Fidel se hace cargo del gobierno revolucionario

(Tomado del libro de Eugenio Suárez Pérez y Acela Caner: Fidel: en el año de la liberación, t. 1, enero-marzo de 1959, Editorial Verde Olivo, La Habana, 2008).

 Fidel, ¡tienes que asumir la dirección del gobierno!

La crisis interna en el Gobierno Revolucionario se intensifica sin que se vislumbre una solución. Se necesita una dirección de verdadero prestigio y arraigo popular. El ala más revolucionaria del Consejo de Ministros llega a la conclusión de que Fidel Castro es la figura indicada para hacerse cargo del gobierno, como primer ministro.

La medianoche del 12 de febrero de 1959, Enrique Oltuski, ministro de Comunicaciones, mira su reloj.

[…] Estábamos reunidos desde las dos de la tarde. Igual que el día anterior. Igual que los días anteriores. Discusiones interminables. Resultados: escasos.

El Consejo de Ministros no funcionaba. En la punta de la mesa presidía Urrutia. Era un radical en todo lo que tuviera que ver con el delito, con los criminales de la dictadura, con el juego, pero un conservador en cuanto a los cambios sociales y políticos.

Miró Cardona era el primer ministro. Lo único que le interesaba era poner en crisis a Urrutia para sustituirlo como presidente. Era obsesivo con esa idea. Era la gran ambición de su vida. Para ello trataba de estar bien con unos y con otros. Hablaba mal de Urrutia a sus espaldas y decía que era un incapaz.

Rufo López Fresquet, el ministro de Hacienda, era el representante de la reacción. Como manejaba los fondos del Estado se dedicaba, con el pretexto de no malgastar el dinero, a frenar toda idea progresista.

Agramonte, el ministro de Relaciones Exteriores, era la imagen de lo inocuo, le decían “masa boba”.Estaba el grupo de ministros que proveníamos de las filas revolucionarias. Las ideas no estaban claras para nosotros, actuábamos “individualmente”, no había un líder en el Consejo que coordinara nuestras acciones. Cundía el malestar entre nosotros. Faustino, Armando, Julio Camacho, Luis Buch, yo, que ­habíamos estado más unidos durante la insurrección, nos preguntábamos qué hacer.

Volví a mirar el reloj: la una de la madrugada. Afortunadamente el Consejo tocaba a su fin. Mientras recogíamos nuestros papeles nos miramos a las caras, nuestros ojos reflejaron el entendimiento.

–Esto no da más –dijo Faustino.

– ¡Vamos! –dijimos todos y salimos a la calle.

Luis Buch, como ministro de la Presidencia, tuvo que quedarse, a él le tocaba ordenar lo tratado durante el Consejo y redactar la nota de prensa. Los demás tomamos nuestros automóviles y nos dirigimos al hotel Habana Hilton, lugar que Fidel utilizaba frecuentemente para efectuar encuentros y desarrollar actividades.

Eran casi las dos de la madrugada cuando localizamos a Fidel en uno de los pasillos del hotel. Había un hervidero de gente en el lobby y en varios pisos. Soldados rebeldes, dirigentes obreros, jefes del 26 de Julio y otras organizaciones formaban grupos en los que se discutía todo tipo de problemas. Si bien el gobierno que estaba en el poder era nominalmente el de Urrutia, y Fidel era el jefe de las fuerzas armadas, no se podía hacer una clara distinción entre el gobierno y el Movimiento 26 de Julio. En el Consejo se sentaban ministros que provenían de nuestras filas. Todo el mundo sabía que el poder estaba donde estaba Fidel y continuamente se dirigían a él en busca de orientación, a veces de decisiones, colocándolo en una situación compleja en la que por un lado se trataba de un gobierno que no era el suyo, y por otro, cualquier decisión afectaba la Revolución, que sí era suya. El corazón y el cerebro de la Revolución estaban aquí y no en el Palacio Presidencial. Fidel no conocía el descanso.

– ¿Pero qué hacen ustedes aquí? –nos preguntó al vernos.

–Queremos hablar contigo –dijo Faustino.

– ¿Qué pasa? –insistió Fidel.

–No podemos más –volvió a hablar Faustino–. El Consejo de Ministros no funciona. Lo único que hacemos es hablar horas interminables. Juegan muchos intereses y no hay autoridad. ¡Tienes que asumir la dirección del gobierno!

–Fidel, este no es nuestro gobierno –dije yo–. Si tú no te haces cargo nosotros no queremos seguir siendo ministros.

En la penumbra del pasillo se hizo el silencio. Todos mirábamos expectantes a Fidel, que se recostó contra la pared pensativo.

–Así que ustedes quieren que yo me haga cargo del gobierno –dijo al fin–, yo no quiero, pero bueno, vamos a hablar, ¿dónde podemos ir?

Algunos sugerimos ir a nuestras oficinas.

–No, a una oficina no.

Entonces se me ocurrió:

–Fidel, ¿por qué no vamos a mi casa?

– ¿A tu casa?… No es mala idea, ¡vamos![1]

¿De qué gobierno estamos hablando?

Oltuski continúa narrando.

Partimos en la noche. La calle 23 estaba desierta y pronto llegamos a mi casa, en el Bosque de La Habana. Fidel ordenó citar a más compañeros a la reunión. Cuando todos estuvimos reunidos no alcanzaban los asientos de la sala, algunos se sentaron en el suelo, otros en la escalera que llevaba al piso de arriba.

Nadie había comido y Martha, que estaba en estado de nuestro segundo hijo, se metió en la cocina a preparar algo de comer.

Todos mirábamos a Fidel que se puso de pie y se dirigió al ­centro de la sala. Todas las luces estaban encendidas y la figura de Fidel era hermosa en su juventud y fortaleza.

–Así que ustedes quieren que me haga cargo del gobierno, ­bueno, vamos a ver primero de qué gobierno estamos hablando –dijo, introduciendo la mano en el bolsillo izquierdo de la camisa de donde sacó una pequeña libreta azul.

Paseó la mirada por todos los presentes.

–Hablemos primero de la reforma agraria.

Hizo una larga, detallada y profunda exposición de su concepción de la reforma agraria, todos escuchábamos con gran atención. No hubo que discutir mucho, todos compartimos los criterios ­expresados por Fidel.

Fue pasando las hojas de la libretica: los altos alquileres, la falta de viviendas que sufría la población, las tarifas eléctricas, la educación y la salud, las fuentes de trabajo. La lucha contra la pobreza, la corrupción, la prostitución. El desarrollo económico. El Ejército Rebelde. La política exterior.

Las horas pasaban. Martha sirvió la magra cena. La gente masticaba automáticamente, el alimento estaba en las palabras de Fidel.

Amaneció, la luz entraba por las ventanas. Nadie tenía sueño, a pesar de que llevábamos 24 horas sin dormir. Unos estaban sentados en las butacas de la sala, otros en los peldaños de la escalera, había gente tendida en el suelo. Fidel tenía poco espacio para moverse. Cuando se detuvo, todos queríamos que siguiera hablando.

–¿Es este el gobierno que queremos? –preguntó.

–Sí, Fidel, sí –dijimos todos.

–Entonces… ¡acepto!

La gente fue partiendo y solo nos quedamos los que éramos miembros del gobierno.

–Hay que hablar con Urrutia y sobre todo con Miró Cardona, pues es el cargo de primer ministro el que debo asumir.[2]

 El primer ministro se convierte en jefe político del gobierno

Luis Buch rememora detalles de estos decisivos momentos.

[…] Localizaron a varios compañeros, entre ellos a mí, y allí se reunió la dirección del M-26-7. Esa fue la primera y más importante reunión después del triunfo revolucionario, en la que se hizo un análisis político y social de la nación.

Uno de los asuntos discutidos giró en torno a la designación de Rufo López Fresquet como ministro de Hacienda. Yo […] había hecho la propuesta. En aquel encuentro varios compañeros me reprocharon haber actuado inconsultamente. Pedí la palabra para reconocer mi error y renunciar al cargo de secretario del Consejo de Ministros, pero Fidel intervino y, para asombro de todos, estimó que la designación había sido correcta, pues sosegaría a la clase económica dominante en el país.

Ya iba a respirar con alivio, cuando Fidel cambió el tono de voz y, dirigiéndose a mí, dijo con energía:“Pero esta no es la forma de resolver [unipersonalmente] los asuntos que llevan consigo responsabilidades políticas. Debemos resolverlos en colectivo, que cada cual exprese libremente su criterio antes de tomar el acuerdo más conveniente para la Revolución. El caso de Buch debe servirnos de ejemplo para que no se repitan errores como este”. […]

En cuanto a Fidel, sabíamos que no le sería fácil tomar la decisión de asumir el premierato. En más de una ocasión había manifestado el propósito de mantenerse como fiscalizador del gobierno, ya que así podía moverse con entera libertad, sin ataduras a reuniones, actos oficiales y demás funciones. Sin embargo, ante la gravedad del momento, era necesario tomar medidas drásticas para evitar un posible desastre.

El jefe de la Revolución, con su intuición innata, se percató de que no había otra solución y optó por el mayor de sus sacrificios: integrarse al gobierno como primer ministro.

Para ocupar ese cargo, planteó que debía tener el control directo de la política general, sin menoscabo de las facultades que, conforme a la Ley Fundamental, le correspondían al presidente de la república.

Urrutia estuvo de acuerdo con las gestiones que veníamos realizando. Miró Cardona, consciente de que no podía continuar en el ­cargo, también coincidió en que para mantener la autoridad del gobierno era indispensable que Fidel asumiera el premierato.[3]

 Por su jerarquía histórica, es el jefe de la Revolución

La propuesta de Fidel Castro como primer ministro se aprueba la noche del 13 de febrero en una reunión del Consejo de Ministros.

[…] El 13 de febrero, Urrutia continuaba enfermo. Miró Cardona citó en el Palacio Presidencial a los miembros del Consejo y a los periodistas.Antes de comenzar la sesión de ese día se analizó el requisito planteado por Fidel para desempeñar el cargo de primer ministro. Esto dio lugar a un amplio debate. Buscamos la fórmula para modificar el artículo 146 de la Ley Fundamental, cuya redacción era igual al artículo 154 de la Constitución de 1940. Su texto expresaba: “El primer ministro representará la política general del gobierno”.

El artículo 146 quedó redactado de la forma siguiente: “Corresponderá al primer ministro dirigir la política general del gobierno, despachar con el presidente de la república los asuntos administrativos, y acompañado de los ministros, los propios de los respectivos departamentos”. […]

Como se puede apreciar, no es lo mismo “representar” que “dirigir”. En virtud de este cambio, el primer ministro se convirtió en jefe político del gobierno.[4]

Al finalizar la sesión del Consejo de Ministros, Miró Cardona invita a los periodistas a que pasen al salón donde ha estado sesionando el Consejo, y lee su carta de renuncia, dirigida al presidente Urrutia. En ella, entre otras cosas, dice:

“A mi juicio, corresponde asumir a quien por su jerarquía histórica es el jefe de la Revolución, doctor Fidel Castro”.[5]

Luis Buch, secretario del Consejo de Ministros, es el encargado de realizar los trámites oficiales.

A Fidel se le remitió de inmediato una copia de la carta de renuncia de José Miró Cardona. Le comuniqué que Urrutia había firmado el Decreto No. 562 por medio del cual Miró aceptaba dimitir; así como que por el Decreto No. 563 el presidente le nombraba primer ministro y por el Decreto No. 564 le concedía licencia en el cargo de Comandante en Jefe de las Fuerzas de Tierra, Mar y Aire de la república, respectivamente. Esta jefatura sería asumida por el comandante Raúl Castro Ruz, que hasta entonces había sido segundo jefe de tales fuerzas.[…][6]

 Búsquense otro primer ministro

Luis Buch, en sus funciones de secretario del Consejo de Ministros, le pide a Fidel Castro que le informe cuándo puede tomar posesión del cargo de primer ministro.

En la madrugada del 16 de febrero llamó por teléfono y me citó para el hotel Habana Hilton. Allí planteó que debía hablar con Miró para informarle que él se haría cargo del premierato a las 6:00 p.m. Preguntó: “¿Tengo que quitarme el uniforme?”. Le contesté: “Bueno, Fidel, no sé; pero fíjate en las opiniones que priman en América sobre los militares como jefes de gobierno”. A lo que replicó: “¡Ah, no, no; este uniforme y estas barbas significan la rebeldía de la Sierra Maestra y de nuestra Revolución, y no me las quito de ningún modo, búsquense otro primer ministro!”. Entonces le dije que en relación con el uniforme no habría ninguna dificultad, pues por decreto presidencial se podría autorizar a los miembros del Ejército Rebelde que vistieran el uniforme verde olivo con las insignias de sus grados. Pregunté cómo se efectuaría la ceremonia y rápidamente respondió: “Eso de ceremonia es asunto tuyo, yo no me meto en eso, solo sé que a las 6:00 p.m. estaré en Palacio para tomar ­posesión”.

 

Al despuntar el alba fui a la casa de Miró y lo puse al corriente de mi conversación con Fidel.[7]

Pocas horas antes del acto de toma de posesión como primer ministro, Fidel Castro se reúne en el Salón de Actos del Colegio Nacional de Arquitectos con los profesionales del ramo. Lo acompañan el presidente del mencionado colegio, el ministro de Obras Públicas y Pastorita Núñez, quien será la titular del Instituto Nacional de ­Ahorro y Vivienda, organismo cuya constitución oficial está en proceso de aprobación.

El propósito de la reunión es solicitarles a los arquitectos, en especial a los que no tienen trabajo, que organicen el Departamento de Construcciones del INAV en un plazo no mayor de cuarenta y cinco días. La premura obedece al interés de comenzar a edificar el reparto La Habana del Este, obra que dará trabajo a miles de obreros y cuyas viviendas serán para el disfrute del pueblo.

El cargo público no es una posición para enriquecerse

En horas de la tarde del 16 de febrero, Fidel Castro Ruz toma posesión del cargo de primer ministro. La solemne ceremonia, trasmitida en directo por la radio y la televisión, se celebra en una pequeña sala contigua al Salón de los Espejos del Palacio Presidencial. Solo están presentes el presidente de la república, los ministros del gabinete, algunas altas figuras de la oficialidad del Ejército Rebelde y representantes de la prensa.El líder revolucionario comienza diciendo:

Paradójicamente, en los instantes en que recibo este honor de ponerme al frente del Consejo de Ministros no experimento sino una honda preocupación por la responsabilidad que se ha puesto sobre mis hombros, por la seriedad y la devoción que siempre he puesto en el cumplimiento de mi deber.

Tal vez, cuando lo que necesitaba era un buen descanso, lo que he recibido es más trabajo, un trabajo mayor que el que venía realizando: un trabajo, además, más responsable del que venía realizando, una prueba, además, muy dura.

De cuantas tareas he tenido que realizar en mi vida, ninguna considero tan difícil como esta; ninguna considero tan preñada de obstáculos, ninguna tan dura de llevar adelante, porque estoy consciente de todas las dificultades, estoy muy consciente de todos los obstáculos.

De cuantas tareas me ha tocado realizar, en todas he actuado de motus proprio; en esta, porque me ha sido asignada, porque no la escogí yo, sino que me la escogieron, y solo con un profundo concepto de la necesidad de sacrificarse por el país, sacrificio sincero, porque para nosotros el gobierno, el cargo público, no es una posición para enriquecerse, no es una posición para recibir honores, sino es una posición para sacrificarnos; y todo el que haya presenciado este proceso revolucionario, todo el que haya observado mi conducta tiene que haber comprendido el desinterés con que he actuado.

Los cargos, como cargos, no me importan; los honores, como honores, no me importan. Aquí, desde esta posición, sigo siendo el mismo ciudadano que he sido siempre. Como ciudadano no me diferencio en nada de lo que me diferenciaba antes de cualquier otro ciudadano. Soy igual que cualquier otro modesto y humilde cubano; solo que un cubano con las mismas facultades que otro cubano cualquiera a quien se le ha asignado una gran y difícil tarea. Por tanto, cuando digo que para mí es un sacrificio, hablo muy sinceramente y muy en serio. No tengo, sin embargo, temor al esfuerzo que debo realizar, no tengo temor por las dificultades que haya de encontrar en el camino; soy un hombre de fe y siempre he afrontado las obligaciones resueltamente. Estaré aquí mientras cuente con la confianza del presidente de la república y mientras cuente con las facultades necesarias para asumir la responsabilidad de la tarea que se me ha impuesto. Estaré aquí mientras la máxima autoridad de la república, que es el presidente, lo estime conveniente, y mi conciencia me diga que soy útil. Reafirmo mi respeto a la jerarquía, mi ausencia de ambiciones personales, mi lealtad a los principios, mi firme y profunda convicción democrática.

Aprovecho la oportunidad para decir que aun cuando la Constitución de la república fue modificada por el Consejo de Ministros para que el requisito de la edad no fuese un obstáculo a los hombres jóvenes para aspirar a la presidencia de la república, debo decir que conmigo no se contó para esa modificación y a mí ni siquiera se me consultó. Que fue un derecho del Consejo de Ministros y que yo no tenía ningún interés. Si se ha de instaurar el régimen semiparlamentario en Cuba, si desde esta posición puedo servir al país, desde aquí lo sirvo o desde cualquier otra.

Yo no soy un aspirante a la presidencia de la república y ojalá que no tenga que aspirar a la presidencia de la república, ojalá ­pueda ser otro entre los muchos cubanos que tienen méritos y capacidad suficiente para ello. Si desde aquí la puedo servir, lo que me interesa es hacer la Revolución; lo que me interesa es que la Revolución vaya adelante; lo que me interesa es que el pueblo no resulte defraudado y reciba todo lo que espera de nosotros.[8]

 El primer Consejo de Ministros presidido por Fidel

Luis Buch narra en sus memorias lo que acontece en el Consejo de Ministros pocos minutos después de la toma de posesión de Fidel Castro.

Terminado el acto, el Consejo de Ministros se reunió en sesión extraordinaria. En el acta de ese día se plasmó que el presidente Urrutia había aceptado la renuncia de José Miró Cardona, como primer ministro, y que, para sustituirlo, quedaba designado el ­doctor Fidel Castro Ruz, quien después de haber jurado y tomado posesión del cargo asistía a esa sesión. Urrutia subrayó la importancia de este hecho para la historia política de Cuba, pues conforme a la Ley Fundamental –modificada y aprobada por el Consejo de Ministros–, quien desempeñara esa función asumía la política general del gobierno.

Tras expresar a Urrutia su gratitud por el honor que le había conferido, Fidel destacó que esa prueba de confianza implicaba la tarea más ardua que se le hubiera asignado en la vida, pero había aceptado porque creía sinceramente que era necesario sacrificarse por el país. Como hombre cabal, siempre había afrontado con resolución las dificultades.

Dirigiéndose a Urrutia, le planteó que a partir de esa reunión haría uso de las facultades que le confería el artículo 146 de la Ley Fundamental, y en tal virtud, comenzaría a presidir el Consejo de Ministros. Los proyectos de leyes le serían enviados a través del secretario del Consejo para que, dentro del término de 10 días, los promulgara. En el caso de que existieran objeciones, por ese mismo conducto los devolvería para que fueran nuevamente considerados, y si las dos terceras partes del número total de los integrantes del Consejo votaban a favor del proyecto original, este se convertiría en ley.

Urrutia abandonó el salón del Consejo de Ministros encolerizado. Al levantarse del asiento, todos nos pusimos de pie. Oltuski y Ray lo acompañaron por el pasillo que comunicaba el salón con el despacho del presidente, donde estaba la escalera secreta que conducía al tercer piso. Yo me había quedado en el salón, y Fidel me dijo: “¿Y tú qué haces aquí? Acompaña al presidente”.

Para la cerradura de la puerta secreta solo había dos llaves, una estaba en poder de Urrutia y la otra la conservaba yo. Él, excitado, buscaba la suya en los bolsillos y no la hallaba. Abrí la puerta con la mía y le pregunté si quería que lo acompañara. Me contestó: “A mí nadie tiene que acompañarme”, y subió rápidamente la escalera.

Oltuski, Ray y yo nos reintegramos al Consejo de Ministros, que continuó sesionando presidido por Fidel, quien manifestó que él no había adelantado los puntos del programa a ejecutar. Según su opinión, las medidas se debían aplicar después de realizar los estudios previos necesarios, sin violentar el orden de prelación.

Fidel declaró, de forma terminante, que los niños tendrían ciudades escolares; cientos de miles de campesinos disfrutarían de viviendas higiénicas y se convertirían en pequeños propietarios rurales a través de la reforma agraria y la abolición del latifundio; se erradicaría la usura en la venta de muebles a plazos, el financiamiento para la adquisición de automóviles y los préstamos personales; se rebajarían sustancialmente los alquileres de las casas; el pueblo ­tendría libre acceso a las playas; Cuba dispondría, en realidad, de una marina mercante; en cinco años se invertirían mil millones de ­pesos en la construcción de viviendas y dos mil millones en nuevas industrias; y los trabajadores que habían aplazado sus demandas para salvar la zafra, para consolidar la Revolución, recibirían el fruto de su sacrificio.

También subrayó que era menester sanear la administración pública, hacerla más eficiente rescatando el prestigio del Estado. Deberían integrarla, mientras actuasen bien, hombres de capacidad, de méritos revolucionarios. Para comenzar, suprimiría los “gastos de representación” asignados a los ministros, pues ellos recibían ­salarios altos con los que podían cubrir todas sus necesidades. ­Decía: “Nosotros vamos a ganar menos y no vamos a robar. Vamos a demostrar que la honradez no es cuestión de necesidad más o menos, sino que es cuestión de convicción”.

Más adelante, destacó que con las medidas antes expuestas y la implementación de las reformas arancelaria y fiscal, la campaña para que se consumieran artículos del país, y cuantas más fueran necesarias aplicar –todas dentro del respeto más estricto a las libertades humanas–, aumentaría notablemente la producción agrícola, se duplicaría la capacidad de consumo de la población campesina y Cuba borraría su pavorosa cifra de desempleo crónico, logrando para el pueblo un nivel de vida superior al de cualquier otra nación.

El primer ministro terminó diciendo que sabía que el fracaso de la Revolución sería la guerra civil, pero contaba con el respaldo del pueblo –al que nunca defraudaría–, con el consejo del señor presidente y la entusiasta y capaz colaboración de sus compañeros de gabinete. Ellos, a su vez, podían tener la convicción de que a él jamás le faltarían la buena fe, la honradez, la decisión, la ecuanimidad y la plena conciencia de sus deberes, que cumpliría con una conducta intachable, como correspondía a un revolucionario por vocación.

Al hacer un análisis sobre los proyectos de leyes, Fidel expuso que se le habían pedido al país sacrificios para consolidar la Revolución. Si bien era cierto que el pago de los sueldos remunerativos a los funcionarios públicos era una política correcta del Estado, la honradez de los gobernantes dependería fundamentalmente de la convicción y el espíritu de sacrificio que ellos poseyeran. En tal sentido, presentó un proyecto de ley aprobado en el Consejo, por el que se suspenderían –a partir de marzo de 1959– las asignaciones y el cobro de estas consignadas en los “gastos de representación” de todos los miembros del gabinete, en los presupuestos generales del Estado para cada ejercicio fiscal en vigor, ordinario y extraordinario.

Se aprobó un proyecto de ley por el que se suprimiría total y definitivamente la Renta de la Lotería Nacional, de tan triste ­historia de peculado y corrupción, y se crearía en su lugar un organismo autónomo, denominado Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda (INAV), con los objetivos de ahorrarle al pueblo lo que perdía en el juego e invertir los fondos que se pudieran allegar para la solución del problema de la vivienda en nuestro país. Con esta medida se hizo posible que las capas medias y humildes alcanzaran también los beneficios de las actividades crediticias.

En esa misma sesión del 16 de febrero se aprobaron otros proyectos de leyes y disposiciones. Ejemplos de ellos fueron: la ­creación de la Oficina de Fomento Marítimo y la modificación de la Ley Decreto No. 1891 –de 21 de enero de 1955–, por la cual se había creado el Instituto Nacional de la Pesca como institución autónoma, con el traspaso al Ministerio de la Defensa Nacional de todas las facultades y atribuciones que tenía sobre ese instituto el Ministerio de Agricultura; se aprobó la disposición de que no ­podría ser cesanteado ningún miembro de la administración civil y de las instituciones paraestatales u organismos autónomos, salvo excepciones; se suspendió por el término de 180 días la aplicación del inciso 1 contemplado en el artículo 61 del Decreto No. 789, de 1938, que autorizaba el despido de los patrones a los trabajadores por motivo de reducción de gastos de las empresas. También se ordenó la restitución de los obreros despedidos al trabajo.

Además, se aprobó un proyecto de decreto por el que se autorizaba el otorgamiento de licencias a los miembros del Ejército Rebelde que se encontraban desempeñando cargos públicos, para que pudieran vestir el uniforme verde olivo y usar las insignias y distintivos correspondientes a sus grados militares. Se aprobó un proyecto de ley para dejar de aplicar el Acuerdo Ley No. 37, de 1958, que extendía al ejercicio fiscal de 1958-1959 la contribución de medio día de haber para la creación de un monumento al lugarteniente general Antonio Maceo y Grajales. Monumento el cual –no obstante haber cobrado la tiranía esa contribución en el año fiscal de 1957-1958– no se había iniciado el proyecto. Los politicastros, en sus robos, no respetaban la memoria de los héroes de la patria.

Por último, fue aprobado un proyecto de ley por el cual se ampliaría el crédito presupuestario para la Comisión Nacional de Deportes, afectando en igual suma el presupuesto de la inoperante Cámara de Representantes.De esta forma terminó la primera sesión del Consejo de Ministros presidida por el jefe de la Revolución.[9]

Finalizada la sesión del Consejo de Ministros, Fidel, el ministro de Educación, Armando Hart y el de Recuperación de Bienes Malversados, Faustino Pérez, llevan los acuerdos adoptados al periódico Revolución. Junto al director del diario, discuten y sugieren los cintillos de la próxima edición.

La primera renuncia de un ministro al Gobierno Revolucionario se produce al día siguiente de la toma posesión de Fidel. El doctor Ángel Fernández Rodríguez presenta su dimisión como titular de Justicia. Urrutia la acepta y ese mismo día, el doctor Alfredo YaburMaluf asume el cargo vacante.

 

[1]Enrique Oltuski: Gente del llano, pp. 271-274.

 [2]Ibídem, pp. 274-275.

 [3]Luis M. Buch Rodríguez: Gobierno Revolucionario Cubano: génesis y primeros pasos, pp. 73-74.

[4]Ibídem, p. 74.

[5]Revolución: 15,La Habana, 14 de febrero de 1959.

[6]Luis M. Buch Rodríguez: Gobierno Revolucionario Cubano: génesis y primeros pasos, p. 76.

[7]Ibídem, pp. 76-77.

 [8]Revolución: 1 y 2, La Habana, 17 de febrero de 1959.

 [9]Luis M. Buch Rodríguez: Gobierno Revolucionario Cubano: génesis y primeros pasos, pp. 78-82.

 

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