El aliado más importante que uno tiene en la prisión es la lectura

 

(Fragmentos tomados de Fidel Castro Ruz Guerrillero del tiempo. Conversaciones con el líder histórico de la Revolución Cubana, de Katiuska Blanco Castiñeira, primera parte, tomo II, Casa Editora Abril, La Habana, 2011 pp. 305-311)

FIDEL CASTRO. — El aliado más importante que uno tiene en la prisión es la lectura. Subrayar frases y hacer alguna que otra anotación ha sido siempre costumbre mía. Así destaco ideas esenciales, sobre todo cuando es más intenso el interés por lo narrado o expuesto en el libro; soy más metódico, más sistemático. Mientras leo voy subrayando ideas; a veces un párrafo entero si me parece interesante por algún motivo.

Si inicio un libro sobre asuntos conocidos, lo leo rápido, depende del tipo de obra; a veces cuando se trata de literatura científica, subrayo algunos puntos.

En otras ocasiones hago una primera lectura con la intención de volver a leer –siempre que tengo tiempo–, porque ya en la segunda lectura capto mucho mejor el contenido y voy anotando. Primero exploro el contenido, el valor de lo que se dice, y cuando se trata de algo más complejo, algo técnico por ejemplo, lo retomó y hago como un resumen.

Si uno realmente quiere sacar de un libro una mayor esencia, tiene que volver sobre él. Pero, claro, no siempre se dispone de tiempo.

Todas las noches antes de dormir leo una o dos horas, en dependencia del cansancio que tenga. […]

Siempre tengo varios libros en espera de que pueda leerlos y ahora, más que nunca, me doy cuenta de la importancia de las horas dedicadas a la lectura en la cárcel. Al inicio, principalmente leía lo esencial, textos relacionados con la defensa, era el objetivo primordial. Cuando me llevaron al Presidio Modelo con los demás compañeros, intentamos hacer estudios sistemáticos y fundamos la Academia Abel Santamaría para todos los combatientes presos. Allí realizábamos estudios sistemáticos de distintas materias, incluida la Filosofía. Creo que yo era profesor de Filosofía y Montané de Inglés. Pedrito Miret enseñaba otra asignatura. Nuestro propósito era elevar el nivel de todos los compañeros. Al poco tiempo hacíamos lecturas de tipo histórico, político, que en cierta forma se mezclaban también con las de carácter filosófico; y, además, incluíamos biografías y obras de la literatura universal. Estas últimas son un poco más recreativas en cierto modo.

Recibí Juan Cristóbal, de Romain Rolland, una obra enorme, notable, maravillosa, en una edición de diez tomos.

Creo que en ese periodo volví a leer Los miserables, de Víctor Hugo; releí algunos de esos libros. También El Quijote.

KATIUSKA BLANCO. — […] Sé que le fascinan los libros y evoco la última carta que escribió desde la prisión a su Hermana Lilia [el 2 de mayo de 1955], como decálogo de los principios que seguiría con rectitud toda su vida:   “Valdré menos cada vez que me vaya acostumbrando a necesitar más cosas para vivir, cuando olvide que es posible estar privado de todo sin sentirse infeliz. Así he aprendido a vivir y eso me hace tanto más temible como apasionado defensor de un ideal que se ha reafirmado y fortalecido en el sacrificio. Podré predicar con el ejemplo que es la mejor elocuencia. Más independiente seré, más útil, cuanto menos me aten las exigencias de la vida material.

“¿Por qué hacer sacrificios para comprarme guayabera, pantalón y demás cosas? De aquí voy a salir con mi traje gris de lana, desgastado por el uso, aunque estemos en pleno verano. ¿No devolví acaso el otro traje que yo no pedí ni necesite nunca? No vayas a pensar que soy un excéntrico o que me haya vuelto tal, es que el hábito hace al monje, y yo soy pobre, no tengo nada, no he robado nunca un centavo, no le he mendigado a nadie, mi carrera la he entregado a una causa. ¿Por qué tengo que estar obligado a ponerme guayabera de hilo como si fuera rico, o fuera un funcionario o fuera un malversador? Si nada gano en estos instantes, lo que tenga me lo tendrán que dar, y yo no puedo, ni debo, ni aceptaré ser el menor gravamen de nadie. Mi mayor lucha ha sido desde que estoy aquí a insistir y no cansarme nunca de insistir que no necesito absolutamente nada; libros solo he necesitado y los libros los tengo considerados como bienes espirituales […]. El deseo de que mis libros estén arreglados y en orden para cuando yo llegue, me conforta, me alegra y me hace más feliz que todas las demás cosas, y no me entristece ni me apena, ni me apesadumbra. Yo no puedo tener debilidades, si las tuviera hoy, por pequeñas que fuesen, mañana no podría esperarse nada de mi”.

Comandante, siento hermosa y espartana la actitud que guió sus luchas hasta hoy. Está claro que no le interesaba nada material, sólo sus libros lo reconfortaban. ¿Quién se los enviaba? ¿Cómo pudo conformar aquella pequeña, pero valiosa, biblioteca?

FIDEL CASTRO. —Una parte de los libros yo los pedía a familiares y a distintas personas. Los demás me lo enviaban sin que yo los solicitara.

La compañera que trabajó con nosotros en asuntos de la revolución, a quien escribí las cartas mencionadas antes [se refiere a Naty Revuelta], tenía muy buen gusto para escoger los libros y me envió muchos de los que leí en tal etapa.

Ella tenía ciertas posibilidades económicas y nos ayudó también en lo del Moncada. Era militante del Partido Ortodoxo, una de las colaboradoras que más nos ayudó. Mientras estuvimos presos nos suministró muy buenos libros. De la casa también me enviaron, en especial Lidia, otras amistades y compañeros de lucha, porque libros yo sí pedía; solicitamos a mucha gente y nos llegaban por diferentes vías.

Nuestro problema era que los dejaran entrar en la prisión. Por ejemplo, El capital, de Carlos Marx, entró sin problemas; por ser un libro que se llamaba El capital, no hubo ningún obstáculo para que lo recibiera. En cambio, un día mandaron un libro que yo conocía, lo había leído ya una vez y no le di gran valor, pues, a no ser desde el punto de vista literario, no lo tenía para mí en la práctica político-social, se llamaba Técnica del golpe de Estado, de Curzio Malaparte; un libro de ficción que pretende explicar la técnica con que se realizó, en 1917, la Revolución de Octubre. Pero era una fantasía, solo eso. Tal parecía que la toma del poder era una cuestión técnica y no política, pero como el libro se titulaba Técnica del golpe de Estado, me lo retuvieron.

Otro que alguien me mando, una biografía de Stalin, por León Trotski, también lo retuvieron; era considerado subversivo, material prohibido. […]

Yo establecí cierta relación amable con el censor, el señor Rives, y logré  influir sobre él. Como aquellos militares sabían muy poco de literatura, historia, economía o filosofía, colocaron en aquel puesto a un funcionario más preparado. Le expliqué que era ridículo que retuvieran Técnica del golpe de Estado, un libro que conocía y no tenía ningún valor, pues se trataba de una fantasía; también le argumenté que la biografía de Stalin había sido escrita en su contra por su más irreconciliable y feroz enemigo, debido a lo cual no tenía sentido que prohibiera pasar dicho volumen solo porque llevara su nombre. Utilicé tales asuntos de pretexto para fastidiar, ridiculizar un poco la prohibición y exigir que me entregaran los libros, y sobre todo para defender el derecho de que me mandaran libros.

En general, no hubo dificultades para recibir cientos de volúmenes. Tenía los libros de Balzac, las obras completas de Dostoievski –tuve realmente el mal gusto de leer todos los libros de Dostoievski en la prisión, porque no es el mejor lugar; son excelentes libros, maravillosos libros–, todos los libros de Tolstoi, excepto La guerra y la paz, los tenía allí. El máximo de tiempo lo dediqué a leer y escribir mensajes relacionados con la Revolución.

Ahora, parte de la lectura era recreativa, desde luego, pero toda útil. Claro, psicológicamente, siempre en el prisionero hay cierta dosis de amargura, no voy a decir que son las condiciones ideales y perfectas para el estudio, porque uno tiene que hacer un esfuerzo de abstracción. Pero no hay duda de que fue provechoso. Rives también nos ayudó con la correspondencia, estuvo siempre de nuestro lado.

 

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