NO SIEMPRE LO BLANCO ES PURO, NI LO PURO SIEMPRE ES BLANCO: ESTEBAN VENTURA NOVO

¿Qué cubano, cuya edad cronológica rebase las cinco décadas no tiembla de indignación o siente como se lacera su corazón al escuchar este tristemente célebre nombre?.

 ¿Por qué se recuerda la imagen del sicario del traje blanco, a pesar de haber transcurrido casi medio siglo de su accionar llenando de páginas tan negras la historia de Cuba republicana?.

 Dar a conocer solo algunas pinceladas de la vida de este  personaje” justificaría esos sentimientos.

 Nacido en Pinar del Río el 24 de diciembre de 1913, llegó al ejército 20 años después, en 1933. En este cuerpo se mantuvo hasta 1947, año en que pasó a ser nombrado vigilante de la División Central de la Policía.

 Al producirse el golpe de estado del 10 de marzo de 1952, el “camaleón” Ventura se sumó inmediatamente a él, demostrando su fidelidad al nuevo amo. La vía que utilizó para conseguir sus sucesivos ascensos no fue otra que el crimen en su forma más cruel y descarnada.

 Dirigió sus instintos de fiera contra los jóvenes de cualquier nivel cultural, clase social, fe, sexo o ideología, siempre que demostraran su desacuerdo simplemente, con la situación económica, política y social que vivía el país bajo la bota del castrense gobernante.

 Estableció el cuartel general de sus fechorías en la 5ta. y 9na, estaciones de Policía en La Habana, aunque no desechó la casería de ciudadanos en las calles de la capital de la República.

 Ya para el 25 de octubre de 1955, quedó registrado en su expediente la causa No. 9-952 por daños, culpas y lesiones. En 1957, los días 22 de febrero y 8 de marzo se le radicaron dos causas, una contra los derechos individuales y homicidio y otra, por maltrato al detenido.

 Ese mismo año, también se le incubaron las causas No. 12-957 por homicidio, del Tribunal Superior de  Jurisdicción de Guerra, la No. 927-957 por auxilio al suicidio, la No. 13-57 por privación de libertad y se le abrió el expediente No. 701-38-957 por homicidio y amenazas.

 Las causas radicadas por la propia institución a la cual él había jurado fidelidad van en aumento. Así, para 1958, año final de la contienda que libraba el pueblo cubano contra el régimen batistiano, es acusado de: detención ilegal, privación de libertad, maltrato a detenidos, homicidio y asesinato. Increíblemente, como reconocimiento a sus sangrientos méritos, a raíz de cada causa incoada, Ventura era ascendido o condecorado, según consta en su expediente militar.

 Entre los hechos que más conmoción provocaron en la sociedad cubana de los años cincuenta –que aún permanecen en la memoria del pueblo– está la masacre de Humbolt 7 ejecutada en la capital del país, La Habana, el 20 de abril de 1957. En este lugar se encontraban refugiados los jóvenes estudiantes revolucionarios Fructuoso Rodríguez, Juan Pedro Carbó Serviá, Joe Westbrook y José Machado, quienes habían participado en el intento de ajusticiar en su guarida al Presidente de la República Fulgencio Batista, el 13 de marzo de ese año. Ventura se personó en el lugar y ordenó a sus esbirros asesinarlos a sangre fría.

 El 19 de marzo de 1958, un año más tarde, Ventura y sus hombres asesinaban vilmente a los jóvenes revolucionarios Arístides Viera y Elpidio Aguilar, en 5ta. Avenida y 42, Miramar.

 El 12 de septiembre de 1958, bajo las órdenes de Ventura, sus hordas penetraron en un apartamento del barrio capitalino de Juanelo y detuvieron a seis revolucionarios. Ellos eran Reinaldo Cruz, Alberto Alvarez, Onelio Damper y Leonardo Valdés, más dos mujeres: Lidia Doce y Clodomira Acosta. La respuesta del sicario no se hizo esperar. Detener y matar a los allí detenidos fue su orden inmediata. Ni siquiera las dos mujeres quedaron excluidas.  Ellas también fueron arrestadas, torturadas y arrojadas al mar con el propósito de hacer desaparecer  las pruebas acusatorias.

 Las matanzas continuaron, el 8 de noviembre de 1958, la esquina de Goicuría y  O’ Farrill, en el reparto capitalino de la Víbora fue escenario de éstas. Allí, luego de hacerlos prisioneros, asesinó a Angel Ameijeiras (Machaco), Pedro Gutiérrez y Rogelio Perea. Sus cuerpos, con evidentes muestras de torturas, fueron tirados en una Casa de Socorros.

 La esposa de Machaco, Norma Porras, quien se encontraba en ese lugar, a pesar de su estado de gravidez fue herida y milagrosamente logró sobrevivir. Hoy es testigo excepcional de este repugnante hecho.

 Con Ventura y su equipo de trabajo no reinaba la tranquilidad en las calles de La Habana, sus pobladores estremecidos a diario, pueden atestiguar la presencia frecuente de cadáveres en lugares que incluían hasta las principales arterias de la ciudad.

 Tales son los casos de Fernando Alfonso (Morúa), a quien acribillaron con 65 impactos de bala en el Reparto Párraga, o el de Marcelo Salado que corrió semejante suerte en las calles del Vedado al producirse la represión por las acciones del 9 de abril.

 No faltó en las instrucciones del hombre vestido de blanco a sus “especialistas” la utilización de horrendos métodos de torturas. Víctima de ello fue Emiliano José Corrales, en quien se ensañaron, hasta llegar a despedazarlo en  la oscura celda de una estación de policía en la ciudad.

 Cuando todo parecía indicar que había llegado el final de los crímenes de Ventura contra el pueblo cubano, en la madrugada del 1ro de enero de 1959, éste se dio a la fuga ¿hacia donde huyó?, precisamente, hacia los Estados Unidos. Ventura tenía que huir porque sabía que en Cuba, no podía encontrar perdón por los crímenes, asesinatos y desaparecidos que estaban muy frescos en la memoria de los cubanos, ante los cuales tenía que responder.

 Para hacer justicia, en numerosas ocasiones, el gobierno cubano solicitó a su homólogo estadounidense la extradición. Pero esta le fue negada siempre por Washington.

 Ventura huyó con muchas de sus riquezas mal habidas. De aquellas que no logró sacar del país –por fortuna para la república, a la cual contribuyó a dejar profundamente endeudada- le fueron confiscadas a inicios de 1959: una caja de seguridad con $ 977 979.00 una cuenta en el Banco Continental cubano por valor de 29 mil dólares, a nombre de su esposa Serafina Freyre y otras cuentas en los bancos de Infanta y Zanja así como en el Trust Company de Línea que ascendía un total de $ 47 182.55. Se le agregó a esta “pequeña fortuna” una lujosa residencia en el pueblo de La Salud.

 Estados Unidos, el país que se muestra ante el mundo como estandarte de la democracia, la libertad y los derechos humanos fue su destino definitivo. Allí vivió tranquilamente durante dieciséis años y murió como un digno y puro hombre de negocios, Director de la Preventive Security Service.

 Al escribir estas páginas se nos revela un hombre extraordinariamente cruel que nos motiva la siguiente interrogación ¿Habrá sido enterrado vestido de blanco este asesino de alma tan negra?

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Memorias de Liborio. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s