RAÚL CASTRO DURANTE LAS ACCIONES DEL 26 DE JULIO

En el libro Fidel Castro Ruz Guerrillero del tiempo, su autora Katiuska Blanco le comenta a Fidel sobre la participación de Raúl Castro en las acciones del 26 de julio de 1953.

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Comandante, usted aún no lo sabía, pero sé que después aquilató la audacia y decisión de Raúl en las acciones simultáneas en el Palacio de Justicia. Él iba de soldado bajo el mando de Léster Rodríguez, cumplió al detalle todo lo previsto en el plan de ataque y en un instante tremendo salvó la vida de varios de los compañeros de su grupo a golpe de temeridad y valor. Los hechos lo convirtieron en el jefe de la fuerza insurreccional destacada en aquel sitio próximo al cuartel Moncada. Raúl ganó en el combate, por derecho propio, un lugar protagónico en la historia. Ya no era únicamente su hermano, a cuya participación en el asalto al Moncada usted no podía negarse, por mucho que en casa contrariara a sus padres o porque ellos y usted mismo entristecieran sin la suerte y el destino le resultaban adversos en el peligro. Tassende defendió por él su derecho y una lógica terminó por convencer: si Raúl no iba a la acción, en La Habana de todas formas lo iban a matar. A la hora cero Raúl iba armado con un Springfield. Antes había tomado un Winchester de los de Birán porque sabía disparar con ellos, Pedro Miret le dijo: “Suelta eso y coge una escopeta de balines que es mejor, más segura, porque abarca más espacios”. En el auto en que se desplazaban de la granjita Siboney al Palacio de Justicia iban delante el chófer, Léster y él, y en el asiento trasero tres compañeros asignados a aquella misión. Como ustedes habían estudiado en Santiago, Raúl conocía el camino. “Pasa por aquí, sigue por aquí”, le indicó al chófer. A la altura de la Plaza de Marte le comentó a Léster, que era de Santiago e iba al frente: “Oye, nos pasamos, el lugar quedó atrás”. “Ah, sí, da la vueltas”, ordenó Léster al conductor.

Raúl percibió que al dar la vuelta y entrar por un desvío perdieron un tiempo que era oro entonces, había sido un primer inconveniente, la fatalidad irremediable que pesó en todo después, porque de no demorar, habrían llegado a tiempo para apoyar y definir favorablemente el curso de los acontecimientos.

Al llegar al objetivo, Raúl fue el primero en bajarse del auto y le pegó la escopeta a un cabo que se aproximaba con una pistola 38 con la cancha del 4 de septiembre y la bandera —detalle que la memoria de Raúl registró en un concierto de tensiones y apuros, como un flashazo que por el resto de su vida lo llevaría a aquellos momentos cruciales—. Entró al edificio y desarmó al cabo. Luego tocó suavemente la primera puerta que encontró. En aquel minuto comenzó el tiroteo. Cogió la escopeta y la pistola, mientras el guardia, encañonado por otro compañero, permanecía contra la pared. Raúl golpeó la puerta con dos culatazos y de súbito tuvo ante sí a un sereno desarmado, un hombre de edad madura con mirada de asombro. Le preguntó: “¿Hay más guardia aquí?”. El hombre respondió con la misma interrogante “¿Que si hay más guardia aquí?” Y con la respuesta breve: “Ah, sí”, al tiempo que señalaba justo  a la entrada, a la derecha, otra puerta. De una patada, Raúl la abrió. Del otro lado, un cuarto con un bañito, y en la estancia unos guardias se vestían con lentitud insólita en tales circunstancias, su paciencia demostraba los pocos deseos de salir, de involucrarse… Raúl les quitó los fusiles y dos revolvones y lo dejó encerrados. “Quédense quietos aquí”, fue la orden que les espetó en medio de la confusión. Se percató de que no comprendían nada, al verlos vestidos como militares con grados de sargentos…

Entonces Raúl subió a la azotea. Durante el ascenso paró en algunos pisos y a través de las persianas de los ventanales intentó descubrir lo que sucedía en el Moncada. Cuando llegó arriba el tiroteo aún era intenso. Iba a dispararle a un guardia que le quedaba justamente abajo, en una de las torres del cuartel, pero el hecho de que el militar estuviera de espalda lo hizo desistir, no consiguió ignorar la desventaja del otro y bajó la mira de su arma. Luego, aquel mismo soldado se viró y desde una posición fortificada comenzó a disparar hacia lo alto. Para entonces, ya Raúl disparaba certeramente con su Springfield y esquivaba las ráfagas provenientes de la parte trasera del Palacio de Justicia. Combatieron todo el tiempo hasta que vieron la retirada. Él indicó a los demás asaltantes: “Vayan bajando ustedes, yo me quedo”. Lo hizo el mayor tiempo que le fue posible mientras observaba con ansiedad el aciago curso de la acción de ataque al cuartel. A ciencia cierta, Raúl no sabía si sus compañeros habían descendido por las escaleras cuando bajó por el elevador. La sorpresa sobrevino después, al salir del recodo donde se encontraba la puerta del asesor, en el lobby. Seis guardias armados con metralletas Thompson y otros fusiles habían penetrado en el edificio y encañonaban a Léster y a los otros jóvenes. Raúl, al salir inesperadamente vestido de militar, captó la perplejidad y vacilación reinantes y en fracción de segundos le arrebató el arma al jefe de los guardias y a gritos ordenó “¡Al suelo!”. Los seis militares se tiraron al piso y el grupo los desarmó. Raúl los condujo al mismo cuartico donde los otros soldados y el sereno permanecían encerrados. “¡Tranquilos ahí, no se muevan!”, les recomendó y trancó la puerta con llave. A los muchachos les dijo: “¡Vamos a votar las armas para afuera!”. Lo ordenó para que a los guardias les resultara imposible alcanzarlas rápidamente. “¿Y Léster?”, preguntó. Uno le dijo: “Yo lo vi ahora aquí”. El chófer aguardaba por ellos y el carro aún estaba ahí. Todos acataban sus órdenes y entonces les recomendó: “Salgan y espérenme en la bocacalle, al atravesar la avenida…”. El grupo salió y él comenzó a buscar a Léster en la planta baja, donde lo había visto antes: “Léster, Léster”, repitió alto durante unos segundos largos, pero no lo encontró y ya no había tiempo para más. Decidió salir. Una ráfaga empolvo el aire y el imprimió velocidad a sus acciones, saltó sobre un talud a pura adrenalina para caer en medio de la avenida y reunirse con los otros cuatros compañeros, que cumplieron con exactitud la orden y, fielmente, lo esperaron allí. “¿Y Léster?”, indagaron. “No se sabe dónde se metió. Dale por ahí”, dijo. Sólo él conocía Santiago. Comenzaron a dar vueltas por la ciudad, un tiovivo que nunca lleva a ninguna parte sino a los mismos puntos recorridos, una y otra vez. De repente estaban en Ciudamar y él aconsejó: “Vamos a salir de aquí, que en este lugar si estamos perdidos” […].

 

Tomado de Fidel Castro Ruz Guerrillero del tiempo. Conversaciones con el líder histórico de la Revolución Cubana, Katiuska Blanco, Ediciones Abril, La Habana, 2011, pp. 212-216.

 

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