MARTINIANAS: MARTÍ EN MARTÍ (5)

Primer monumento a José Martí en Santiago de Cuba. Por Isabel Zaldívar

Primer monumento a José Martí en Santiago de Cuba.

1884: (…) no tengo ni voluntad ni paciencia para andar husmeando intrigas ni deshaciéndolas. Yo estoy por encima de todo eso. Yo no sirvo más que al deber, y con éste seré siempre bastante poderoso. T. 1, p. 180.

1885: Pero, por desdicha, mi mismo amor a mi patria y a su independencia me impiden acudir esta vez a conmemorar con Vds., como acá en mi propio altar interior conmemoro, fervientemente, los esfuerzos de los que han perecido por asegurarla, y escribieron una epopeya en tiempos en que ya no parece el mundo capaz de escribirlas ni de entenderlas. Cada cubano que muere es un canto más; y cada cubano que vive debe ser un templo donde honrarlo: así mi corazón lleno de estas memorias, de manera que fuera de ellas no vive, y muere de ellas.

Ni un solo instante me arrepiento de haber estado con los vencidos desde la terminación de nuestra guerra, y de seguir entre ellos, porque con ellos ha estado hasta ahora no sólo el sentimiento que anima a las grandes empresas, sino la razón que justifica los sacrificios que se hacen para lograrlas. Cuanto puedo dar he dado, y he de dar, obrando activamente, ya en lo visible, ya con mi mismo silencio, para obtener en mi país la cesación de un gobierno que maltrata y desafía, y sustituirle otro que asegure el decoro y la hacienda de sus hijos; el decoro sobre todo, que vale más que la hacienda. Cuanto puedo hacer he hecho por salvar a mi país de una situación ahogada y odiosa, sin llevarlo con este pretexto a otra que pudiera ser aun más temible; por inspirar en nuestros elementos revolucionarios, ya que la Isla parece necesitar una revolución, un espíritu de grandeza y de concordia que atrajese las simpatías y afirmase la fe de nuestra patria, que allegase sinceramente a los tibios y a los adversarios, que hiciese posible una victoria grande e inmediata, a poco costo de sangre de amigos y enemigos, no para abrir en Cuba una era de parcialidad y de enconos, sino para levantar adonde ella puede subir, si sus malos defensores no la echan abajo, a la altura de pueblo verdaderamente libre y dueño de sí mismo, no a la condición infeliz de tierra invadida por fuerzas ciegas y rencorosas. T. 1, pp. 184-185.

1885: (…) tiemblo de pensar en que por errores de conducta o falta de grandeza pudiéramos perder la oportunidad de redimirnos. T. 1, p. 187.

1885: (…) sé que todo poder y todo provecho me están vedados por mi carácter austero en el mundo; ni aspiraba a más gozo que al de hacer algo difícil y desinteresado, y acabar. T. 20, p. 74.

1885: (…) nada sé hacer contra mi concepto de lo justo. T. 20, p. 76.

1885: Me quedé sin modo de vida. Pero he hecho bien: y recomienzo mi faena. En mi tierra, lo que haya de ser será; y el puesto más difícil, y que exija desinterés mayor ése será el mío. —No me asombro de lo que me ha sucedido, aunque me duele: ¡sé ya de tan viejo que a los hombres les es enojosa la virtud! Y esto que yo, si tengo alguna, procuro no enseñarla, para que no me la vean: pero obrar contra ella, no puedo: —Y de esto me viene siempre mal. T. 20, p. 76.

1885: (…) en mí no caben, mientras me quede átomo de vida, flojedad ni abatimiento. Llevo al costado izquierdo una rosa de fuego, que me quema, pero con ella vivo y trabajo, en espera de que alguna labor heroica, o por lo menos difícil, me redima. T. 20, p. 80.

1885-1895: Y no porque nos enoje: sino porque nos da pena por la dignidad humana ver a hombres que manejan la pluma prestarse a ser, por unos cuantos dineros al mes, repugnantes esbirros. T. 22, p. 14.

1885-1895: Yo llevo en mí la tribuna, y conmigo va donde yo vaya, donde se discuten con serenidad y nobleza los problemas del porvenir de la patria. T. 22, p. 18.

1885-1895: Si yo no fuera cubano, quisiera ser mexicano; y siéndolo le ofrendaría lo mejor de mi vida, la expondría, aunque los hombres prácticos hicieran burla primero de lo que habían de agradecer después, en enseñar a los indios.— De casa en casa iría pidiendo piedras para levantar una hermosa Escuela Nacional de Indios. T. 22, p. 34.

1885-1895: Yo siento en mí más nobleza que el hijo por sangre pura de los más antiguos romanos. Y es que sé lo que es ser hombre, y he tratado de serlo: —siento en mí la nobleza del género humano. T. 22, p. 54.

1885-1895: Mis compatriotas son mis dueños. Toda mi vida ha sido empleada y seguirá viviendo en su bien. Les debo cuenta de todos mis actos: hasta de los más personales. T. 22, p. 55.

1885-1895: ¿Qué soy yo en mí mismo, sino un montón de huesos mal seguros, que sustentan ya pobremente un espíritu enamorado del bien de mi país, y del decoro de sus hijos, tanto que a muchos, por ser digno parezco soberbio; y porque abomino la intriga, y miro las cosas frente a frente y no me guardo la vida para la hora de un triunfo probable, y por ningún miedo ni aspereza de prueba me dejo inducir a acompañar a los que no merecen mi honrada compañía; porque ni cortejo la popularidad por más que el amor de mis compatriotas sea lo único que me consuela en la tierra, ni por el temor de perderlo dejo de cumplir con lo que estimo mi deber, por esto hay quienes me llaman orgulloso. T. 22, p. 57.

1885-1895: ¿Qué donde estoy? en la revolución; con la revolución. Pero no para perderla, ayudándola a ir por malos caminos! Sino para poner en ella, con mi leal entender, los elementos quienes, aunque no sean reconocidos al principio por la gente de poca vista o mala voluntad, serán los que en las batallas de la guerra, y en los días difíciles y trascendentales batallas de la paz, han de salvarla. T. 22, p. 73.

1885-1895: Adoro la sencillez, pero no la que proviene de limitar mis ideas a este o aquel círculo o escuela, sino la de decir lo que veo, siento o medito con el menor número de palabras posibles, de palabras poderosas, gráficas, enérgicas y armoniosas.

Para mí las palabras han de tener a la vez, en saludable, sin exceso de ninguna de las tres, sentido, música y color. T. 22, p. 101.

1885-1895: Me parece que me matan un hijo cada vez que privan a un hombre del derecho de pensar. T. 22, p. 114.

1885-1895: Y si éste es el precio, espléndido y por s/. todas mis esperan. de amar bien a mi patria, aquí prometo trabajar por ella con limpieza de todo interés, y parezcan lo q. parezcan mis actos, no inspirados jamás en mi ambición, ni en mi beneficio, ni en mi vanidad, ni en celos, sino en ella, pura y absolutamente en ella.

Hablaré, cdo. sea muy necesario hablar: callaré, cdo. le sea mejor que calle; y hasta parecerá que la amo poco, todo sea como sea el modo de amarla más. T. 22, p. 152.

1885-1895: ¿Quién que ha visto azotar a un negro no se considera para siempre su deudor? Yo lo vi, lo vi cuando era niño, y todavía no se me ha apagado en las mejillas la vergüenza. Para los espíritus supremos, que han recusado como innecesarios los honores, estas ansias de justicia son caso de hidalguía. Yo lo vi, y me juré desde entonces a su defensa; no a aquella que consiste en halagarlos con declaraciones bellas cuando se necesita de su simpatía para ganarse fama o posición, o echar de su fama algún rival, sino la que consiste en irlos levantando con amor, en irlos salvando de sí mismos, en los yerros naturales a que los expone su pena acumulada, en irlos defendiendo de las exaltaciones de sus propias pasiones o de las que encienda en ellos  esa raza criminal de aduladores de las turbas, seta venenosa que le nace siempre a la virtud, caricatura a veces admirable de la gloria. ¡Como si bastase invocar la virtud para poseerla! Los que la poseen, rara vez hablan de ella. ¿Necesita el sol privilegio de su fuego o certificado de su luz? T. 22, p. 189.

1885-1895: El que piensa como nosotros nos parece siempre bien. T. 22, p. 208.

1885-1895: Causas que producen felicidad, inefable y genuina dicha, hay varias en la vida, y ninguna impura. Pero estados verdaderos de felicidad, sólo dos ocurren en la vida del hombre. No de la infancia: el placer verdadero consiste en la conciencia de tenerlo. Sin conciencia del goce, no hay goce. Son estos dos estados: el de la adolescencia ahombrada, cuando se vive sin responsabilidad, entre gente y de gente también joven, —y luego de la responsabilidad, la dulce y penetrante compañía, la sagrada y fortificante compañía de un alma tierna, prendida a la nuestra como los brazos al cuello en el momento del abrazo. Más: como el ala a las aves. T. 22, p. 210.

 

 

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