El sanguinario coronel Conrado Carratalá Ugalde

El sanguinario esbirro de la tiranía batistiana Conrado Carratalá Ugalde escapó cobardemente en la madrugada del Primero de Enero de 1959, asustado y con la rapidez de un vulgar ladrón sorprendido forzando una puerta.

Carratalá ingresó en la Policía como vigilante el 25 de noviembre de 1933, a los 22 años, y fue ganando ascensos en la medida en que sus crímenes y torturas servían para apoyar a los gobernantes de turno. Sin embargo, su meteórica carrera se produjo a partir del 10 de marzo de 1952, por el grado de comprometimiento que tuvo en el golpe castrense.

Esta afirmación está avalada por su propio expediente que certifica que el 15 de marzo de 1952 —nótese que sólo habían transcurrido 5 días del golpe de Estado— fue ascendido al grado de comandante de primera categoría y en un solo día, el 8 de mayo de ese año, se ascendió a teniente coronel y a coronel de primera de la División Central del Cuerpo de Policía.

Esto se lo merecía por estar dentro del grupo de conspiradores de la Policía Nacional, que apoyaba a Batista, quienes necesitaban la ayuda y respaldo del tirano para mantener la corrupción del cuerpo policiaco, que en todo el país era considerable, pero en La Habana tenía vuelos increíbles por el lucro que representaba.

Batista ratificó a la plana mayor de la Policía en sus mandos y jefaturas. Con este acto no solo legalizaba a sus condicionales, sino que “defendía” la apreciable participación en las utilidades que le reportaban los “negocios” que estos manejaban. “Negocios” tales como: el libre desenvolvimiento del juego, la prostitución y el tráfico de drogas, que le reportaban jugosas ganancias.

Este criminal escribió páginas de violencia, abusos y atropellos contra la población habanera, generalmente no actuaba solo, su “valentía” se reflejaba mucho mejor en grupo o apoyado por otros sicarios como Esteban Ventura Novo y Lutgardo Martín Pérez.

Son incontables las fechorías cometidas por el “famoso” coronel, quien  poseía una congénita insensibilidad moral y vocación represiva que demostró en innumerables ocasiones.

 

Una de ellas fue en 1953, el caso de José F. Fortuny Rodríguez, a quien detuvieron el 12 de diciembre de ese año, cuando salía del trabajo en la Vía Blanca. Lo llevaron al SIM y fue torturado por varios criminales, entre los cuales se destacó Conrado Carratalá. Posteriormente el cadáver apareció tirado en el reparto Buena Vista.

Otro hecho bochornoso ocurrió a fines de 1956, cuando arrestaron al padre Ramón O’ Farril, acusado de ocultar a 8 jóvenes revolucionarios en el templo a su cargo. Los esbirros exigieron la delación. Su negativa determinó 4 días de palizas y torturas.

El sacerdote fue sacado del suplicio con los oídos sangrantes, las costillas fracturadas y ultrajada su dignidad. Habían participado en el tormento al clérigo el brigadier Rafael Salas Cañizares y los oficiales Ventura y Carratalá, los peores monstruos de la tiranía.

El asunto desató una oleada de indignación en la congregación religiosa, por eso el sacerdocio solicitó a sus jerarcas, la excomunión de los responsables de tal vil atropello, pero el episcopado retrocedió ante la perspectiva de un conflicto frontal con el déspota.

Un año después, el 23 de abril de 1957, el capitán Julio Dámaso Vázquez testimonió que fue detenido en K entre 21 y 23 en unión de Sergio González, el Curita, Nalliv Aldala, Rogelio Montenegro Guash y Antonio Díaz. Fuimos llevados al Buró de Investigaciones. Sobre las siete de la noche llegaron los coroneles Esteban Ventura y Conrado Carratalá, junto a los tenientes Calzadilla y Laurent, los cuales comenzaron a torturar al Curita, a quien le extirparon sus partes, le pincharon y quemaron el pecho.

Cerca de las diez de la noche el Curita fue sacado del Buró acompañado de Bernardino García y otro de apellido Borrell. A los dos días, cuando me pasaron otra vez al Castillo del Príncipe, me llegó la noticia de que el Curita y sus compañeros habían aparecido acribillados a balazos en el reparto Fontanar.

La policía quiso justificar el crimen alegando que las víctimas habían asaltado una perseguidora y que en el encuentro habían caído los tres y resultado herido un vigilante, del cual no se obtuvo fotografía alguna. 1

Alma torturada siniestra la del coronel Carratalá, que disfrutaba al ensañarse con sus víctimas. Uno de los casos más crueles y masivos en los que participó fue en la masacre del recinto penitenciario conocido como El Castillo del Príncipe, en Ciudad de la Habana, el 1.0 de agosto de 1958.

El motivo de la matanza y la irrupción de Carratalá, Ventura y otros esbirros fue la decisión de los reclusos de cantar el himno nacional a determinadas horas del día.

Testigos de los hechos, Mignolio Moré Gómez y Reyneiro Martínez González, expresaron que en la reja de la entrada del pabellón había señales de numerosos agujeros incrustados al hierro, los cuales hablaban gráficamente de la furia del coronel Carratalá contra los miembros del 26 de Julio detenidos en ese recinto penitenciario. Manifestaron además que ese 1.0 de agosto de 1958, la prisión de La Habana se convirtió en un verdadero infierno de terror.

El impetuoso militar Conrado Carratalá dio escape a sus impulsos homicidas disparando la ametralladora a mansalva contra 500 presos políticos encerrados en la cárcel, a muchos de los cuales él y sus secuaces habían torturado con anterioridad.

Carratalá tenía especial interés en uno de los revolucionarios, quien se había destacado en la lucha contra la tiranía y conoció se encontraba entre los presos, le vociferaba: ¡Cecilio Vázquez2 asoma la cara, que te voy a matar! Mientras recorría los pasillos de las galerías 1, 2, 3, 4 y 21 situadas en los altos del Castillo del Príncipe. En sus manos empuñaba la ametralladora que vomitaba plomo contra los presos políticos inermes. Cecilio no fue uno de los muertos porque los compañeros lo ocultaron. La matanza en el Castillo del Príncipe duró cerca de una hora y el jefe de la prisión coronel Francisco Pérez Clausell no hizo nada al respecto. El resultado fue 8 muertos y numerosos heridos. Entre los asesinados estuvieron: Roberto de la Rosa Valdés, Vicente Ponce Carrasco y Reinaldo Gutiérrez Alonso.

Por estas y otras atrocidades contra los prisioneros le incoaron varias causas judiciales que aparecen en su expediente militar, sin que por ello haya sido sancionado ni siquiera una vez. Inimaginable que se hiciera porque el gobierno de Batista no le convenía encauzar a sus secuaces. La putrefacción del sistema se desbordaba en sus mecanismos de represión, mediante los cuales pretendía mantenerse la dictadura. De esta manera, en vez de sanciones recibió muchas condecoraciones por los “servicios prestados”.

 

Las causas judiciales notificadas en su contra, que constan en su expediente militar, fueron motivadas por maltrato a detenidos, contra los derechos individuales, privación de libertad, asesinato y homicidio.

Entre ellas encontramos la Causa N.0 430 de 1954; la N.0 239 de 1955, seguida por el Juez de Instrucción Sección Quinta de La Habana; la N.0 984 de 1956, del Juzgado de Instrucción de la Sección Sexta; la N.0 1172 de 1956, Juzgado de Instrucción Sección Quinta; la N.0 5 de 1957 del Tribunal Superior de Jurisdicción de Guerra (TSJG); la N.0 13 de 1957 del TSJG, la N.0 65 de 1957; la N.0 67 de 1957 TSJG, la N.0 71 de 1957, TSJG, la N.0 410 de 1957, Juzgado de Instrucción Sección Cuarta; la N.0 48 de 1958, TSJG; la N.0 52 de 1958 del TSJG, por los sucesos de agosto de 1958 en el Castillo del Príncipe y la N.0 2383 de 1959, Juez de Instrucción de la Sección Sexta.

Con estos antecedentes Conrado Carratalá Ugalde fue acogido en territorio norteamericano con los brazos abiertos por los gobernantes de turno de ese país, ¿No conocían las deudas que tenía que pagar ante el pueblo por sus crímenes y asesinatos? Es difícil de creer. Cuba pidió su extradición porque contaba con las pruebas acusatorias.

Lamentablemente, él como otros asesinos que se refugiaron en territorio norteamericano disfrutó de una vida tranquila y sin remordimientos. Si bien han pasado muchos años desde su fuga, sobre la crueldad y los crímenes cometidos por este connotado esbirro, los pueblos deben conocer la verdad.

 

1 Revista Bohemia, 1.0 de febrero de 1959, p. 114.

2 Cecilio luego traicionó. Ver Nidia Sarabia: Tras las huellas de los héroes, Gente Nueva, La Habana, 1980, p. 29.

 

 

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