La emboscada de Pino 3

Por René Vallina Mendoza Coronel (R)[1]

 En la madrugada del 27 de septiembre de 1958 las fuerzas del Ejército Rebelde reciben un duro golpe. La Columna No. 11 Cándido González cae en una emboscada en Pino 3, al sur de Camagüey, cuando se dirigía a abrir una nueva zona de operaciones. El jefe de la columna, capitán Jaime Vega, es el único responsable de este revés, pues viola todas las normas de seguridad e incumple las órdenes recibidas del Comandante en Jefe antes de partir de la Sierra Maestra el 8 de septiembre de 1958.

Aquella madrugada el grupo rebelde  se trasladaba en cinco vehículos: un automóvil donde viajaban el jefe de la columna y los principales oficiales, y cuatro camiones para la tropa. Habían avanzado un kilómetro aproximadamente cuando por la derecha del camino, entre la penumbra, apareció una frondosa arboleda de mangos a través de la cual se podía distinguir la silueta de varias casas que componían el batey de Pino 3, perteneciente a la colonia Los Pinos. Unos metros más adelante, el camino torcía  a la derecha en cerrada curva hacia el batey, mientras la línea del ferrocarril continuaba hacia el central. El cruce de esta era difícil dada la altura de los rieles y el de un puentecito de tablones de madera paralelo a ella, que daba paso  a un canal de regadío en dirección a  Pino 4, por lo que su superación debía hacerse lentamente. 

Unos metros más adelante, por el lado izquierdo, se levantaba una casa de madera usada como depósito de abonos, y unos veinticinco metros después del crucero el camino formaba una T, a la izquierda se dirigía hacia el central, donde a una docena de metros se levantaba una grúa cañera, y  a la derecha cruzaba por el frente del batey rumbo al de Becerra.

Al llegar a esta bifurcación del camino la máquina en que viajaba Jaime Vega y sus principales jefes se detuvo. El primero de los camiones al llegar al cruce de la línea y ver la máquina detenida hizo lo mismo, quedando entre la línea y la alcantarilla; el resto de los vehículos que hasta ese momento venía guardando cierta distancia, continuó avanzando hasta detenerse a escasos metros uno del otro. Los ocupantes del auto, al comprobar que los camiones habían llegado, encendieron las luces del vehículo para que observaran hacia dónde iban a tomar y Jaime le indicó a Nené Briñones que se incorporara al primer camión para que le sirviera de guía, que ellos continuarían con Mora que conocía el camino. Agustín Ferriol, uno de los compañeros que iban en ese camión, le preguntó la hora a Jorge Sánchez que poseía un reloj con esfera lumínica, este le respondió que eran las 02:10 de la mañana.

Se escuchó un disparo y segundos después un fuego cerrado de fusiles automáticos se concentró en los cuatro camiones. El automóvil había quedado fuera de la zona de fuego. Eran blancos de una emboscada. La columna rebelde en este momento ya tenía 165 combatientes.

Los hombres trataban de saltar a tierra en medio de la confusión creada por la sorpresa. Por instantes el fuego se concentraba más. Cientos de balas trazadoras daban en los costados de los camiones y en los cuerpos de los combatientes. Al caer a tierra, sin saber de dónde salían los disparos del enemigo, los más inexpertos corrían hacia el cañaveral y recibían las descargas a quemarropa. Otros combatientes trataban de buscar protección en las cunetas a ambos lados del camino.

Durante el combate no existió mando organizado. Múltiples fueron los actos de heroísmo y compañerismo entre la tropa rebelde. Otros, exponiendo sus vidas recogían heridos de las camas de los camiones y cargaban en hombros o cubrían la retirada al costo de su preciada vida.

La retirada se realizó en forma desordenada. Por intuición el grueso de los hombres salió de la emboscada y regresó al punto de partida conocido por Pino 4, o lo más próximo a este. Aquí se encontraron los sobrevivientes y el resto de los oficiales, quienes comenzaron a orientar a los combatientes para que se internaran en el monte. Sin embargo, nadie podía precisar con certeza cuántos habían caído.

Mientras tanto, en el lugar de la emboscada, la soldadesca con los fusiles listos para disparar, salía de sus posiciones para inspeccionar el terreno en el cual más de una treintena de cuerpos yacía esparcida sobre los camiones, las cunetas del camino, en medio del terraplén o entre una arboleda de mango. Transcurridos los primeros instantes y convencidos de que no corrían peligro alguno, se dieron a la nada loable tarea de despojar a muertos y heridos agonizantes de los escasos objetos de valor que poseían. En medio de esta abominable acción descubrieron a tres combatientes, quiénes fueron hechos prisioneros y breves momentos después asesinados.

Al amanecer de ese 27 de septiembre, ya el grueso de la tropa se encontraba en los montes de Laguna Grande o en sus alrededores. Atrás quedaba Pino 3 con un número indeterminado de muertos y heridos.

Aproximadamente a las siete de la mañana llegaba al hospital del batey del central Macareño un camión con once heridos. Los guardias rápidamente rodearon el local y pusieron postas en las puertas de acceso al inmueble para impedir la entrada o salida de personal. Mientras estos hechos ocurrían en el pequeño hospital, en Pino 3, se mantenía el macabro espectáculo de un grupo de cadáveres alineados a la orilla del camino, en tanto los soldados se entretenía tomando ron e interpretando música con una filarmónica y latas vacías usadas como instrumentos de percusión, y obligaba a algunos de los campesinos retenidos a beber con ellos.

En horas del mediodía los cadáveres se trasladaron al cementerio de Macareño donde fueron enterrados sin ataúdes, en una fosa común.

Pasadas las 5:00 de la tarde llegó al hospital el camión que se utilizaba para la recogida de basura del central Francisco con la orden de recoger a los heridos en dicho camión para ser trasladados a Camagüey. En esos momentos la suerte de esos guerrilleros estaba decidida. El coronel Pérez Coujil había dado instrucciones al teniente coronel Suárez Suquet sobre qué hacer con los heridos, quien a su vez designó al comandante Piñeiro para que las ejecutara.

A unos 8 km del batey del central Macareño el camión se detuvo. El comandante Piñeiro y otros militares comenzaron a disparar contra el vehículo que trasladaba a los heridos mientras este oficial gritaba que los rebeldes los atacaban. Desde el camión se escucharon voces de los heridos que decían: “¡Compañeros, somos nosotros que estamos heridos…! ¡No tiren!”. En medio del tiroteo, el sargento Otaño lanzó dos granadas de mano sobre los heridos que estaban dentro del camión. Uno de ellos, haciendo un esfuerzo supremo, logró saltar del vehículo y cuando intentaba cruzar la cerca que daba al potrero cayó ametrallado. Posteriormente, el propio Otaño subió al camión y con un fusil ametralladora comenzó a rematar a los que aún daban muestras de vida entre aquel amasijo de cuerpos decapitados y miembros cercenados por efecto de las explosiones de las granadas. Por su vesánico proceder, los propios soldados de la dictadura lo bautizaron con el sobrenombre de El Carnicero.

A medio kilómetro de distancia, desde el interior de un carro negro, unos militares contemplaban la escena. Concluida la abominable acción, trasladaron el camión con los cadáveres hasta el cementerio de Santa Cruz donde, en una fosa común, le dieron sepultura, no sin antes localizar a los mismos médicos del pueblo que en horas de la mañana de ese día habían estado en el hospital de Macareño con el propósito de prestarle atención médica, ahora para que extendieran los certificados que hicieran aparecer las muertes como producidas a causa de las heridas iniciales, tarea que cumplió personalmente el comandante Piñeiro.

En total 20 combatientes cayeron en la emboscada de Pino 3, dos fueron asesinados inmediatamente después del combate, y 11 fueron capturados y asesinados en horas de la tarde.1

Los reveses hay que publicarlos también

La Comandancia General da a conocer un parte de guerra en el que informa el revés sufrido el pasado 27 de septiembre por la Columna No. 11 en la emboscada de Pino 3.

Radio Rebelde, Octubre 17/58.

La situación militar.

Hemos recibido hoy de la Comandancia General el siguiente parte de guerra:

La Columna No. 11 al mando de Jaime Vega sufrió un serio revés en su zona de operaciones en la provincia de Camagüey.

Sobre este hecho ocurrido hace más de dos semanas no habíamos ofrecido información alguna, en espera de las investigaciones y los datos exactos que fueron orientados al respecto. Un revés táctico puede ocurrir a cualquier unidad de guerra, ­porque el curso de la misma no tiene necesariamente que ser una cadena ininterrumpida de victorias contra un enemigo que ha estado siempre con ventaja de armamentos y recursos bélicos, que ha llevado, sin embargo, la peor parte en esta contienda. Consideramos un deber del mando de ­nuestro ejército informar de cualquier vicisitud que pueda ocurrir a cualquiera de nuestras fuerzas en operaciones, por cuanto entendemos como norma moral y militar de nuestro Movimiento que no es correcto ocultar los reveses al pueblo ni a los combatientes.

Los reveses hay que publicarlos también porque de ellos se derivan lecciones útiles, para que los errores que cometa una unidad no los cometan otras, para que el descuido en que ­pueda incurrir un oficial revolucionario, no se repita en otros oficiales, porque en la guerra las deficiencias no se superan ocultándolas y engañando a los soldados, sino divulgándolas alertando siempre a todos los mandos, exigiendo nuevos y redoblados cuidados en el planteamiento y ejecución de los movimientos y acciones. […]

El capitán Jaime Vega, descuidando las medidas tácticas de seguridad contenidas en las instrucciones precisas recibidas y que deben tomarse siempre en territorio dominado por el enemigo, avanzaba en camiones por un terraplén que conduce al central Francisco, al sur de la provincia de Camagüey.

Luego de analizar los errores cometidos por Vega, el parte relata los crímenes de la soldadesca, que asesinó a todos los prisioneros heridos en la acción.

La narración de estos hechos por sí solos es suficiente para indignar al más insensible. Pero sobre ningún ciudadano ­puede producir los mismos efectos que sobre los médicos rebeldes que curaron a más de 100 soldados prisioneros heridos en los días de la ofensiva contra la Sierra Maestra, sobre ­nuestros combatientes que los transportaron en hombros y camillas, desde los campos de batalla a los hospitales a muchas millas de distancia. Tal vez entre esos heridos rebeldes asesinados se encuentren algunos de los compañeros que durante la batalla del Jigüe transportaron enemigos desde la línea de fuego a los sitios donde recibieron la primera atención en ­horas de la noche, escalando farallas casi inaccesibles. Los heridos asesinados en Camagüey vieron desfilar ante sus ojos en la ­Sierra Maestra a 442 soldados de la tiranía entregados a la Cruz Roja Internacional y cubana, y compartieron con ellos sus medicinas y alimentos.

La falta de reciprocidad no puede ser más repugnante y cobarde, no es este un caso aislado por parte de un oficial y una tropa determinada, es una costumbre generalizada en todo el ejército hasta un grado que produce asco. […]

Están perdiendo la guerra y sin embargo asesinan a los ­pocos heridos prisioneros que caen en manos del ejército. […]

No crean ninguno de los responsables de tales actos que ­tendrán escapatoria. No los salvará siquiera un viraje del ejército a última hora, porque una de las condiciones que hemos puesto y mantendremos firmemente ante cualquier golpe de Estado es la entrega inmediata a los tribunales de guerra de todos los militares y políticos que se hayan enriquecido con la sangre y el ­dolor del pueblo, desde Batista hasta el último torturador. De lo contrario tendrán que seguir afrontando la guerra hasta su total destrucción, porque la revolución no podrán obstruccionarla en lo más mínimo.

Fdo. Fidel Castro Ruz, Comandante en Jefe

1Sus nombres aparecen en la sección Tributo de este boletín.

 

Monumento a los caídos en Pino 3


[1] Sobreviviente de la emboscada.

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