El juicio sería una excelente tribuna

(Fragmentos tomados de Fidel Castro Ruz Guerrillero del tiempo. Conversaciones con el líder histórico de la Revolución Cubana, de Katiuska Blanco Castiñeira, primera parte, tomo II, Casa Editora Abril, La Habana, pp. 241-247, 249-255).

 Fidel Castro: —Me pusieron en una celda en la prisión de Boniato, en un pabellón, cerca de los otros combatientes. […]

En el mismo pabellón donde yo me encontraba preso recluyeron a Melba y a Haydée, y además a los líderes políticos a quienes trataban de involucrar. No recuerdo bien, quizás Raúl pueda contarlo con más nitidez. También considero que fue vital para mí la presencia de Melba y Haydée Santamaría o Yeyé, como le decíamos todos. Ellas me proporcionaron información a pesar del aislamiento en que pretendían mantenerme. Me separaron del grupo desde un inicio, pero de alguna manera nos comunicábamos cuando ellas se aproximaban al lugar donde yo estaba. Al principio les era posible porque los guardias al poco tiempo se hicieron amigos míos. Después, cuando se dieron cuenta, buscaron a un grupo selecto de guardias llenos de odio para que nos cuidarán -siempre he dicho que parecían basiliscos, tipos furiosos, muy escogidos para no dejarse influir por nosotros-. Nuestra situación en realidad empeoró entonces.

Yo sentía amargura todavía por el revés, la captura, la prisión; no por lo personal, sino por lo que significaba desde el punto de vista revolucionario, y, sobre todo, la mayor indignación se debía al conocimiento preciso que ya tenía de todos los crímenes, porque ya se sabían muchos de los crímenes: lo que habían hecho con Abel, con Boris Luis Santa Coloma, las cosas que ocurrieron también con otros combatientes; de todo eso me enteré allí por los prisioneros, y especialmente por Melba y Yeyé.

Además, me mantenían aislado, y por eso, quizás, hice una de las cosas más atrevidas y más audaces; no sé, incluso, si la más irresponsable: decidí declararme en huelga de hambre, y lo hice sin garantías constitucionales, sin prensa, sin noticias y sin nada. Era un desafío, un acto de rebeldía, y como una especie de presión moral, porque, además, no era una huelga pasiva, callada. Cuando me traían el desayuno: “¡No quiero desayuno!”. Gritaba alto: “¡No quiero desayuno, llévenselo a Chaviano para que se lo meta por el c…!” Llegó un momento en que no sabían qué hacer conmigo. Todo el mundo era testigo de mi insubordinación: los prisioneros, entre ellos los líderes políticos detenidos y todos los demás. No me importaba que me mataran, y llevé el desafío al máximo exponente. Chaviano era el dueño de Santiago de Cuba, de vidas y haciendas, era el que había asesinado a muchos de mis compañeros. Creo que mi actitud los desmoralizó, el hecho de que vieran en mí alguien que no temía, eso los dejaba perplejos y desarmados.

Al cabo de un tiempo, se produjo un arreglo conmigo; llegó un jefe y me habló en términos respetuosos: “Bueno –me dijo–, está bien, haga la huelga, pero no tiene necesidad de pronunciar tales palabras; usted es una persona educada, hay que tener cuidado”. El hombre me trató como a un completo caballero, y prácticamente me pidió que declinara mi actitud en nombre de la decencia. Llegó un tanto amable y su argumento fue tan razonable, que le dije: “Está bien, no voy a volver a decir esas palabras, pero no pienso comer, voy a seguir la huelga de hambre”.

El hombre casi me imploró que desistiera, y entonces le dije: “Bueno, esté tranquilo”, como una respuesta a la forma tan decente, tan caballerosa con que llegó el oficial. Suspendí las palabrotas y seguí la huelga de hambre.

Como a la semana, por la situación política embarazosa creada allí con la presencia de numerosos líderes políticos, fueron a verme y me comunicaron que suspenderían la incomunicación y me permitirían encontrarme con Melba y Yeyé. Hablo de una incomunicación relativa, porque estaba en una celda con rejas y veía y hablaba con todos los que pasaban por el pasillo.

Después, cuando a las 48 ó 72 horas reimplantaron la incomunicación, solo sentí desprecio por ellos, un profundo desprecio. Creo que ya se vislumbraba el juicio, y me concentré en aquella breve batalla algo quijotesca y quizás los freno en sus propósitos de eliminarme. […]

A través de mensajes verbales, me había comunicado con todos los compañeros y planeado la estrategia de asumir la responsabilidad con un idéntico pronunciamiento: “Sí, vinimos al Moncada,  vinimos a luchar por la libertad de Cuba”. Es decir, asumir una actitud beligerante y de denuncia a los crímenes, defender la justeza de nuestra acción, de nuestra lucha. […]

Durante el periodo de aislamiento recibí algunos libros; unos eran textos de ciencias sociales, muy útiles, sobre la historia de las doctrinas sociales, historia de las doctrinas políticas; también un volumen de las Obras Completas de Martí; pude recibir seis o siete libros; fueron muy importantes para mí porque debía aprender de memoria algunos pasajes, algunas citas, mientras me preparaba para el juicio. A no ser Ramón, nadie se imaginaba lo que tenía planeado.

Katiuska Blanco: –Ramón sí sabía porque le había escrito y usted a él el 5 de setiembre de 1953: “Me parece acertado lo que me propones sobre mi defensa, y así lo he estado pensando desde el primer momento. El juicio lo han transferido ahora para el día 21”. En otro fragmento agregaba: “Además, no sufro ningún género de arrepentimiento, en la más completa convicción de que me sacrifico por mi patria y cumplo con mi deber; eso indiscutiblemente es un gran estímulo. Más que mis penas personales, me entristece el recuerdo de mis buenos compañeros que cayeron en la lucha. Pero los pueblos solo han avanzado así, a base del sacrificio de sus mejores hijos. Es una ley histórica y hay que aceptarla.

”Es necesario que le hagas ver a mis padres que la cárcel no es la idea horrible y vergonzosa que ellos nos enseñaron. Tal es solamente cuando el hombre va a ella por hechos que deshonran: jamás cuando los motivos son elevados y grandes, entonces la cárcel es un lugar muy honroso”. […]

A sus padres envía el 23 de septiembre de 1953 una misiva en medio de las audiencias: “Espero me perdonen la tardanza en escribirles, no piensen nunca que es un olvido o falta de cariño; he pensado mucho en ustedes y solo me preocupa que estén bien y no sufran sin razón por nosotros […].

“El juicio comenzó hace dos días; va muy bien y estoy satisfecho de su desarrollo. Desde luego es inevitable que nos sancionen, pero yo debo ser cívico y sacar libre a todas las personas inocentes; en definitiva no son los jueces los que juzgan a los hombres, sino la historia y el fallo de esta será sin duda favorable a nosotros […].

”Quiero por encima de todo que no se hagan la idea de que la prisión es un lugar feo para nosotros, no lo es nunca cuando se está en ella por defender una causa justa e interpretar el legítimo sentimiento de la nación. Todos los grandes cubanos que forjaron la patria han padecido lo mismo que estamos padeciendo nosotros ahora. […]

Fidel Castro. –La verdad, creo que esperaba el momento con ansiedad. Durante 50 días estuve preso a la espera del juicio como una circunstancia muy importante, un hecho trascendente, porque nos disponíamos a tomar allí la ofensiva. Asumiríamos toda la responsabilidad ante el tribunal y nos convertiríamos de juzgados en jueces, denunciaríamos todos los crímenes de la tiranía. Teníamos suficientes elementos de juicios en informaciones filtradas a través de Melba y Haydée. Otra cuestión esencial era la oportunidad, después de tantos días de incomunicación, de reunirme de nuevo con mis compañeros de lucha.

Además, la vista sería oral y pública, a pesar de la censura no podrían silenciarnos ante un número de personas allí presentes. El juicio sería una excelente tribuna.[…]

El juicio fue en un salón. No recuerdo bien, pero creo que nos llevaron esposados hasta la sala, donde nos liberaron las manos, posiblemente lo concibieron así; o tal vez lo exigí en un momento determinado, porque mi actitud de desafío total continuaba. Sometí a duras pruebas, a evidencias irrefutables al gobierno de Batista, sus crímenes y atropellos. Nunca me permití el amedrentamiento, todo lo contrario, mi reacción natural fue desafiar, desafiar, desafiar; denunciar con palabras claras todo lo horrendo acontecido, denunciarlo en voz alta y cuantas veces fuera posible.

No sé cómo no me eliminaron entonces, tal vez fue aquella misma actitud lo que los detuvo en seco, por la circunstancia que ya expliqué del ruido del látigo del domador que paraliza a las fieras, y porque a Batista le pesaba como un gran fardo el asesinato de Guiteras desde viejos tiempos ya, y tal vez no quería que otra sombra incómoda rondará su destino.

Los soldados estaban por todas partes en aquel juicio; en cada esquina, cada asiento, cada banco, cada hilera: soldados, soldados, soldados, más soldados, un auditorio de lujo para la denuncia que debía realizar.

El fiscal comenzó el interrogatorio con cierto tono de insolencia, y yo le empecé a responder firmemente, asumí toda la responsabilidad y, al responderle al fiscal, denunciaba los crímenes. Puse en una situación muy difícil y embarazosa no solo al fiscal, sino también al tribunal. Invariablemente, al hacer el recuento del diálogo, evoque el hecho de que al no poder imputarnos vínculos con el corrupto gobierno anterior, entonces trataban de endilgarnos el sambenito de “comunistas”, y como nos habían ocupado libro de Lenin… […]

Bueno, como teníamos siempre los libros de Lenin bajo el brazo… No solo yo, también Abel, Raúl y otros compañeros, consiguieron algunos como “prueba del delito”.

Recuerdo que el fiscal me pregunto si leíamos a Lenin. Quizás él esperó de mí una actitud evasiva o defensiva; pero yo riposté inesperadamente para él: “Sí, nosotros leemos a Lenin como uno de los hombres más prominentes del movimiento socialista mundial, y quien no lo lea es un ignorante”. Aquella respuesta dejó anonadado al fiscal, que tal vez pensó que nuestra réplica sería denigrar a Lenin o negarlo, argüir: “No, ese librito no me pertenece, no era de nosotros”, u otra tontería. Ante tanta franqueza, el tribunal se veía contrariado. […]

El punto culminante fue cuando afirmé que el autor intelectual era José Martí. “¿Quién es el autor intelectual?”, me preguntó el fiscal imaginando tal vez que mi respuesta sería el silencio. “El autor intelectual es José Martí”, respondí.

Después no quisieron hacerme más preguntas, porque las respuestas eran del todo inconvenientes para ellos porque entrañaban una dimensión histórica, demostraban nuestro apego, nuestra fidelidad a la tradición combativa del país, el tributo de nuestra generación a los próceres de la nación cubana, a sus legendarias luchas. Defendí la apelación a la violencia, a las armas, porque a ellas acudieron hombres como Maceo y Martí…, me aferré a la historia de Cuba. Aproveche cada resquicio, cada pequeña oportunidad, de las escasas que me dieron para impugnar la legalidad del régimen. Y cuando parecía que todo había terminado, dije que quería asumir mi propia defensa. […]

Cuando correspondía realizar la tercera sesión del juicio, ya ellos no soportaban mi presencia allí y cometieron una arbitrariedad, una ilegalidad: decidieron sacarme del juicio, a pesar de que yo era el principal acusado. […]

Todo el plan de presentar como una victoria del Ejército nuestra detención y enjuiciamiento se les venía abajo súbitamente y se aterrorizaron. Por aquella razón enviaron a mi celda a dos médicos para que dictaminaran que me encontraba enfermo y no podía asistir al juicio.

“Venimos a hacerle un reconocimiento”, me dijeron, y les respondí: “¿Por qué vienen a hacerme un reconocimiento si yo estoy perfectamente bien? No necesito ningún reconocimiento”. Entonces, uno de los médicos dijo la verdad: “Mira, la verdad es la siguiente: dice Chaviano –los jefes o no sé quién— que tú le estás haciendo un terrible daño a Batista en el juicio y que no puedes ir de ninguna manera, no puedes volver al juicio, nos pidieron que certificáramos que estabas enfermo”. Al hablarme así, les agradecí el gesto de decir la verdad y señalé: “Ustedes sabrán cuál es su deber. Yo no estoy enfermo. Cumplan ustedes con lo que consideren es su deber, que yo sabré cumplir con el mío”.

Ellos llegaron con la intención de que no les quedaba más remedio que certificar lo que les pedían, que tenían mucha pena. Por eso fue que les respondí tajante y luego los despedí. […]

Cuando se fueron los médicos prepare una carta para el tribunal en la cual denuncié todo el plan y, además, el intento de asesinarme, porque yo calculaba que en una situación desesperada como aquella, que otra cosa podían hacer sino eliminarme, y lo narré todo: Que habían ido dos médicos, que yo no tenía nada, que querían sustraerme del juicio y que los denunciaba, porque me encontraba perfectamente bien de salud. Entonces tomé una frase de Martí para espetarles: “…un principio justo desde el fondo de una cueva puede más que un ejército”. Fue lo que mandé a decir al tribunal.

Logré entrégale la carta a Melba. En la tercera sesión del juicio, el acusado principal no estaba, y cuando comenzó la vista, Melba se paró y dijo: “¡Señores magistrados, aquí tengo una carta!”. Sacó la carta con la denuncia, ¡tremenda denuncia!, lo cual causó un impacto grande. Los magistrados se quedaron sin saber qué hacer. Se plegaron, no hicieron nada más, no adelantaron ninguna investigación, quedaron desmoralizados con su actitud de seguir el juicio sin mí, me privaron de asistir; me dejaron fuera del gran juicio.

 

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