Fidel Castro está en Venezuela

(Tomado de Eugenio Suárez Pérez y Acela Caner Román: Fidel: EN EL AÑO DE LA LIBERACIÓN, Ed. Verde Olivo, t. 1, La Habana, enero-marzo, 2006).

 

De la misma pasta del Apóstol

A las siete de la mañana del viernes 23 de enero, en el aeropuerto militar de Columbia, la delegación que encabeza Fidel Castro se dispone a partir rumbo a Caracas, invitada a participar en los festejos con los cuales Venezuela celebra el primer aniversario del derrocamiento de la tiranía de Pérez Jiménez.

El Britannia ya se ha posado en el aeropuerto de Maiquetía. Desde el avión, Fidel advierte el impresionante panorama de la multitud. No se escucha con los sentidos, se percibe con el espíritu el cálido rumor de millares de caraqueños.

El avión dibuja círculos sobre la ciudad. Abajo, una cordillera de autos se dirige hacia la terminal aérea. Se ven las telas y banderas. Caracas está de fiesta. El aterrizaje se demora mientras se establece contacto con las radioemisoras que van a trasmitir el saludo y la gratitud de Cuba en la voz de su líder.

–Esto, más que un mensaje –son las palabras del Comandante en Jefe– es la expresión del extraordinario momento que estoy experimentando. He quedado deslumbrado con el panorama que me ofrece la ciudad de Caracas. Cuando volamos por sobre los ­cerros caraqueños me daba la impresión de que estaba en la Sierra Maestra. Reciba el pueblo de Caracas y de Venezuela mi más profundo agradecimiento por esta oportunidad que me brinda de asistir al aniversario de su liberación. Estoy emocionado con este cielo tan azul, que se ve más bonito porque lo embellece la libertad.

Desde la propia nave, un locutor venezolano responde al emocionado mensaje, leyendo una nota publicada en el diario La razón:

Hoy vive el pueblo venezolano su emoción más profunda y martiana. Un hijo de Cuba, de la misma pasta del Apóstol y de la contextura batalladora de Maceo, viene a compartir con nosotros el aniversario del 23 de enero. Y viene después de haber realizado la hazaña libertadora y libertaria más asombrosa de nuestro tiempo americano.

Venezuela está de fiesta con la llegada del gran caudillo cubano, hijo de Martí. Porque Fidel Castro –libertad en pie de guerra– está en su casa.

Cuando el avión enfila la pista de aterrizaje, la muchedumbre desborda los cordones de protección. Nada los contiene. Por unos segundos parece que va a producirse una catástrofe, porque han inundado la pista, en el camino del poderoso aparato aún con las hélices en marcha.

El piloto gira bruscamente a la izquierda, proa al mar lejano, eludiendo a la gente que casi quiere detener el transporte con sus manos. Hay unas cuantas sacudidas y el cuatrimotor se detiene. Enseguida, queda envuelto en una marejada humana.

Es la 1:25 minutos de la tarde, hora de Caracas, Venezuela. Al abrirse la puerta de la nave sale Fidel saludando con la mano. La ovación es ensordecedora. Fidel señala las mujeres de blusa roja y saya negra, los colores del 26. Se emociona. Se vuelve hacia uno de sus compañeros de viaje.

–Mira, negro y rojo, como en Cuba.

Y seguidamente:

–Pero esto es asombroso. Ha sido la emoción más grande de mi vida y yo no suelo mentir nunca. Es que Venezuela nos ha dado a nosotros sin que Cuba haya dado nada a Venezuela. Esta recepción es maravillosa. Esperaba la conocida bondad del pueblo venezolano, conozco la hospitalidad de estas gentes, pero tanto es asombroso.

Venezuela debe ser el país líder de la unidad de los pueblos de América

Los anfitriones invitan a Fidel y su comitiva a un almuerzo en el restaurante El Pinar. Entretanto, Caracas aguarda al líder de la Revolución cubana en la Plaza del Silencio. Es la misma apoteosis del aeropuerto de Maiquetía. Hasta donde alcanza la vista se extiende un mar humano. La prensa caraqueña certifica que la concentración supera las trescientas mil personas. En horas de la noche, Fidel les habla.

 – ¡Hermanos de Venezuela!

Se aquieta el rumor. Es el acento de súplica con que Fidel ­siempre inicia sus discursos desde que bajó victorioso de las montañas orientales.

– ¡Hermanos de Venezuela! Si pudiera con alguna frase expresar la emoción que he experimentado en el día de hoy lo diría todo afirmando que he sentido una emoción mayor al entrar en Caracas que la que experimenté al entrar en La Habana. De algún modo era en cierto sentido natural que el pueblo cubano diese al Ejército Rebelde las pruebas de cariño que nos dio. Por el pueblo de Cuba habíamos estado luchando durante siete años. De nosotros esperaba el pueblo de Cuba la liberación. De nosotros esperaba la libertad… Era lógico que los cubanos abrieran sus brazos para recibirnos.

Una pausa:

–Sin embargo, de Venezuela solo hemos recibido favores. De nosotros nada han recibido los venezolanos. En cambio, nos alentaron durante la lucha con su simpatía y su cariño. Hicieron llegar a Bolívar hasta la Sierra Maestra. Divulgaron por toda la América las transmisiones de Radio Rebelde. Nos abrieron las páginas de sus periódicos… Y después de haberlo recibido todo, al llegar a Venezuela nos encontramos con que nos reciben con el mismo cariño con que nos recibieron los cubanos.

– ¿Por qué vine a Venezuela? Vine a Venezuela, en primer lugar, por un sentimiento de gratitud. En segundo lugar, por un deber elemental de reciprocidad para todas las instituciones que tan ­generosamente me invitaron a convivir con Venezuela este día glorioso del 23 de enero. Pero también por otra razón: porque el pueblo de Cuba necesita la ayuda del pueblo de Venezuela. Porque ­nuestra patria está sufriendo la campaña más criminal, canallesca y cobarde que se ha lanzado contra pueblo alguno.

Hace el recuento de la gesta que liberó a la isla. Insiste, apasionadamente, en el derecho de Cuba a la justicia. Ha logrado el milagro del silencio. Crece a medida que habla y sus palabras cobran un excepcional acento americano. Brotan los nombres de Bolívar y de Martí.

– ¡Ojalá que el destino de nuestros pueblos sea un solo destino! ¿Hasta cuándo vamos a estar en el letargo? ¿Hasta cuándo divididos, víctimas de intereses poderosos? Si la unidad dentro de ­nuestros pueblos ha sido fructífera, ¿por qué no ha de serlo más la unidad de naciones? Ese es el pensamiento bolivariano. Venezuela debe ser el país líder de la unidad de los pueblos de América…

Al final:

–Llevo en mi corazón el impacto de las multitudes.[1]

Huésped de Honor

Caracas se apodera de Fidel. A su paso, las madres alzan los hijos pequeños para que tengan un atisbo del héroe. Firma autógrafos. Sobre una blanca hoja de libreta escribe un saludo que le solicita un periodista. El reportero examina el documento y hace una observación.

Comandante. Usted escribe Pueblo con mayúscula.

Y Fidel:

– ¡A ver! ¡Hasta en la ortografía se expresa la democracia!

Los homenajes tienen un hondo contenido popular. Los vecinos de la zona conocida por Los Mecedores acuerdan cambiarle el nombre al barrio, que ahora se llama Sierra Maestra. Una comisión visita a Fidel para pedirle que visite la barriada.

El sábado 24 son numerosos los encuentros y actos en que participa la delegación cubana. Sobresalen las conversaciones de Fidel con el pueblo, que retrasan el cumplimiento del programa.

La recepción en el Concejo Municipal ocupa el primer sitio en el programa. El jefe revolucionario, en sesión solemne, es declarado Huésped de Honor. Las firmas de Fidel y sus acompañantes quedan estampadas en el Libro del Concejo. Celso Forteul Padrón dice las palabras de bienvenida. Le responde Fidel: “Los pueblos en estos últimos años han aprendido mucho. Se han despertado y están despertando”.

Alza la vista hacia un óleo que decora el salón. El cuadro recoge el instante estelar en que los próceres venezolanos firman el acta de independencia. Calla, con los ojos clavados en la pintura. Todos siguen la dirección de su mirada.

–Imaginen aquel 5 de julio de 1811. Aquellos héroes se sintieron felices ese día porque creyeron haber conquistado la libertad definitiva del pueblo. Y, sin embargo, ¡cuánto ha tenido que ­luchar Venezuela después de esa fecha! ¡Es que la historia de América se ha escrito con dolor, con sudor, con lágrimas, con ­sangre!

Quizás el único héroe desde que terminó la gesta de los libertadores

A las doce del día, comienza la sesión en la Cámara de Diputados. El secretario lee el punto único del orden del día: recibir a Fidel, y concede la palabra al doctor Domingo Alberto Rangel, diputado por el partido Acción Democrática.

Estamos recibiendo a un hijo de Venezuela –afirma– porque Fidel Castro tiene carta de naturaleza en nuestro país. Venezuela, madre de libertadores, debe premiar como hijo suyo a quien ha sabido libertar de la opresión y del terror a un país hermano. Somos, Fidel Castro, un país que jamás se encerró dentro de sus fronteras, que no vivió con heroísmos ajenos el drama de las patrias hermanas, y que ha tenido como orgullo de todas las épocas de su historia el haberle tendido la mano al continente americano, para ayudarlo a salir de las tinieblas y llevarlo a la luz infinita de la libertad.

La figura que ahora nos visita –prosigue el orador– y quiero decirlo sin incurrir en el pecado de sacrilegio, tiene rasgos que le semejan de manera notoria, con aquel joven Simón Bolívar, que en 1812 abandonó Venezuela. Aquel joven Bolívar, un poco jacobino y hasta díscolo, tenía una idea que lo obsesionaba y por la cual se había convertido en peregrino de las rutas de América: la idea de libertar a Venezuela.

Apunta hacia el caudillo de la Sierra, sentado en el estrado presidencial:

Castro es hoy un héroe, quizás el único héroe que ha producido la América Latina desde que terminó la gesta de los libertadores. Pero el héroe no significaría nada, o se perdería en la tragedia del fracaso, si no tuviera a su lado un pueblo, que es la materia prima de la historia […].

Fidel Castro es el jefe de una revolución mucho más profunda, audaz y sólida que la nuestra. En Cuba, todo el aparato de opresión se viene al suelo y fue triturado por los pies del Ejército Rebelde. De la dictadura de Batista no queda nada. Nosotros, en cambio, ni siquiera sancionamos a los ladrones, muchos de los cuales se marcharon del país alegremente, como los boxeadores o los artistas de cine […].

Y esa es la historia de Venezuela. Llevamos ciento cincuenta años de vida republicana y todavía la justicia en este país no ha sido escrita con letras indelebles. Por eso, Fidel Castro, este pueblo sabe valorar la Revolución cubana y su valor y su firmeza. Por eso, Fidel Castro, nuestra solidaridad hacia ustedes no es de palabras, porque nos sale del corazón y quiere juntarse con ustedes para hacer de Venezuela y de Cuba, no dos patrias, sino una misma patria […].

Que los triunfos de Cuba no sean solamente de Cuba, y que los triunfos de Venezuela no sean solamente de Venezuela, sino de cubanos y venezolanos. Construyamos el gran continente de la democracia y del bienestar humano para dejar de ser los conejillos de indias en los laboratorios de la política internacional, y convertirnos en países definitivamente soberanos que tienen derecho a la luz, pero que también tienen derecho al pan.

Le corresponde el turno a Fidel. Expresa que en Venezuela ­puede hacerse una revolución tan profunda como la que se está haciendo en Cuba, por otros procedimientos. Uno de los presentes grita: “Aquí no ha habido verdadera revolución”.

Fidel levanta la vista tratando de localizar al interruptor. No se inmuta. Las palabras siguientes se dirigen a la tribuna pública. “Pero puede haberla. No toda revolución tiene que ser violenta. Aquí en Venezuela, ahora que el gobierno constitucional comienza sus funciones y las leyes se discuten en este Congreso, no se debe dejar morir el espíritu de la revolución, el espíritu del pueblo”.

Reanuda el hilo de su pensamiento:

–No merecen tener patria los hombres que la han esclavizado. No pueden tenerla porque si alguien les espera es para juzgarlos… Hermanados como están estos pueblos, la gigantesca manifestación de anoche constituye para nosotros el mejor respaldo moral que podemos obtener en un instante en que se teje alrededor de nosotros la más infame de las intrigas internacionales. Cuando los cubanos estuvimos pisoteados por la dictadura, nadie alzó su voz para defendernos. Y ahora que estamos implantando la justicia necesaria, los representantes de un país y hasta los organismos internacionales hablan de masacre y de barbarie en Cuba […].

–Son los mismos que cubrieron de medallas los pechos de Batista y Pérez Jiménez. Necesitábamos un respaldo moral y Venezuela nos lo ha dado. Ahora es indispensable que a los países democráticos les representen en la OEA hombres que denuncien las dictaduras. Allí están todavía los tristes casos de Santo Domingo, de Nicaragua y de Paraguay. Ojalá que ellos no necesiten siquiera ­llegar hasta el próximo mes de enero, porque hasta en esto nos parecemos Cuba y Venezuela… Los pueblos de América necesitamos unirnos para arrinconar a los tiranos y si en la Organización de Estados Americanos no nos hacen caso, pues vamos a retirarnos de la OEA.

Fidel precisa la postura de la Revolución cubana con respecto al pueblo venezolano: De ahora en adelante, sepan los tiranos que para hacer daño a Venezuela hay que contar con Cuba, así como hay que contar con Venezuela cuando se piense en dañar a los cubanos. Allá tenemos hombres y armas para cuando se necesiten […]”.

Este poeta vio, habló y estrechó la mano del genuino libertador de Cuba

Horas más tarde, Fidel se encamina al encuentro con los estudiantes en la Ciudad Universitaria. El anfiteatro vibra de júbilo. Para los estudiantes, Fidel es uno de los suyos. Aplauden, gritan, golpean rítmicamente en el piso, agitan pañuelos blancos. Alguien comenta: “es un hermoso desorden”.

El rector, Francisco de Venanzi, anuncia que el lunes siguiente se creará el Comité por la Liberación de Santo Domingo y propone que cada alumno colecte cien bolívares para iniciar los fondos destinados a la lucha contra Trujillo. Fidel es el primer contribuyente; le sigue el contralmirante Wolfgang Larrazábal, protagonista de los cambios políticos en el hermano país.

Puestos de pie, los estudiantes reciben a otro visitante ilustre: el poeta Pablo Neruda, quien lee su poema Un canto para Bolívar. Antes, pronuncia unas breves palabras: “En esta hora dolorosa y victoriosa que viven los pueblos de América, mi poema, con cambios de lugar, puede entenderse dirigido a Fidel Castro, porque en las luchas por la libertad cada vez surge el destino de un hombre para dar confianza al espíritu de grandeza en la historia de nuestros pueblos”.

Cuando Neruda concluye, se dirige a la mesa presidencial. Saluda a Fidel y dice: Si algún día se escribe la biografía de este poeta […] quiero que se diga que una vez vio, habló y estrechó la mano del genuino libertador de Cuba”.

El caudillo de la Sierra Maestra ocupa la tribuna. La gorra militar ha sido sustituida por la boina estudiantil que le ofrece una muchacha del Orfeón. No muestra signos de fatiga. El contacto con la bulliciosa juventud actúa como un estimulante: “Compañeros universitarios, los quiero llamar compañeros ­porque realmente me siento todavía universitario. Ningún sitio de Venezuela me ha sido más familiar que la universidad. Yo, que he sido estudiante, en ningún sitio me podía encontrar mejor que reunido con ustedes…” Añade que se impone la creación de una agencia informativa al servicio de la democracia, para que defienda a los pueblos americanos en su lucha por la democracia y sirva de contrapeso a las campañas confusionistas empeñadas en desfigurar la verdad.

De elemental cortesía, visitar al presidente Betancourt

Los siguientes puntos en el recorrido son la sede del gobierno, en el Palacio de Miraflores, y la embajada cubana. En esta última, Fidel desaparece. Lo encuentran comiendo en la cocina.

El domingo 25 se refugia en el hotel Humboldt, en la cima del majestuoso cerro El Ávila.

El viaje se realiza a bordo del único medio de transporte: un teleférico. La topografía, en mucha mayor escala, copia la Sierra Maestra. Recorriendo a pie las montañas, Fidel volvió a sentirse como en su casa. A las nueve y media de la noche visita la residencia del presidente Rómulo Betancourt. La entrevista privada dura dos horas y diez minutos. Antes y después de ella, conversan brevemente con la prensa.

Fidel aclara que esta entrevista no ­tiene carácter oficial ni forma parte de una gestión diplomática; su visita solo es un gesto de elemental cortesía, deseaba conocer a Betancourt, de quien ha leído varias obras y tiene abundantes referencias.

Muchos años después, Fidel rememora:

Visito a Venezuela en el año 1959, había una impresionante, gigantesca multitud, se habían acabado de celebrar las elecciones, estaban divididas las fuerzas, había una oposición de izquierda contra Rómulo Betancourt; un partido comunista fuerte, porque había luchado contra Pérez Jiménez, y mucha gente de izquierda estaba en esa junta. En Caracas, incluso, ganaron la mayoría frente a Rómulo Betancourt, pero es electo presidente.

No fueron buenas las relaciones; por las razones que fueran, con Rómulo Betancourt no congeniábamos, y no yo con él, sino más bien él conmigo; hubo gente que interpretaba aquello ­también como un cierto celo por el enorme recibimiento que me habían ­hecho en Caracas; y allí tuve, incluso, que manejar con cuidado la cosa, porque una enorme multitud como de 400 mil personas empezó a gritar contra Rómulo y contra toda esa gente, y he tenido que oponerme a la multitud y decir que yo no había ido allí a reunirme con ellos para que se utilizara esa ocasión para atacar a personalidades políticas del país y tuve que defender a Rómulo. Pero Rómulo fue después uno de los más activos enemigos de la Revolución cubana.

Cada vez que la libertad esté amenazada habrá que pensar en Fidel

La impresión que causa Fidel en su visita a Venezuela es reflejada en la prensa del hermano país. El periódico Revolución recoge una síntesis de lo que publican los más importantes rotativos venezolanos.

En El Nacional se dice:

Su palabra de visionario, de hombre que sobrepone los ideales a las vulgares maniobras de los politiqueros, debe servir de ejemplo a todos los pueblos del continente para que moldeen honradamente el porvenir de una estable democracia, donde sanamente sea posible la convivencia de todas nuestras clases sociales. En el ­verbo a veces fogoso, a veces paternal del guerrero y del intelectual, se descubre el más paladino desprendimiento. Su desenfado y su resolución, animan a pensar que estamos frente a un nuevo tipo de político, de organizador, de constructor, de forjador de la moderna democracia de América.[2]

El periódico El Independiente declara:

La apología de Fidel Castro no es a nosotros a quienes corresponde hacerla. La historia recogerá su nombre y su obra para colocarlo al lado de los grandes héroes –y aquí la palabra tiene un exacto significado– de la libertad de América. En realidad Fidel Castro ha revivido con su gloriosa gesta un concepto de heroísmo poco ­común en nuestros tiempos. Su presencia en nuestros días es una evocación exacta de otro mundo en el cual la actitud heroica marchaba a la par con el romanticismo.[3]

Un artículo de Alfonso Romazo reconoce la connotación del ­líder cubano:

Lo que más nos importa de Fidel Castro –como ayer de Martí o Maceo– aparte de la victoria alcanzada, es el símbolo que surge de su nombre. Cada vez que la libertad esté amenazada, en cualesquiera puntos de nuestra América, habrá que nombrar ese nombre, pensar en esa figura, tomar ese brazo para empuñar nuevamente los fusiles de la redención.[4]

Un extenso editorial que publica este mismo día el periódico La Esfera, dice en una de sus partes:

Las palabras del jefe del 26 de Julio son respuestas para todos aquellos que desde México hasta Buenos Aires creen todavía que se puede torcer el curso de la historia de este hemisferio.

Fidel Castro ha venido a representar al dirigente tipo que la democracia latinoamericana necesitaba para replicar a la dictadura latinoamericana típica.[5]

El diario de gran circulación Últimas Noticias recoge en sus páginas el siguiente comentario:

Y agradeceremos siempre a Fidel Castro que haya venido a este país a contribuir con una lección práctica notable a este curso de educación cívica del que depende el futuro de nuestro país.

Fidel Castro, el universitario transformado en Comandante por obra y gracia de su valentía, abnegación y odio a las tiranías.[6]

Se escucha un grito de alarma

A la una de la madrugada del martes 27 de enero, Fidel Castro y la comitiva que le acompaña se encuentran en el aeropuerto de Maiquetía, en espera de abordar el avión que los llevará de regreso a la patria. Un trágico accidente enluta el júbilo reinante.

Por la pista se acerca rodando suavemente un Douglas C-4 de Aerovías Q. El comandante Paco Cabrera, miembro de la delegación cubana, está de espaldas, a unos pasos del Comandante en Jefe. Se escucha un grito de alarma:

– ¡Cuidado!

Cabrera se vuelve rápidamente. Y la nave está sobre él. Se encoge en gesto instintivo de defensa y una de las paletas de la hélice lo golpea brutalmente. Cuando se acercan a recogerlo está muerto.

Ya en Cuba, en horas de la noche del 27 de enero, Fidel Castro acude a la funeraria de Calzada y K para rendir homenaje al comandante Paco Cabrera, cuyo cadáver es trasladado pocas horas después para su natal Puerto Padre. Así lamentablemente termina la visita a Venezuela.


[1] Sección en Cuba, revista Bohemia, (5): 89, La Habana, 1 de febrero de 1959.

[2] Periódico Revolución: p. 20, La Habana, 26 de enero de 1959.

[3] Ídem.

[4] Ídem.

[5] Ídem

[6] Ídem

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