MEMORIA DE LIBORIO: DE TODO COMO EN BOTICA: AGUSTÍN LAVASTIDA

Tomado del libro: MEMORIA DE LIBORIO del Instituto de Historia de Cuba.

Quién cometiera los crímenes que ejecutó Agustín Lavastida no podía escapar a la justicia revolucionaria; sin embargo, en el país que proclama ser el primero en el respeto a los derechos humanos, lo acogieron como un héroe, a pesar de la negra historia que relataremos a continuación.

 Ingresó en el cuerpo policiaco el 3 de abril de 1942, cuando tenía 22 años. Por su habilidad e inteligencia logró entrar en los servicios especiales de la policía, desde donde inició una cruzada contra los banqueros de la charada, los proxenetas y traficantes de drogas en Camagüey.

 Con la primera detención todos quedaban a su merced: la patente de corso para seguir operando tranquilamente la conseguían a costa de una parte de sus utilidades.

 Lavastida comprendió que el éxito de la empresa a que ahora se dedicaba, dependía del visto bueno de la alta oficialidad y comenzó a repartir ganancias a sus superiores. Ello le valió, en 7 años, el ascenso de vigilante a Primer Teniente. Sin embargo, su enrolamiento en escándalos públicos con prostitutas y proxenetas, fue tomado como argumento para ser expulsado de la policía en enero de 1950. La verdadera causa fue que se había convertido en un intermediario demasiado caro y los jefes preferían negociar directamente con los hampones.

 Dos años después, en 1952, acudió a su viejo amigo de Camagüey, el Capitán Alberto del Río Chaviano, ascendido por Batista a Coronel y gracias a él reingresa en la policía, continuando en Santiago de Cuba, la labor iniciada en la Ciudad de los Tinajones.

 A título personal comenzó una redada contra banqueros, chulos y traficantes de drogas que le permitió, en 8 meses, controlar y manipular a favor suyo y de Río Chaviano el contrabando de estupefacientes,  la prostitución y el juego, así como se destacó en la represión a los revolucionarios, fundamentalmente aquellos que participaron en la acción del Moncada, a los que masacró bajo el eslogan: “Lo mismo abofeteo, que torturo”. Actitud por la que el 28 de julio de 1953, con el grado de Capitán, el Mérito Policiaco y la Distinción  10 de marzo, era felicitado personalmente por  Batista  debido a su “valiente y activa” defensa del Cuartel Moncada.

 El General Martín Díaz Tamayo, quién reemplazó a Río Chaviano, en Santiago de Cuba, reconoció las “virtudes y cualidades” de Lavastida, como controlador del bajo mundo y lo utilizó hasta 1956, en que lo sustituyó. Para esta fecha Lavastida con su actitud se había ganado el derecho a ser uno de los oficiales más odiados en esa ciudad.  Consiguió un puesto de igual categoría en Holguín y allí, bajo la sombra protectora del Coronel Fermín Cowley Gallegos, continuó la explotación de los negocios ilícitos y su sed de sangre adquirió mayores dimensiones.

 A la vez que el juego aumentaba en Holguín como nunca antes, con la presencia incluso de profesionales de La Habana, Lavastida controlaba el azúcar, el café, la madera y la droga. Recogía personalmente el dinero del juego y controlaba además éste en los carnavales de Las Tunas. Conjuntamente “cuidaba” que los revolucionarios no entorpecieran las fiestas. Fue por ello que se convirtió en la mano derecha del coronel Cowley en su operación “Pascuas Sangrientas”; engendro el parecer salido de la mano de Caronte, el barquero del infierno y que costó la vida de 22 cubanos, torturados, vejados y finalmente asesinados por estos aprendices de Lucifer.

 Los nombres de esos 22 jóvenes que engrosaron el martirologio de la Patria son:  William Aguilera, Enrique Casals, Antonio Concepción, Angel Valerio Consuegra, Pelayo Cusidó, Pedro M. Díaz Cuello, Arsenio Escalona, Thelmo Esperance, Aquiles Espinosa, Jesús Feliú, Gilberto González, Loynaz Hechevarría, Isaac Hernández, Héctor Infante, Enrique Morgan, Rafael Fausto Orejón, Luis Peña, José Marcial Pérez, Luis Sera, Ramón Téllez, Alejo Tomás López.

 Frente a esta masacre los combatientes revolucionarios en Holguín, en una operación comando, ajusticiaron al principal  asesino de la zona, el Coronel Cowley. Nuevamente, la tiranía arremetió contra los jóvenes con o sin filiación política definida. Esta vez la represión fue encabezada por el segundo Jefe del SIM Irenaldo García Baez y el Capitán Lavastida; quienes convirtieron a Holquín en su coto de caza y  los revolucionarios, ó simplemente sospechosos de serlo, fueron la base material para sus despiadados instintos.

 En menos de 72 horas, los esbirros especializados en torturas habían utilizado, sin éxito, todos sus “refinados métodos”, bajo la dirección de Irenaldo y Lavastida, quienes además ejecutaron personalmente muchos de éstos. Entre ellos la “silla”. Esta consistía en desnudar completamente al detenido y sentarlo a horcajadas en un taburete sin fondo y sin respaldar, para que los testículos de la víctima quedaran al descubierto. Le amarraban las manos hacia delante y los pies a las patas de atrás. En esa posición se le flagelaba el cuerpo con una fusta y le golpeaba los testículos. Terminada esta parte, el prisionero, que quedaba, casi siempre inconsciente, permanecía en el mismo lugar a sol y sereno, sin darle agua y por supuesto, ninguna alimentación.

 Otro de sus métodos fue el “saltico de rana”, que consistía en agarrar a los prisioneros por las piernas y las manos, juntarlas en la cabeza y lanzarlos contra el piso con toda su fuerza. El agudo dolor en todo el cuerpo y el estremecimiento que provocaban en la cavidad craneana los impactos contra el suelo son indescriptibles.

 Pero no siendo suficiente para su instinto las torturas, acudían además al homicidio directo. Tal fue el caso ocurrido el 9 de diciembre de 1957, cuando los revolucionarios Atanagildo Cajigal, Manuel Angulo, Ruben Bravo, Ramón Flores, Mario Pozo y Pedro Rogena eran trasladados al Vivac de Holguín y fueron asesinados impunemente.

 Los hechos ocurrieron así: Pérez Coujil apretó el gatillo y una larga ráfaga se hizo escuchar. Alvarez Noval, Lavastida, Irenaldo y Rosendo Abreu, simultáneamente dispararon contra los indefensos cuerpos. El silencio de la noche estalló en plomo, carne y sangre.

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