LA PRIMERA SOLIDARIDAD ARMADA CON LOS ASALTANTES AL MONCADA

Fragmentos del artículo de Marta Rojas publicado en el periódico Granma del 26 de julio de 1995

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Los gloriosos combatientes del Moncada no podían suponer el 26 de julio de 1953 que varias decenas de jóvenes guantanameros hubieran organizado ese mismo día un alzamiento armado para apoyarlos.

Los jóvenes guantanameros habían comenzado a reunir armas y municiones desde el mismo día 10 de marzo “para cuando se organice algo estar preparados”. Había realizado entrenamiento individual o en pequeños grupos; no respondían a una organización única para ese objetivo, sino a sectores de la población: estudiantil, campesino y obrero, principalmente del ferrocarril.

Hace años que había deseado escribir sobre el alzamiento de la Sierra Canasta y la movilización armada que con cuidadoso sigilo se realizóen Guantánamo el 26 de julio de 1953, pero la modestia revolucionaria de uno de sus principales protagonistas me lo había impedido:

—Es que no le habíamos dado verdadera importancia a aquello porque en realidadnadie llegó a combatir; unos tuvimos que regresar a las casas o al trabajo y otros tuvieron que replegarse. Se dio  la orden de desactivar el campamento donde se encontraba un grupo numeroso, en su mayoría la gente de Montesano.

Cogieron preso Miguelito Bertrán y fracasó nuestro plan. El alzamiento de la Sierra Canasta y toda la movilización aquella no pasó de ser un acto de solidaridad con la acción de 26 de julio en Santiago, con el Moncada —me dijo Julio Camacho Aguilera cuando le abordé el tema.

Conocíamos de otras muestras de apoyo moral y material de gente del pueblo hacia los sobrevivientes del 26 de julio en Santiago y Bayamo, pero el único alzamiento se había producido en Guantánamo, donde muchos de esos jóvenes permanecieron más de tres días en las lomas, en un campamento organizado, con postas, una emboscada, avituallamiento y un radio donde escucharon el desenlace de la acción heroica del Moncada y oyeron que Fidel se encontraba en la Gran Piedra.

—Miguel Bertrán fue el que llevó a la gente para el monte y organizo el campamento en las montañas; recogió a sus amigos de Montesano por el barrio de Camarones donde vivía, en una finquita de sus padres, quienes tenían allí un pequeño tejar. Montesano es doblemente histórico porque luego, en ese mismo lugar, fueron entrenadas las primeras células del Movimiento Revolucionario 26 de Julio —me reveló Camacho.

Por su parte, Miguelito testimonió:

—Ese día 26 de julio yo estaba en mi casa, en Montesano, cuando llegó uno a avisarme de que habían asaltado el Moncada y que los soldados, en el cuartel de Guantánamo, estaban poniendo sacos de arena y emplazando una ametralladora. Bueno, eso hay que verlo, me dije. Monté en el caballo y bajé a Guantánamo, vi las medidas que habían adoptado en el cuartel. Algo grave estaba pasando porque habían cortado el tránsito de la calle, con una soga.

Él hizo varios contactos en la ciudad. Vio a Felipe Pardo, un enlace, “para cuando ocurriera algo”, y le dijo: “Ha llegado la hora”. Comenzó a buscar a su gente y la fue llevando para el barrio de Camarones —el mismo barrio donde transcurrió la niñez de Arnaldo Tamayo, el primer, cosmonauta latinoamericano.

Los primeros que se alzaron fueron los obreros del pequeño tejar de Montesano donde vivía Bertrán. Casi todos eran también campesinos precaristas.

El 26 de julio, Miguelito llegó a contar más de 40 hombres en el río Jaibo, punto donde se reunieron antes de montar el campamento y disponer la emboscada por si los guardias subían, aunque él estaba convencido que en aquel momento la Sierra Canasta era muy segura.

“Bertrán, podría definirse entonces como un dirigente campesino del Partido Ortodoxo, en la base”, dice Camacho, cuyo grupo se nutría de trabajadores del ferrocarril, quienes ya habían hecho una demostración de su fuerza cuando, en protesta por el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, organizaron una huelga, logrando paralizar el transporte ferroviario de Guantánamo. Los ferroviarios tenían una gran ascendencia con las organizaciones estudiantiles, en algunos sindicatos, como el de los panaderos, y eran reconocidos como vanguardia en el sector campesino, en Guantánamo.

—Pertenecíamos a un grupo que creía en la lucha armada para derrocar a Batista, pero que no sabía cómo ni con quién hacerla, hasta que se produjo el asalto al Moncada; a partir de ese momento nuestro líder fue Fidel —nos dijo Camacho.

Fue Emilito, un hermano de Georgina (Gina), chófer de una camioneta que distribuía cigarrillos Edén, el que llevó a su casa la noticia del asalto al Moncada. Ocurrió alrededor de las nueve de la mañana:

—Están combatiendo en el Moncada —dijo Emilito a su cuñado y a su hermana.

Respondiéndole de Camacho con una serenidad habitual:

—Pues hay que prepararse ya.

Y mandó buscar a Toledano, un amigo, para agrupar rápidamente a la gente, movilizada por él.

También hizo contacto con Felipe Pardo, quien debió avisar enseguida a Miguelito Bertrán.

La movilización fue rápida y eficaz. Las armas se encontraban en las mejores condiciones posibles, aunque eran pocas; estas habían sido adquiridas pensando en la posibilidad de que se produjera una huelga general, con el ferrocarril paralizado como colapso y el inicio de la lucha armada, pensaban.

El grupo más preparado y de mayor experiencia organizativa era sin lugar a duda el de los ferroviarios, y su dirección fue la que tomó el control de la situación pre-insurreccional durante todo el día 26 de julio y parte del 27, en que pasaron a la fase de acuartelamiento parcial de los efectivos en sus casas y el levantamiento en la Sierra Canasta, a la de localización en sus centros de trabajo, para no llamar la atención al ejército que no había observado nada anormal en la ciudad.

El día 28, Miguel Bertrán bajó del campamento para contactar a los jóvenes que permanecían semiacuartelados y conducirlos a Sierra Canasta con el objetivo de poner en práctica la variante del plan original: buscar a los sobrevivientes del Moncada por la cordillera de la Gran Piedra, atravesando esa sierra de Guantánamo, hacia el oeste, rumbo a Santiago de Cuba.

Bertrán con dos compañeros más anduvieron en un yipi por la ciudad de Guantánamo patrullada por el ejército. Cuando llegaron al Instituto de Segunda Enseñanza, donde los esperaban algunos estudiantes, recogió a dos de ellos pero inmediatamente se vio rodeado de soldados, y fueron detenidos.

Camacho, conoció la noticia por conducto de Pardo, uno de los que habían bajado con Bertrán y quien logró escapar del ejército.

La información sobre el apresamiento de Miguel Bertrán llegó a Sierra Canasta, agravándose la situación cuando escucharon por la radio la falsa noticia de que Fidel había muerto en combate con el ejército.

Raúl Daissón, uno de los que más tiempo permaneció en el campamento, nos contó que cuando oyeron aquella noticia sobre Fidel, apagaron la radio para no escucharla más.

Ante tales eventualidades, Camacho impartió la orden de desactivación.

Poco después de la detención de Miguel Bertrán un joven soldado del ejército de Batista entró al cuartel de Guantánamo en ropa de campaña, sudoroso y visiblemente cansado. Era Ángel Luis Barreda, quien nos dijo en 1985, entonces coronel de las Fuerzas Armadas Revolucionarias:

“Pasé por frente a los calabozos, por hábito mire al interior y vi a una figura que casi no cabía en él. Era Miguelito, mi amigo de la infancia, aunque unos años mayor que yo. Bertrán se sorprendió, pero me hizo seña de que no relatara su amistad”.

Ángel Luis Barreda, se dirigió a su casa y le comunicó a su hermana que Miguelito estaba preso con otros en el calabozo del cuartel, que les avisaran a la familia y a los amigos. La hermana del soldado Barreda se lo dijo a Luis Herrera, quien era íntegramente del grupo revolucionario.

Desde ese momento, Ángel Luis Barreda se convertiría en el informante espontáneo de Bertrán sobre las actividades del ejército con respecto a ellos y después en beneficio del Movimiento Revolucionario 26 de Julio.

Miguelito y los estudiantes fueron puestos en libertad, no se quería que en Guantánamo, cerca de la Base Naval, hubiera motivo para alarma cuando el régimen de Batista había asegurado que el país estaba en calma.

Alrededor de diez días después, Barreda le mandó un papel a Miguel Bertrán advirtiéndole que el ejército tenía algunos indicios del levantamiento armado y que iban a rastrear la Sierra. La advertencia era para que recogiera las armas que seguramente había ocultado […].

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