sobre los hombros de otro, pudo ver hacia afuera a través de una de aquellas nueve altas ventanas enrejadas. Allí, presente en el acto de instalación de un nuevo equipo para la planta eléctrica, y en medio de una claque retórica de cortesanos gestos y risibles entorchados sin gloria, acababa de llegar…, Fulgencio Batista.Corrió la noticia dentro del dormitorio. Con los largos pasos que ya le caracterizaban el gesto pensativo, Fidel dio unas vueltas, se detuvo de pronto y los llamo a todos. Se agruparon junto a él y, tras breve discusión, se aceptó unánimemente la idea. Almeida, que encaramado a una ventana vigilaba el momento preciso en que Batista fuera a salir una vez terminada la aspavientosa ceremonia, por fin dijo “¡Ahora!”, y veintiséis voces al unísono, con la fuerza acumulada de la rebeldía toda de un pueblo, matizaron de hidalguía aquella mañana del 12 de febrero de 1954con la desafiante letra y música de un himno de combate que después recorrería el mundo entero: la Marcha del 26 de Julio.

Quizás nunca canto de guerra alguno tuvo reposición de coraje en circunstancia similar; frente a frente, la voz primera en la vanguardia de una revolución temporalmente encarceladaabofeteaba el rostro de un tirano opresor. […]

Se dice que al oír las voces de aquel coro Batista sonrió, quizás imaginando algún gesto de halago adicional por parte de la dirección del Reclusorio. Pero, a medida que fue prestado atención y captó claramente la letra se le demudó el rostro. La sonrisa desapareció entre los labios fuertemente apretados, que sólo se abrieron para indagar quiénes eran los que cantaban, antes de salir intempestivamente seguido por su entonces enfurecida corte.

“¡Los mato! ¡Los mato!”, se oyó vociferar en el pabellón al descompuesto Pistolita. Pero de ahí no pasó en ese momento la nueva exhibición de guapería.

Ni la engolada voz de un politiquero local que le hizo entrega al “General” de un diploma declarándolo “hijo adoptivo y predilecto”, ni los manjares y licores del banquete que le fue ofrecido por un terrateniente local, fueron suficientes remedios para borrar las huellas de disgusto en la cara del tirano, que horas después, para su regreso a Batabanó, retomaba aquel sábado el lujoso yate escoltado por unidades de la Marina de Guerra en que había llegado esa mañana Nueva Gerona.

En la prisión, el resto del día transcurrió tenso para los moncadistas, pues se esperaba alguna represalia. Igual ocurrió durante la mañana del siguiente día, hasta después del almuerzo en que llegó el teniente Perico y leyó de un listado: “Ramiro Valdés, Oscar Alcalde, Ernesto Tisol, Israel Tápanes”. […]

A un costado del pabellón uno (hospital), el pabellón dos (de los enfermos mentales) con sus once celdas individuales de castigo: verdaderos nichos cuboidales de dos metros de largo por uno de ancho y uno y medio de alto, donde permanecer de pie era solo estar encorvado; hermética plancha de metal por puerta con una abertura hacia el piso al tamaño exacto del plato para el cotidiano sancocho; inmunda litera de metal oxidado, desnudo, plegable a la pared; pestilente hueco para orinar y excrementos en el suelo permanentemente húmedo y cubierto de mugre; tránsito de alimañas y asquerosos bichosen competencia sin ganador contra la trova figura de Cebolla, un cretino condenado a más de cien años por asesinatos cometidos fuera y dentro del penal, mayor (jefe) de aquel pabellón-pesadilla, galera-infierno donde dormir era posible de no oír los alaridos de los dementes bajo la única prescripción decántaros de agua fría y bestiales golpes.

Allí fueron encerrados Ramiro, Oscar, Ernesto e Israel. […]

Al siguiente día, lunes, fue llamado Agustín Díaz Cartaya y llevado también al pabellón de enfermos mentales.

–Ellos me dijeron, recuerda Cartaya:Así que tú eres el autor de la mierda esa. Bueno, pues ahora tienes que cantárnosla a nosotros.” En ese momento estaba Montesinos, estaba Perico y Cebolla. Me negué, desde luego, y Cebolla me dijo: “¿Así que tú eres guapo?” y se me acerca. En la cárcel yo era sumamente agresivo y le respondí “Oye, si te acercas de voy a tirar.” Cebolla se echó para atrás. Pero después de la medianoche regresaron Montesinos, Perico y Cebolla acompañados del sargento Rojas y dos números más. Eran seis en total.

–Abrieron la celda, continúa relatando Díaz Cartaya, y me cayeron arriba. Me desnudaron dándome trompones, patadas y con “bichos de buey”.

Allí, sobre el piso de la celda número nueve fue dejado herido y sin conocimiento el autor de la Marcha en la madrugada del 15 de febrero.

Quince días allí, en aquellas celdas, Ramiro Valdés, Oscar Alcalde, Ernesto Tizol, Israel Tápanes y Agustín Díaz Cartaya.

Mientras tanto, a sus demás compañeros les habían quitado el aparato de radio que tenían en el pabellón. No les llevaban los periódicos ni lespermitían comunicarse con el exterior. Le prohibieron la visita y nada sabían tampoco de Fidel.

El castigo a Fidel se inició con su aislamiento total, en solitario, en una celda hacia la izquierda, a la entrada del pabellón-hospital.

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