Las ideas no se matan

Sarría, el hombre que dijo "Las ideas no se matan".

Sarría, el hombre que dijo “Las ideas no se matan”.

(Fragmentos tomados de Fidel Castro Ruz guerrillero del tiempo. Conversaciones con el líder histórico de la Revolución Cubana, de Katiuska Blanco Castiñeira, primera parte, tomo II, Casa Editora Abril, La Habana, pp. 217-228).

 Fidel Castro: -Ante aquel revés, reparé en la certeza de que algo terrible había ocurrido. Un desastre después de tantos esfuerzos durante largo tiempo. Sin embargo, en aquel instante crucial no me detuve a pensar, sino que me sentí preocupado por los combatientes de Bayamo que se iban y a quedar aislados, pensé en otra acción militar que les sirviera de apoyo: tomar el cuartel de El Caney. Y desde luego, con las armas que ocupáramos, seguir la guerra en las serranías. No he narrado en numerosas oportunidades, que meditado mucho sobre tales hechos.

La reacción que tuve no fue quedarme perplejo o paralizado, sino emprender la lucha de inmediato. Ya no sería nuestro plan original, no sería un golpe fulminante contra batista ni un movimiento de gran impacto, había que cambiar totalmente la estrategia.

En Siboney agrupé a los que tenían mejores condiciones y con ellos decidí ir a las montañas. Claro, ya teníamos conciencia de que el armamento de que disponíamos no sería efectivo en las nuevas condiciones. Los revólveres, los fusiles 22 y las escopetas no serían de mucha utilidad en terreno abierto. Era emprender la marcha prácticamente desarmados; pero bueno, al menos podíamos defendernos a 20 ó 30 metros del enemigo.

Ya en las montañas pasamos muchos días sin dormir.

Katiuska Blanco: -Comandante, según la cronología de la Oficina de Asuntos Históricos, 19 hombres le acompañaron en la alternativa que usted propuso, tras el reagrupamiento en Siboney, de continuar la lucha en las montañas. Tres horas después, uno de ellos desistió. Quedaron 18 combatientes.

Fidel Castro: -En cuanto emprendimos la marcha, empezaron a aparecer aviones. Llegamos a un lugar y comimos algo. El empeño nuestro era escalar la montaña para salir al otro lado y evitar que nos cortaran la retirada. Avanzamos haciendo un esfuerzo descomunal, sobrehumano, en especial el primer día.

Recuerdo que en casa de un campesino nos cambiamos de ropa porque ya no hacíamos nada vestidos de sargentos. Alguien me facilitó una camisa, la que llevaba puesta en la foto que captan días después en el vivac.

Caminamos duro, pero no pudimos coronar la Sierra Maestra porque antes de llegar, ya atardeciendo, el Ejército había tomado todas las alturas y vimos a los soldados a 200 metros; a esa distancia nuestras armas no tenían efectividad alguna. En un combate entre los soldados y nosotros a 200 metros, no podíamos alcanzarlos. Ellos contaban con rifles Springfields 30.06 o fusiles semiautomáticos Garand de ese calibre. De milagro los soldados no nos vieron. No conocíamos aquellos lugares. Esperamos la noche y tratamos de escalar el alto, pero no pudimos porque vimos luces. A todos los puntos clave habían enviado cientos de soldados para cortar nuestra posibilidad de retirada. Entonces, nos movimos al sur de la Sierra Maestra, con muchas dificultades, mucho trabajo, mucha hambre, durmiendo en las laderas, en las peores condiciones. Fue agotador para nuestra gente. Los heridos estaban mal. Cuando por accidente tuvimos otro herido en el grupo, decidimos que intentarán regresar a la ciudad y continuar con un grupo más reducido de combatientes. […]

El grupo más amplio de compañeros, quienes de modo general se encontraban en un estado físico deplorable, quedó en casa de un campesino comprometido con contactar al Arzobispo [de Santiago de Cuba, quien intervenía en la cuestión de preservar la vida de los detenidos]. Los demás nos alejamos de allí aproximadamente tres kilómetros, lo más pronto que nos fue posible. Por honor decidí persistir en mi empeño combativo y no acogerme a ninguna garantía; además, un elemental sentido común me decía que para mí no valía ninguna seguridad, mediación, “armisticio”; es más, si hubiese existido la posibilidad de que mi vida fuese respetada, nunca lo habría aceptado. Así, convencidamente, lo puedo afirmar de forma absoluta. Me sentía con la máxima responsabilidad y no renunciaría a la idea de continuar la lucha. Era un deber irrenunciable persistir y no abandonaba la posibilidad de resistir en las montañas. […]

Todavía hoy cierro los ojos y me imagino siguiendo el recorrido ideal: seguir caminando a lo largo de la carretera en dirección a Santiago, del lado de allá, y llegar a la bahía por el oeste, tomar algún bote de pescador, cruzar de noche y alcanzar la bahía por el este e internarme en la Sierra Maestra para continuar la lucha desde allí con hombres que reclutaríamos en lo adelante. Las armas también las conseguiríamos después. […]

Nos capturaron un sábado, la acción fue el 26 de julio y nos apresaron el 1.° de agosto. Desde el punto de vista físico, estábamos exhaustos debido al hambre, las malas noches y la falta de recursos; pero bueno, aún así mi decisión era firme, me sentía bien y habría podido continuar. No había cumplido todavía 27 años.

Alejado ya como tres kilómetros del lugar donde habían quedado nuestros compañeros que se acogerían a la mediación de la Iglesia, cometimos un error en que no habíamos incurrido con anterioridad. Invariablemente dormíamos en pleno monte, pero para descansar al menos algo, pensamos refugiarnos en un vara en tierra que descubrimos, donde podíamos salvarnos de la humedad y el frío, del sereno en las amanecidas. Acostarnos a dormir en la casita de guano fue un grave error. Nunca más en la guerra lo hicimos, porque de algo le valen a uno las experiencias amargas.

Dormimos como piedras, sin guardia; los tres nos acostamos a dormir, con nuestros fusiles y pistolas. Éramos José Suárez Blanco -Pepe-, Oscar Alcalde y yo. Pepe era el jefe de la célula de Artemisa y Oscar, miembro importante del grupo de [Raúl] Martínez Arara.

Los soldados salieron a buscarnos aquel día más temprano de lo acostumbrado, antes del amanecer. Yo aún estaba medio dormido cuando sentí unos golpes que parecían como las pisadas de un caballo; era la patrulla de soldados subiendo la colina, golpeando con el fusil. […]

A los soldados se les ocurrió registrar allí, empujaron la puerta y nos despertaron con los fusiles sobre el pecho. Estábamos nada menos que en manos de nuestros enemigos, en manos del Ejército.

Mi estado de ánimo durante los siguientes días fue de una infinita amargura, una indignación terrible, porque comprendí que habían asesinado a todos los prisioneros. Sentía irritación, indignación y amargura. Sin embargo, no me desplomé. A pesar de la adversidad de que se habían perdido muchos compañeros, muchas vidas valiosas, tenía algo todavía: la decisión de luchar.

Sin discusión, aquel fue un momento difícil, con los fusiles de los soldados sobre el pecho, sin poder hacer nada, ¡dormidos! Fue un momento terrible;  pero de súbito, me entró como una especie de resignación. Sentía infinita amargura e irritación por el error cometido. Me considere muerto. Creo que no nos mataron en el acto porque inicialmente no dimos nuestros nombres. Con los soldados sedientos de sangre y deseosos de matar, la actitud de [Pedro] Sarriá, el teniente negro, se tornó decisiva. Él los tranquilizaba diciéndoles: “Las ideas no se matan”. Empezó a decir una y otra vez como en un susurro: “No disparen, no disparen, las ideas no se matan”. Los soldados comenzaron a decir que nosotros habíamos ido al Moncada a matar soldados, hablaban alto y con un gran machismo. “¡Vinieron a matar soldados!”, decían. En aquel momento entable una polémica con ellos. […] fue realmente temeraria, casi suicida. Les dije: “Nosotros no venimos a matar soldados, venimos a libertar de este país”. Y respondieron: “No, nosotros somos descendientes del Ejército Libertador”. Les discutí otra vez: “¡Ustedes lo que son es descendientes del Ejército español, los descendientes del Ejército Libertador somos nosotros!”. Entable una discusión seria y exaltada porque ya me daba por muerto, es la verdad. No podía soportar lo que estaban diciendo, y me dije: que salga el sol por dónde salga. Y entonces Sarría reiteró una y otra vez: “Las ideas no se matan”. Lo decía bajito y con una convicción estremecedora. Aún hoy conmueve pensar en un hombre de una integridad y valor tales como para repetir dicha frase como quien enarbola un principio una bandera.

Los soldados rastrillaban sus fusiles sobre nuestras cabezas. Tenían las venas hinchadas por la cólera, estaban sedientos de. Por eso fue vital la presencia de Sarriá, que aún no me explico cómo pudo contenerlos. Los soldados conocían que el Ejército había matado a muchos de los nuestros y probablemente era lo que pensaban hacer con nosotros. En medio de la tensión, Oscar Alcalde le dijo a Sarriá que él era masón y quizás también tal iniciativa o confesión suya nos salvó la vida. […]

Después de lo que conté nos amarraron, y cuando nos levantaron para marchar a la carretera se sintieron disparos muy cerca de nosotros. Alguien dijo que nos tiráramos al suelo; pero creí que se trataba de una estratagema o engaño para matarnos inermes, y dije: “Yo no me tiro. No me tiró al suelo. Sí quieren matarme, mátenme de pie”. Sarría me escuchó y agregó: “Ustedes son muy valientes, muchachos, ustedes son muy valientes”. Ante su gesto y caballeroso comportamiento, decidí retribuido con la verdad: “Teniente, yo soy Fidel Castro”, y en el acto me pidió: “No se lo digas a nadie, no lo digas”. Escucho cada palabra como si todo ocurriera hoy mismo. Le agregue que era el principal responsable de los que estaban conmigo. Le dije que no quería engañarlo.

El teniente Sarriá se convirtió en un ángel de la guardia para nosotros, fue como si bajara del cielo para protegernos. […]

Él no me llevó para el cuartel Moncada. En el trayecto hacia el vivac de Santiago de Cuba -todavía en la carretera de Siboney-, se le interpuso el comandante Pérez Chaumont,  muy conocido por asesinatos cometidos, quien le ordenó que me entregara a él como prisionero. Sarría se negó, le planteó que era responsable de mi detención y debía ser él quien me condujera. Si me hubiera llevado al Moncada, nadie me habría salvado de la furia de los militares. En el primer momento me pusieron junto a un grupo, desde luego, sin poder hablar; no me maltrataron, fueron respetuosos. Los militares estaban muy satisfechos de haberme capturado y con la conciencia golpeándoles las sienes por los crímenes.

 

(Continuará en el próximo boletín)

 

 

 

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