Cometieron el error de dejarme hablar

(Fragmentos tomados de Fidel Castro Ruz Guerrillero del tiempo. Conversaciones con el líder histórico de la Revolución Cubana, de Katiuska Blanco Castiñeira, primera parte, tomo II, Casa Editora Abril, La Habana, 2011 pp. 256-259, 262-265, 275-277).

FIDEL CASTRO: Luego prepararon un juicio en un sitio mucho más reducido, con la esperanza tal vez de que mi denuncia fuera silenciada gracias al reducido grupo de oyentes. Fue el 16 de octubre de 1953. También llevaron allí a Luis Crespo y a Gustavo Arcos. Nos juzgaron a los tres en el hospital civil, no me llevaron a la audiencia ni a la sala de los tribunales. Fue en una salita chiquitita. Asistieron muy pocas personas, entre ellas Bilito Castellanos y la periodista Marta Rojas. Allí fue donde pronuncié el alegato La historia me absolverá. No me permitieron llevar ni los libros ni el código penal con que contaba. Las ideas las expresé de memoria. […]

Tuve que recurrir al orden que había dado a las ideas en mi pensamiento durante largas hora de preparación. Debo señalar que me fue muy útil la denuncia que presenté ante el tribunal en los primeros días del golpe del 10 de marzo, era la premonición de que después habrían de ser imprescindibles los argumentos expuestos entonces. En la defensa de los revolucionarios, aquella fue un arma oportuna, eficaz, porque impugné al gobierno usurpador de Batista como ilegítimo e ilegal. Cuestioné la moralidad de aquel gobierno y concentré la defensa en la validez política, filosófica, moral y legal de la defensa.

Allí interrogué a todos los testigos, a los militares, uno por uno: ¡Ra, ra, ra!, y los sorprendí con las abismales contradicciones que ponían en entredicho su franqueza. Pero todo transcurrió en una estrecha salita, casi sin público, y después de violaciones y arbitrariedades, descaradamente absurdas y públicas; por eso afirmé que la justicia estaba enferma. Hablé en total unas 15 ó 20 horas, no recuerdo exactamente ante quiénes, de cualquier forma me iban a condenar. […]

El juicio parecía algo irreal, al final se conoció el veredicto del tribunal: 15 años de privación de libertad. […]

Siempre tuve una confianza absoluta en el futuro. Presenté un programa de lo que íbamos haciendo, y así libramos una batalla tenaz; desde el mismo momento en que me capturaron –aquellas palabras mías en la salita constituían, en parte, mi primer mensaje al pueblo con una amplia explicación de nuestra lucha, sus propósitos y sus principios–, siempre he asegurado que ellos cometieron el error de dejarme hablar; y aquel día empezamos a ganar la batalla. Mostramos constancia, dignidad y espíritu intransigente, desafiante y rebelde. […]

Recuerdo que un día me sacaron otra vez de la prisión. Ellos nunca decían qué iban a hacer mi qué paso daban. Cuando me sacaron, me llevaron al aeropuerto, me montaron en un avión yo cuando salía no sabía adónde iba, en manos de aquella gente podía esperar cualquier cosa. Voló el avión, aterrizó en Isla de Pinos y me llevaron para la prisión. Por primera vez me reunieron con todos los demás asaltantes del Moncada. Habían terminado dos meses y 17 días, más o menos, de encierro de incomunicación.

Yo pedí que me condenaran. La historia me absolverá

FIDEL CASTRO: El inmenso caudal martiano de ideas y principios fluía en nosotros en el centenario del nacimiento del apóstol. En aquel discurso, justifiqué y fundamenté el derecho a la insurrección, a la luz, incluso, de toda la filosofía liberal: la que imperó en la Revolución Francesa, la que imperó en la revolución en Estados Unidos, el derecho a la rebelión frente a la tiranía, defendido desde mucho antes por los enciclopedistas y los filósofos en Europa. La revolución socialista que latía en todo lo expresado no es en modo alguno una negación de la filosofía de la Revolución Francesa. El socialismo y las ideas socialistas son una continuación en otra época histórica de las ideas de la propia Revolución Francesa, muchas de las cuales son reivindicadas por el socialismo: los conceptos de libertad, igualdad y fraternidad. […]

En La historia me absolverá hay una correspondencia entre el pensamiento socialista y la fundamentación política e histórica del derecho a la insurrección, parte esencial de la doctrina socialista, que es el derecho a la rebelión frente al opresión y frente a la explotación.

Aunque no era todavía un programa socialista, la parte económica y la parte social son bien claras, se inspiran en un pensamiento socialista, lo preside tal pensamiento.

En mi autodefensa empleé una imagen bíblica: No se puede adorar a “los becerros de oro” –como aquellos del “Antiguo Testamento”— esperando los milagros de los becerros de oro, los milagros del capitalismo, los milagros de los ricos. Mi rechazo se expuso a través de una imagen bíblica, con un lenguaje para ser mejor comprendido y llegar a una población que en su gran mayoría todavía no asimilaba un mensaje marxista por su insuficiente preparación cultural y el maccartismo imperante. No digo que el pueblo son los terratenientes ni los ricos ni los industriales. “¡Ese es el pueblo, el que sufre todas las desdichas y es por tanto capaz de pelear con todo el coraje!”. A ese pueblo, cuyos caminos de angustias estaban empedrados de engaño y falsas promesas, no le íbamos a decir: “Te vamos a dar” sino: “Aquí tienes, lucha ahora con todas tus fuerzas para que sean tuyas la libertad y la felicidad”.

Cualquiera que leyera bien el alegato, quien lo hiciera cuidadosamente, podía percatarse de que se trataba de un programa socialista, donde se ponía de manifiesto un pensamiento de tal carácter, porque afirmé que no creía en la ley de la oferta y la demanda, en la solución espontánea; planteé que había que utilizar los recursos e invertirlos en un programa para el desarrollo del país en beneficio del pueblo, que no se podía creer en los becerros de oro, como los del “Antiguo Testamento”, que no hacía milagros; que no se podía creer en los ricos, en los capitalistas. Había, indiscutiblemente, una crítica al capitalismo, a las ideas capitalistas, al sistema. […]

La historia me absolverá, como programa revolucionario, fue ciertamente escrito con prudencia. Sí, lo pronuncié primero y le escribí después con cuidado. No empleé una terminología marxista; sí las ideas marxistas, su esencia. Diría que el alegato es una síntesis de ideas martianas y marxistas.

Hay una continuidad de pensamiento de las ideas de Martí y las ideas marxistas-leninistas, que corresponden a esta época donde existe el imperialismo, donde existe el capitalismo, cuando no es sólo un fenómeno en Cuba sino un fenómeno en el mundo entero. Y si Martí fue capaz de tener aquel pensamiento en aquella época, hoy Martí sería marxista-leninista, sería comunista, no hay la menor duda. En su época y su entorno era imposible, pero era un pensamiento avanzado, luminoso. Asombra que un hombre en sus circunstancias fuera capaz de concebir ideas tan avanzadas como las suyas. […]

KATIUSKA BLANCO: –A partir de la concepción de que el poder emana del pueblo y sólo puede emanar del pueblo, era particularmente importante qué usted entendía como tal. ¿No cree?

FIDEL CASTRO:–Sí, fíjate que yo digo: “Cuando nosotros llamamos pueblo, estoy pensando en los obreros, en los campesinos, en los estudiantes…”. Con un estilo propio y una forma que pudiera ser inteligible para la gente, para la población, en La historia me absolverá hice un ataque y una crítica fuerte a los latifundistas, a los ricos, a toda la política colonial. Se veía claramente la revolución del pueblo.

Sin embargo, el programa no creó inquietudes en tal sentido, en mi opinión, lo que pasó fue que la gente estaba muy impresionada por los hechos, por la denuncia de los crímenes, identificada con propósitos justos, y si alguien podía tener reservas de tipo social o asustarse por ese tipo de planteamientos –en los que incluía todo los presupuestos de una revolución socialista, sin utilizar la terminología–, si alguien podía alarmarse con tal lenguaje, posiblemente no le prestó mucha atención creyendo que se trataba de ideas de gente joven, pensando en numerosos programas anteriormente trazados y nunca cumplidos en Cuba. Es posible. Me he preguntado reiteradas ocasiones por qué, incluso, los sectores burgueses vieron con simpatía el programa. Probablemente pensaron que muchas de aquellas ideas eran irrealizables, sueños de juventud, delirios de un soñador impetuoso.

La concepción martianas y marxista de nuestra lucha estaba muy clara en el programa, por supuesto, hay que leerlo despacio para apreciar un pensamiento socialista, incluso un pensamiento marxista, que fluye natural, sin usar la terminología marxista, porque hago una definición de la sociedad dividida en clases, y algo más, digo: “El pueblo es este, todos esos sectores a los que siempre han engañado con promesas de todo tipo, con el que nunca han cumplido […]. A ese pueblo no le vamos a decir te vamos a dar, sino aquí tienes, lucha con toda tu fuerza para defender tu derecho a la vida […]. No les vamos a hacer promesas, les vamos a dar esto”. Era nuestra idea en el Moncada, cuya culminación contaba con la participación del pueblo como protagonista. Por supuesto, cuando decidí asumir mi propia defensa, trabajé intensamente en la preparación del alegato, yo contaba con las principales ideas, la estrategia, los conceptos, la denuncia; me parecía fundamental la explicación de los hechos, el programa, la fundamentación legal, moral, política, filosófica de toda la acción, y al final –al revés de lo que piden los abogados: la absolución–, yo pedí que me condenaran.

 

 

Continúa en la próxima edición.

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