MEMORIAS DE LIBORIO: De todo como en botica: Agustín Lavastida.

(Tomado de Las memorias de Liborio. La república de los años 50, del Instituto de Historia de Cuba, Editora Política, pp. 40-44, La Habana, 2005).

Quién cometiera los crímenes que ejecutó Agustín Lavastida no podía escapar a la justicia revolucionaria; sin embargo, en el país que proclama ser el primero en el respeto a los derechos humanos, lo acogieron como un héroe, a pesar de la negra historia que relataremos a continuación.

Ingresó en el cuerpo policiaco el 3 de abril de 1942, cuando tenía 22 años. Por su habilidad e inteligencia logró entrar en los servicios especiales de la Policía, desde donde inició una cruzada contra los banqueros de la charada, los proxenetas y traficantes de drogas en Camagüey.Con la primera detención todos quedaban a su merced: la patente de corso para seguir operando tranquilamente la conseguían a costa de una parte de sus utilidades.

Lavastida comprendió que el éxito de la empresa a que ahora se dedicaba dependía del visto bueno de la alta oficialidad y comenzó a repartir ganancias a sus superiores. Ello le valió, en 7 años, el ascenso de vigilante a primer teniente. Sin embargo, su enrolamiento en escándalos públicos con prostitutas y proxenetas fue tomado como argumento para ser expulsado de la Policía en enero de 1950. La verdadera causa fue que se había convertido en un intermediario demasiado caro y los jefes preferían negociar directamente con los hampones.

Dos años después, en 1952, acudió a su viejo amigo de Camagüey el capitán Alberto del Río Chaviano, ascendido por Batista a coronel, y gracias a él reingresa en la Policía, para continuar en Santiago de Cuba la laboriniciada en la Ciudad de los Tinajones.

A título personal comenzó una redada contra banqueros, chulos y traficantes de drogas que le permitió, en 8 meses, controlar y manipular a favor suyo y de Río Chaviano el contrabando de estupefacientes,  la prostitución y el juego. Al mismo tiempo se destacó en la represión a los revolucionarios, fundamentalmente aquellos que participaron en la acción del Moncada, a los que masacró bajo el eslogan: “Lo mismo abofeteo, que torturo”,actitud por la que el 28 de julio de 1953, con el grado de capitán, el Mérito Policiaco y la Distinción  10 de marzo, era felicitado personalmente por  Batista  debido a su “valiente y activa” defensa del cuartel Moncada.

El general Martín Díaz Tamayo, quién reemplazó a Río Chaviano en Santiago de Cuba, reconoció las “virtudes y cualidades” de Lavastida como controlador del bajo mundo y lo utilizó hasta 1956, en que lo sustituyó. Para esta fecha Lavastida con su actitud se había ganado el derecho a ser uno de los oficiales más odiados en esa ciudad.  Consiguió un puesto de igual categoría en Holguín y allí, bajo la sombra protectora del coronel Fermín Cowley Gallegos, continuó la explotación de los negocios ilícitos y su sed de sangre adquirió mayores dimensiones.

A la vez que el juego aumentaba en Holguín como nunca antes, con la presencia incluso de profesionales de La Habana, Lavastida controlaba el azúcar, el café, la madera y la droga. Recogía personalmente el dinero del juego y controlaba además este en los carnavales de Las Tunas. Conjuntamente “cuidaba” que los revolucionarios no entorpecieran las fiestas. Fue por ello que se convirtió en la mano derecha del coronel Cowley en su operación “Pascuas Sangrientas”; engendro al parecer salido de la mano de Caronte, el barquero del infierno, y que costó la vida de 23 cubanos, torturados, vejados y finalmente asesinados por estos aprendices de Lucifer.

Los nombres de esos esos muchachos que engrosaron el martirologio de la patria son: William Aguilera Ochoa, Enrique Casals Villarreal, Antonio Concepción Perodín, Ángel Valerio Consuegra, Pelayo Cusidó Torres , Pedro Miguel Díaz Cuello, Armando Marcelino Guzmán Guidi, José Mendoza García, Silverio Núñez Hernández, Thelmo Esperance Leveille, Manuel Aquiles Espinosa Salgado, Jesús Manuel Feliú Leyva, Gilberto Teodoro de los A. González Rojas, Loynaz Esmerando HechevarríaCodoves, Isaac Hernández Oliver, Héctor Infante Pérez, Enrique Morgan Nicolaus, Rafael Fausto Orejón Formet, Luis Peña Martínez, José MarcialEustorgio Pérez Cruz, Luis Cera Moreno, Ramón Téllez Peña y Alejo Tomás López.

Frente a esta masacre los combatientes revolucionarios en Holguín, en una operación comando, ajusticiaron al principal  asesino de la zona, el coronel Cowley. Nuevamente la tiranía arremetió contra los jóvenes con o sin filiación política definida. Esta vez la represión fue encabezada por el segundo jefe del SIM Irenaldo García Baez y el capitán Lavastida, quienes convirtieron a Holquín en su coto de caza y  los revolucionarios, osimplemente sospechosos de serlo, fueron la base material para sus despiadados instintos.

En menos de 72 horas los esbirros especializados en torturas habían utilizado, sin éxito, todos sus “refinados métodos” bajo la dirección de Irenaldo y Lavastida, quienes además ejecutaron personalmente muchos prisioneros.

La “silla”, por ejemplo, consistía en desnudar completamente al detenido y sentarlo a horcajadas en un taburete sin fondo y sin respaldar para que los testículos de la víctima quedaran al descubierto. Les amarraban las manos hacia delante y los pies a las patas de atrás. En esa posición se le flagelaba el cuerpo con una fusta y le golpeaba los testículos. Terminada esta parte, el prisionero, que quedaba, casi siempre inconsciente, permanecía en el mismo lugar a sol y sereno, sin darle agua y por supuesto, ninguna alimentación.

Otro de sus métodos fue el “saltico de rana”, que consistía en agarrar a los prisioneros por las piernas y las manos, juntarlas en la cabeza y lanzarlos contra el piso con toda su fuerza. El agudo dolor en todo el cuerpo y el estremecimiento que provocaban en la cavidad craneana los impactos contra el suelo son indescriptibles.

Pero no siendo suficiente para su instinto las torturas, acudían además al homicidio directo. Tal fue el caso ocurrido el 9 de diciembre de 1957, cuando los revolucionarios Atanagildo Cajigal, Manuel Angulo, Rubén Bravo, Ramón Flores, Mario Pozo y Pedro Rogena eran trasladados al Vivac de Holguín y fueron asesinados impunemente.

Los hechos ocurrieron así: Pérez Coujil apretó el gatillo y una larga ráfaga se hizo escuchar. Álvarez Noval, Lavastida, Irenaldo y Rosendo Abreu, simultáneamente dispararon contra los indefensos cuerpos. El silencio de la noche estalló en plomo, carne y sangre (…).

 

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